Hay niños que se esconden cuando oyen un petardo. En Gaza, se esconden cuando escuchan un dron. No corren por el placer de correr, sino por miedo a morir. Un niño en Gaza no distingue entre jugar a disparar y ver cómo le disparan a su hermana. Hay lugares donde los niños juegan a ser astronautas, médicos o futbolistas. En Gaza, los niños aprenden a no jugar. Aprenden a esconderse. A no llorar fuerte. A no correr, no gritar, no saltar. No porque no quieran, sino porque hacerlo puede costarles la vida. Porque en Gaza, la infancia se entrena para sobrevivir. Y lo hace con una herramienta primitiva, devastadora y tristemente eficaz: el miedo. En ese rincón del mundo, el miedo ya no es un reflejo de alerta: es una forma de vida.
El miedo —dicen los psicólogos— es una emoción primaria, necesaria, diseñada por la evolución para protegernos. El cuerpo se pone en guardia, el corazón late más rápido, los músculos se tensan. Una alarma biológica salta: algo puede matarnos. Y entonces el organismo reacciona: lucha, huye, se defiende. Pero cuando el peligro no es una excepción, sino la norma, el miedo deja de ser una señal útil. Se convierte en niebla. En atmósfera. En cárcel.
Anabel González, psiquiatra experta en traumas, lo define con precisión quirúrgica: “la ansiedad es el miedo que se te queda pegado”. En Gaza, ese miedo se adhiere a la piel como el polvo de los edificios bombardeados. No se despega con abrazos ni con palabras. Se queda. Porque ¿cómo se limpia el miedo de un niño que ha visto morir a su madre mientras buscaba pan?.
En los años veinte, el psicólogo John B. Watson diseñó un experimento inhumano: le enseñó a un niño a temer a los ratones. Cada vez que aparecía uno, un estruendo le hacía temblar. Al poco tiempo, el niño no necesitaba el ruido para sentir terror: bastaba con ver el ratón. El cerebro infantil había asociado un estímulo inocuo con el pánico.
En Gaza no hacen falta psicólogos para fabricar traumas. Basta con vivir. Si tu hermano fue alcanzado por un misil cuando corría, correr se convierte en algo peligroso. Si tu padre murió en la playa, el mar ya no es azul: es una amenaza. Y como el cerebro está programado para sobrevivir, empieza a catalogarlo todo como potencialmente mortal. La risa. El juego. La siesta. El silencio.
Entonces el miedo ya no es una reacción, sino un estado. Y cuando no puedes escapar ni luchar, tu cuerpo activa un último recurso de defensa: te paralizas. Lo llaman cascada defensiva. Es cuando un ciervo se finge muerto ante el depredador, con la esperanza de que no le apetezca carne sin vida. El cuerpo humano también sabe hacerlo. Sobre todo el de los niños. No es debilidad. Es pura supervivencia.
Por eso no hay que juzgar al niño que no habla. Ni al que no llora. Ni al que se queda quieto bajo los escombros con la mirada fija. Su sistema nervioso ha decidido que la mejor forma de seguir vivo es no moverse. Es desaparecer sin dejar de respirar.
Mientras tanto, al otro lado del mundo, hay quienes hacen planes. Donald Trump y algunos de sus aliados han hablado sin pudor de convertir Gaza en un resort. Eliminar ruinas. Quitar muertos. Reasentar vivos en alguna esquina del mundo. Levantar hoteles sobre la sangre. Es lo que los politólogos llaman necropolítica, y lo que los poetas llaman indecencia.
El mensaje para los niños es claro: vuestra existencia molesta. A nadie le importa vuestro miedo. Solo interesa vuestra tierra. Y no para vivir en ella, sino para venderla. Para explotarla. Para vestirla de blanco y hacer olvidar que allí hubo una infancia atrapada bajo fuego.
No todos los niños de Gaza morirán. Algunos crecerán. Estudiarán. Intentarán vivir. Pero muchos llevarán dentro un mapa de explosiones, una geografía del horror impresa en el sistema límbico. Y cuando alguien les diga “tranquilo, ya pasó”, puede que sonrían. Pero su cuerpo recordará. Su cerebro sabrá que el peligro puede volver en cualquier momento.
Porque el miedo no desaparece con discursos ni con silencio. Se cura, si acaso, con dignidad. Con justicia. Con la firme decisión de no volver a dejar solos a los niños frente a la barbarie.
Y, aun así, lo más terrible, lo más hermoso también, es que esos niños —a veces— juegan. Hacen castillos con los cascotes. Ríen con los ojos llenos de polvo. Se tiran al suelo fingiendo que son soldados de mentira.
Como si aún creyeran que el mundo puede tener algo de juego. Como si, pese a todo, se negaran a dejar de ser niños.
