Desde el primer instante de nuestra aparición en escena, los seres humanos, única especie sobre el planeta, que sepamos, capaz de encadenar razonamientos para extraer conclusiones a partir de ellos, no cesó de preguntarse los porqués de cuanto acontecía a su alrededor.
Todavía ahora mismo, los niños no dejan de bombardearnos con preguntas, prueba evidente de que vienen a este mundo con la curiosidad a cuestas, supongo que heredada. En demasiados casos, la van perdiendo poco a poco hasta que desaparece por completo; probablemente por tener ocupadas sus mentes en asuntos que juzgarán más importantes.
Afortunadamente, yo no la he perdido; al menos, no del todo.
Hoy voy a exponer ante ustedes una duda que, imagino, compartirán muchos conmigo. Las cosas raras que vemos a nuestro alrededor, absurdas en muchos casos, forzosamente han de tener alguna causa; o, cuando menos, algo parecido a una explicación que suene a convincente. Sucesos que, probablemente, jamás antes se habían producido, hoy los estamos padeciendo a diario.
Pondré algunos ejemplos: personas que han llegado a ocupar cargos de responsabilidad, aseguran, yo las he oído, que existen “mujeres con pene”. Como quiera que tamaña ignorancia es imposible de sostener como explicación, ¿qué está sucediendo aquí? No digamos, si tenemos en cuenta que mucha gente, probablemente millones de personas, ¡se lo creen!
El ya Presidente Trump, acaba de soltar una perogrullada de a kilo: “sólo existen dos sexos”. Pues bien, individuos, multitudes, se le han echado literalmente encima. ¿Dónde y para qué tendrá toda esa gente la cabeza?
Gobiernos a favor de los violadores, de los asaltantes de viviendas ajenas; Gobiernos que, con premeditación y alevosía, cargan una y otra vez contra las poblaciones bajo su yugo. Las arruinan, las privan de derechos y libertades, las atropellan, anulan Elecciones si el resultado abre una puerta a comportamientos favorables la Nación… ¡y millones de europeos, sus víctimas, tan contentos, unos; tan resignados, otros! No todos, claro. Algo es algo; pero muy poquito, esa es la cruda realidad.
Ataques constantes a la agricultura, la ganadería, la pesca y la minería; destrozo masivo de presas, de centrales nucleares; Planes de Estudio canallescamente rebajados en busca de fabricar jóvenes incultos, cada vez menos aficionados a razonar. Gobiernos que encarcelan a quienes, a través de Internet, osan proclamar verdades como puños; verdades fácilmente comprobables, pero que los mandamases de turno juzgan inconveniente que se divulguen.
Invasión masiva, financiada y alentada… de la que no se permite hablar si es para denunciar excesos y atropellos. Denuncias que, también, pueden acarrear penas de cárcel.
Y, de nuevo, la población, en general, asiste a semejantes canalladas, impávida, indiferente.
Amigos, aquí está pasando algo muy raro.
No he dejado de dar vueltas al asunto; reconozco que, cuánto más discutía conmigo misma, más perdida me veía.
Buscaba respuestas en la Sociología, en la Política, la Economía, en la mismísima teoría de la Comunicación…
Hasta que, hace sólo unos días, tuve la fortuna de coincidir en el ascensor con un simpático vecino. Como quiera que íbamos en la misma dirección, al supermercado ambos, dimos juntos el paseo en animada conversación.
Sabía yo que era paleontólogo y, de pronto, se me encendió una luz. Le pregunté si tenía prisa y, al contestarme que ninguna, le rogué que me concediera unos minutos alrededor de unas tazas de café.
Le expuse mis dudas al respecto de todo lo anterior y… ¡oh prodigio! minutos después, me había sacado de ellas.
¡Por fin había dado con una razonable explicación a todo lo incomprensible que observaba a diario a mi alrededor! ¡Por fin, había encontrado un porqué satisfactorio!
Llena de contento, paso a contárselo a ustedes; a mi manera, por supuesto; pero como la línea central del razonamiento me ha quedado muy clara, creo que seré capaz de repetírsela a ustedes.
Como me explicó mi vecino, nuestra especie lleva sumida siglos y siglos en un imparable y avanzado proceso de extinción. No falta mucho para que desaparezcamos del planeta. Vamos, que hemos sido un fracaso total como especie.
La Naturaleza, sabia ella, se esfuerza siempre en preservar, y aún alentar, todo aquello que favorezca la evolución positiva de cada especie a su cargo; del mismo modo, ignoro cómo se las apaña, desecha cuánto va en contra de ese deseado avance.
Es fácil entender que, cuando una especie, la humana en este caso, ha entrado en la cuesta abajo final, mamá Naturaleza, en una primera fase, sencillamente, tira la toalla; vamos, causa ya perdida, se desentendió totalmente de nosotros.
Lo peor es que llegada una segunda etapa, ya claramente terminal, exactamente la que estamos recorriendo ahora, no se limita a ignorarnos. No. Ahora, que hemos pasado a ser un estorbo, propicia todos aquellos comportamientos que juzga destructivos y ahoga en la medida de lo posible, cualquier rasgo que pudiera alargar nuestra estancia en el planeta.
¡Ahora está todo más que claro!
Ahora se entiende perfectamente por qué nuestros dirigentes se han convertido en nuestros peores enemigos, a la vez que muchos de nuestros compatriotas, con su indiferencia, si no complicidad, están favoreciendo sus perversos tejemanejes.
Lo cierto es que me he quedado bastante más tranquila al descubrir, gracias a mi vecino, la cruda realidad, el real porqué de tanto absurdo como veo-y sufro- a diario.
Si es cosa de la Naturaleza, además de encontrarnos impotentes ante sus siempre sabios designios, es justo reconocer que ella hizo lo que pudo durante miles y miles de años; si nosotros hemos sido incapaces de dotarnos de medidas a favor de nuestra especie y, por el contrario, no hemos dejado de propiciar actitudes perjudiciales para nuestra propia evolución, para nuestra supervivencia… bien merecido lo tenemos.
Así que, amigos, cada vez que descubran ustedes una nueva salvajada contra nuestros intereses, contra nuestros derechos y libertades, contra nuestra convivencia… No se extrañen lo mas mínimo.
¡Que nadie se alarme!
En vez de llevarse las manos a la cabeza, sonrían hasta donde les llegue la serena aceptación de los hechos y admitan para sí: ¡Es natural!
NOTA: aunque a menudo se traten como sinónimos, “natural”, en absoluto ha de significar también “lógico”.
En muchos casos, son conceptos, no ya diferentes, sino radicalmente opuestos.
Que nadie lo olvide porque la cosa tiene su miga.
Pues eso.
