Manuel del Rosal García: «La banalidad del mal, El apagón ético de la sociedad y la ceguera moral»

Manuel del Rosal García: "La banalidad del mal, El apagón ético de la sociedad y la ceguera moral"

España arde y nadie se mueve. El fuego que consume nuestras tierras ha llegado a verse como algo inherente a las altas temperaturas: No es así, Es consecuencia de una mezcla letal de abandono del campo, de intereses inconfesables, de ineptitud política y de una sociedad que todo lo banaliza y lo trivializa con tal de que pueda dormir la siesta y tomar las cervezas en las terrazas. ¡Por favor no molestar con la cantinela de los fuegos, ya llegará el invierno!

Para que Hitler llegara al poder, primero la sociedad alemana y después Europa entera, en un apagón ético como el que domina actualmente a los ciudadanos y, sobre todo, a los políticos, le dio poca importancia a la amenaza del nacismo, lo banalizó, lo trivializó y, cuando se instauró con todo su poder asentado en el mal, ya era demasiado tarde.

“La nuestra es una era de temor. Cultivamos una cultura del temor progresivamente más poderosa y global. Nuestra era exhibicionista, con su fijación en el sensacionalismo barato. Los escándalos políticos, los reality show televisivos y otras formas de autoexposición a cambio de fama y atención pública, aprecia el pánico moral y los escenarios apocalípticos en un grado incomparablemente mayor a los planteamientos equilibrados, la leve ironía o la modestia” Leónidas Donskis, filósofo

“Benevolencia no quiere decir tolerancia de lo ruin, o conformidad con lo inepto, sino voluntad de bien”, Antonio Machado, poeta

“Si no es bueno, no lo hagas; si no es verdad, no lo digas” Marco Aurelio, emperador romano.

“Primum non nocere”, Hipócrates. Este aforismo nos dice que lo primero es no hacer daño. Es una máxima aplicada en el campo de la medicina, pero que bien se debería aplicar en todos los órdenes de la vida.

La filósofa Hannah Arendt acuñó la frase: “banalidad del mal”, analizando el juicio de Adolf Heichmann para ilustrar como el mal puede ser perpetrado por personas consideradas “normales” cuando la sociedad lo ha banalizado, sugiriendo que el mal no siempre es el resultado de una maldad extrema, sino de la conformidad y falta de pensamiento crítico de una sociedad que, gobernada por un sistema político que lo trivializa, ella también lo hace trivial, carente de importancia. Para ello, la sociedad silencia su conciencia moral y al hombre que forma parte de esa sociedad, le cuesta distinguir entre el bien y el mal. Como consecuencia de ello, el mal se muestra más frecuentemente en lo cotidiano que en las cosas anormales y excepcionales.

Una de las culpas básicas de la sociedad moderna y de ¿progreso? es la pérdida del sentido de la responsabilidad y la omisión del deber hacia los demás. Y esto es así porque, si hay algo que define a esta sociedad, es un egoísmo brutal – nadie renuncia a nada por nadie – al que yo defino como yoismo: yo, yo, yo, yo…ad infinitum y la huida de la responsabilidad hacia el camino a la comodidad.

Cuando más hablamos de tolerancia, menos tolerantes somos, cuando más hablamos de buenismo, más malvados somos, cuando más hablamos de ética más corruptos y amorales somos, cuando más hablamos de honestidad más deshonestos somos, cuando más hablamos de justicia menos justicia hay.  De la lealtad ni se habla, de fidelidad menos, ¿De amor? No, no hablamos de amor, pero llenamos las hojas de la prensa, las ondas de la radio y – sobre todo – las rutilantes pantallas de la televisión de eso que la banalidad en la que vive esta sociedad llama amor y que se trata de un patio de Monipodio en el que se mercadea con corazones de metal revestido de plástico y ajustando el precio a convenir, sin que en esto se distingan clase sociales.

Zygmunt Bauman fue un sociólogo polaco-británico de origen judío fallecido en 1917 a la edad de 91 años. Estudiando la sociedad moderna y progresista la definió como “sociedad líquida” y su último trabajo, en unión del filósofo Leónidas Donskis, lleva el título de “Ceguera moral” La obra trata de explicar el concepto de “adiáfora”, una actitud de indiferencia a lo que acontece en el mundo y a nuestro alrededor en lo cotidiano caracterizada por un entumecimiento ético y una ceguera moral ante el mal y su trivialización.

Cada día comprobamos como con más frecuencia el mal se manifiesta en la cotidiana insensibilidad hacia el sufrimiento de los demás. El mal, la ceguera moral y el déficit ético de nuestra sociedad, esta, los ha trivializado como jamás. Hasta tal punto que, en muchas ocasiones, busca justificar la acción del delincuente con las más peregrinas excusas.

Exterminio, asesinato, tortura, ejecución de seres humanos, violaciones; pasando por los delitos comunes o actos nacidos de la maldad a cualquier nivel, se trivializan tanto, se banalizan tanto que llega un momento en que la sociedad, de tantos como ve y oye llega a verlos dentro de la normalidad que conlleva la vida, no como el fruto de la maldad, de la ceguera moral, del déficit ético. Pero no solo es el acto en sí provocado por la maldad, también las consecuencias que se derivan de él. Parece que a la sociedad no le preocupa la maldad ni su resultado final mientras no afecte a su comodidad social y económica. Son manifestaciones a veces imperceptibles de la banalización del mal por parte de la sociedad, pero que deberían aparecer cuando algo que, debiendo agitar a la ciudadanía, esta permanece impávida. Y los gobiernos abundan en mantener a todos los ciudadanos impávidos a todo lo que no sea los estímulos que ellos les envían para sus intereses de poder; incapaces de reaccionar ante la maldad, la ceguera moral y el déficit ético, ni de pensar en las consecuencias derivadas de esa indiferencia de esa “adiáfora” que es sumamente tóxica para ellos mismos.

Bauman inventó el término “sociedad líquida” para esta sociedad actual que carece de solidez, que busca, como el estado líquido, adaptarse a las constantes variaciones y estímulos, como los líquidos a los distintos envases que los contienen. La sociedad líquida carece de solidez, de cohesión, esta desarraigada, siempre buscando su identidad perdida; débil, fragmentada, huérfana de creencias; va como hoja manejada por un viento cambiante que la mueve a su antojo. Navegando a la deriva en un océano de incertidumbre.

Esta sociedad pasó de la solidez del estado sólido a la debilidad del estado líquido; si unimos a ello su “adiáfora” hacia el mal banalizándolo, ceguera moral y su déficit ético, a poco que nos descuidemos, nuestra sociedad actual pasará al estado gaseoso, es decir: se evaporará.

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