Una vez leí en un blog ateo: “Qué clase de dios es ese que necesita continuamente de la alabanza y la adoración”.
Lo cierto es que esa frase, no exenta de mala ´milk´, me hizo reflexionar durante unos segundos; no más. La conclusión a la que llegué es que dudo mucho que Dios necesite -o se goce- con nuestra adoración y toda la palabrería aduladora que la acompaña durante la liturgia. Sin embargo, ahí están, y ahí seguirán.
Es evidente, a poca noción teológica que tengamos, que la vanidad, el narcisismo, y la soberbia, esas tachas tan humanas, nunca han figurado entre los Atributos Divinos, aunque sí en los de algún endiosado tiranuelo, que necesita continuamente de un coro de palmeros, así como de la rastrera adulación, de una prensa comprada, o alquilada cual señoritas de compañía. Pero sigamos con lo importante.
El problema del cristianismo es que sigue prestando una obsesiva atención al Antiguo Testamento, en donde muchas veces se refleja una idea de Dios que poco o nada tiene que ver con el Evangelio de Jesucristo; con la Buena Nueva. De hecho, cada vez que, durante la misa y tras la Primera Lectura, todos a una corean el estribillo al Salmo responsorial, atronando con un: ¡VEN SEÑOR DE LOS EJÉRCITOS!, los pelos se me ponen de punta, y no precisamente de emoción.
La Buena Nueva que nos revela Jesucristo, es que Dios es nuestro Padre; un Padre de Amor y Misericordia. A partir de ahí, creo que a un buen padre lo que le gusta es sentir el amor de sus hijos; un amor que se demuestra con hechos, no con palabras, ni labia melosa.
Jesucristo resume todo el Antiguo Testamento en una frase muy sencilla, con tan solo dos indicaciones: ama a Dios con todo tu corazón, y a tu prójimo como a ti mismo. Pero lo importante es que Jesús nos dice que ambos actos son semejantes. Ahora bien, el problema que yo tengo, al igual que muchas otras personas, es que no puedo amar al prójimo (próximo), como a mí mismo, en tanto que hay una pequeña parte de ´próximos´, que amo más que mi propia vida. Si merezco el Infierno, no creo que sea por eso.
En fin, podemos abrazar físicamente a Dios, abrazando a nuestro prójimo. En el abrazo sincero del perdón…; de la reconciliación…; en el acto de levantar al caído y abrazarlo.
Mal nacidos aparte, quién no ha sentido en esos momentos una explosión de amor que estalla y recorre su cuerpo. Un estallido de amor y ternura, difícilmente describible con palabras. Pues ahí está el Amor de Dios.
Menos golpes de pecho, menos recitar letanías de lisonja, y más amor al prójimo.
El escritor C.S. Lewis escribió: «Un hombre no puede reducir la gloria de Dios por negarse a adorarlo, del mismo modo que un lunático no puede apagar el sol, por garabatear la palabra “obscuridad” en las paredes de su celda».
Sin ánimo de corregir al brillante Lewis, añadiré a sus palabras que: «Un hombre no puede aumentar la gloria de Dios, adorándolo, porque en Dios no cabe más gloria».

