Siendo niño, Martin Smith contrajo una bronquitis que terminó por degenerar en neumonía.
El pequeño Martin se apagaba poco a poco, hasta que llegó un momento en que sus diminutos pulmones apenas se movían.
Mientras un inapreciable hilo de aliento aún mantenía el alma del niño atado a su menudo cuerpo, los médicos les dijeron a sus padres que salvo que ocurriese un milagro, estuviesen preparados para lo peor.
Las palabras de los facultativos cayeron como un mazazo en el ánimo de sus padres, sin embargo éstos se cogieron, como a un clavo ardiendo, a la única posibilidad que los médicos -en su impotencia- les habían dado: “…salvo que ocurra un milagro”.
Y los padres del pequeño Martin, elevando los ojos al Cielo, pronunciaron una sencilla oración: Gracias Dios nuestro, por habernos dado a nuestro hijo Martin. Estamos dispuestos a devolvértelo cuando tú digas pero ¿puede ser más tarde? ¿Podrías ahora -por favor- respirar en sus pulmones y hacer que su pecho se mueva?
Y ante el asombro de los médicos, el milagro se produjo y Martin sobrevivió, y aquel niño creció y se hizo un hombre que ha dedicado su vida a dar gracias a Dios a través de la música, cantando así:
«Encuéntrame y devuélveme a la vida, porque voy a rendirme. De vuelta al comienzo, donde me encontraste, te doy mi corazón, otra vez. Tómalo todo, porque es todo lo que te puedo dar. Estoy volviendo a casa otra vez. Estoy volviendo al comienzo; estoy volviendo a ti. Estoy corriendo de vuelta a tu corazón; estoy corriendo de vuelta a ti.
Nunca dejarás de amarnos; no importa lo lejos que corramos. Nunca te darás por vencido con nosotros.Todos los cielos gritan que comience el futuro. Me siento vivo; vuelvo a la vida; estoy vivo en la gran pista de baile de Dios».
Posiblemente habrá quien al leer estas líneas, o ver el vídeo del enlace, se rasgue las vestiduras, como antaño hacían los fariseos en tiempos de Jesús, al considerar irreverente, o hasta blasfemo, que se rinda culto a Dios, bailando y cantando con júbilo.
Y es que hay personas que, por haberse fabricado un Dios a imagen y semejanza de sus amargados corazones, piensan que yendo por la vida con cara avinagrada, fustigándose y fustigando a sus semejantes, van a agradar más al Todopoderoso.
Son aquellos que hacen de su vida diaria, y de la de sus familias, una eterna Cuaresma, cuando no un Calvario, rindiendo un tétrico culto al dolor por el dolor, olvidando que Jesucristo jamás amó el dolor, sino el amor, y que el amor es alegría, incluso en el sufrimiento. Así lo sentía San Justino Mártir cuando a mediados del siglo II, escribió: «Con alegría confesamos a Cristo, y con alegría vamos a la muerte»… ¡Qué hermosa locura!
Mientras el sucesor de Pedro se dedica a predicar el catecismo de ´El Foro de Nabos´; unos nabos inclusivos, resilientes y empoderados, como no podía ser de otro modo.

