Prefiero no plantearme la muy probable respuesta

¿A qué están jugando?

Para nuestra creciente depresión, ya nos dan a diario suficientes motivos

¿A qué están jugando?

Lo he escuchado y lo he visto, por lo que nadie podrá negármelo: la diputada del Partido Popular Cayetana Álvarez de Toledo ha pronunciado esta terrible frase: “La actual Constitución es lo mejor que le ha sucedido a España en los últimos quinientos años”.

Tengo la seguridad de que esta señora es culta e inteligente; por lo tanto sabía muy bien que estaba profiriendo una barbaridad de tamaño cósmico. ¡Cuidado que Sánchez es todo un experto en la mentira! Pero con ser muchas y constantes las que nos suelta a diario, ninguna de las suyas, se parece en dimensiones a la parida por nuestra gentil Diputada.

¿Por qué lo hizo, entonces? Algún propósito tendría, digo yo, distinto, o además, del de ponerse en ridículo.

¿A quién pretendía engañar? Eso parece muy claro: a todo el que quiera dejarse. ¿Tantos insensatos quedan entre nosotros? Interesante pregunta que, mucho me temo, se conteste sola pues tampoco me caben muchas dudas de que la Diputada en cuestión no supiera muy bien a quiénes se estaba dirigiendo.

La actual Constitución no puede ser ni mejor ni peor que nada por la sencilla razón de que nunca existió. Como suena. En puridad cabe afirmar que España carece actualmente de Constitución.

Por triste, por lamentable, por perverso que resulte, no deja de ser una rotunda verdad.

La tal Ley contiene una enormidad de artículos; aún dejando a un lado, lo que no es menos terrible, la enorme cantidad de veces que se contradicen entre sí, lo más horroroso de todo es que no existe en ella uno solo, uno al menos, dedicado a garantizar razonablemente el cumplimiento de todas las demás.

Lo que la convierte en papel mojado, más bien en el vacío más absoluto.

Padecemos una Constitución que permite cualquier felonía, bien lo estamos comprobando; quien detente el Poder, se agarrará, cuando le convenga a cualquiera de los muchos Artículos, enunciados pero no protegidos; por el contrario, cuando necesite saltárselos a la torera, podrá hacerlo con total impunidad, como viene sucediendo de continuo, ya que no existe nada que realmente los convierta en reales.

Hay otra forma de verlo: ¿Puede llamarse Constitución una norma que ha permitido que llegasen a presidir el Gobierno sujetos tan impresentables como Suárez, González, Aznar, Zapatero, Rajoy o Sánchez? ¡Por favor, que no ha fallado ni uno!

El engaño viene de lejos, que no lo está inventando Cayetana. La muy alabada Transición, por algo será, dada la catadura de quienes no dejan de elogiarla, no fue sino una de las traiciones más perversas, ésta sí, que ha sufrido nuestra Nación en los últimos quinientos años.

Los astutos Felipe González y Alfonso Guerra madrugaron, ¡y de qué manera! a los ingenuos Suárez y Fraga. Estos dos últimos procedían con buena voluntad pero, ignorantes como demostraron ser, no repararon en la maniobra de aquellos dos miserables socialistas. Que, sabedores de que, tarde o temprano, llegarían al Gobierno, necesitaban una Constitución llena de buenas intenciones pero inexistente en la cruel realidad; como se vio poco después, esta pareja pretendía perpetuarse en el Poder a imitación del nefasto PRI mejicano. Tras apoderarse mendazmente de la mayoría de los Medios de Comunicación, doblar el espinazo a buena parte del Poder Judicial y, en su imparable afán totalitario, descafeinar los Planes de Educación en su miserable intento de fabricar ignorantes, a punto estuvieron de logar su propósito: catorce larguísimos años  tuvimos que soportarlos, en medio de una galopante corrupción y demás desastres a juego.

Nunca, jamás tendremos Constitución si no conseguimos que comience con un imprescindible Artículo. Que deberá, en primer lugar, enunciar los irrenunciables principios a los que deben someterse Leyes, cargos e Instituciones: una relación de derechos y libertades, el Imperio de la Ley y la igualdad de todos los españoles ante Ella. Dejando, no menos claro, que todo cuánto se oponga a cualquiera de estos Principios, ha de ser automáticamente, declarado nulo.

Seguirá una segunda parte, no menos imprescindible, la destinada a garantizar que se cumpla toda a rajatabla. Para eso, se me ocurre y si alguien tiene algo mejor, que nos lo haga saber, que se  constituyan tres Comisiones, todas nombradas por el  Jefe del Estado y que únicamente ante él respondan, encargadas de velar por la neutralidad y profesionalidad de  las Fuerzas de Orden Público y Seguridad, del Poder Judicial y de Radiotelevisión Española.

O conseguimos una Constitución así, o sea, una verdadera Constitución o desapareceremos como nación en unas pocas décadas.

Echo en falta ¡y mucho! el que aparezca en escena algún Medio de Comunicación, por modesto que sea, que ponga en marcha la ambiciosa operación de llevar a la conciencia de los españoles sensatos la necesidad de emprender una lucha por conseguir que España, de verdad, llegue a tener una verdadera Constitución.

¡A ver por dónde nos salía entonces la simpar Cayetana!

Los repito: ¿A qué estarán jugando?

Prefiero no plantearme la muy probable respuesta.

Para nuestra creciente depresión, ya nos dan a diario suficientes motivos.

¡Qué descansada se ha debido de quedar Su Señoría!

¡País!

Pues eso

Elena Sánchez

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