Si se detuviese al dueño de los locales de fiestas que vulneran salvajemente las normas covid como las que hemos visto en Torremolinos, San Sebastián o Barcelona, se acabaría lo que se está dando.
Pero si se les deja avanzar, sin siquiera refrescarlos con chorros de agua antidisturbios y sin que los políticos, y no sólo sus voceros, expliquen los riesgos de la pandemia, por ahí llegaremos a Kabul.
Los jóvenes necesitan naturalmente el rebaño, -aunque sea sin inmunidad,- y la mayoría de los chavales son jóvenes responsables con su impulso vital, pero a algunos que salen en la tele diciendo que les da igual llevarle a los mayores de riesgo el covid a domicilio como si fuera una pizza, les falta una patatina pal kilo.
Las guerrillas urbanas que sufren ahora gobiernos separatistas autonómicos y municipales en Barcelona o San Sebastián es lo que han venido sembrando durante décadas, cuestionando durante mucho tiempo toda autoridad, incluso la legítima.
Por ahí se llega a Afganistán y al imperio de los talibanes, «los estudiantes», «la yogurocracia», los que venían a acabar con la corrupción de los muyahidines que lucharon contra la invasión soviética, como aquí tenemos a los podemitas, nuestros talibanes con chalet.
Esto y los homenajes a separatistas y terroristas que han privado de su vida a semejantes, es lo que han traido nuestros talibanes y los que facilitaron su entrada como «el Mulá Sanchez», por no hacer aquello por lo que les pagan, por no perder el poder y temer por sus canonjías y sus prebendas.
Mientras tanto, los medios que alarman para hacerle la labor al Gobierno a cambio de subvenciones, reclaman diariamente desde las televisiones la atención de los ciudadanos.
Pero atizar la permanente alarma sobre los problemas, sin el enfoque sopesado y correcto, raramente contribuye a su solución.
