Manuel del Rosal García: «La España del esperpento: Los espejos deformantes de Valle Inclán»

Manuel del Rosal García: "La España del esperpento: Los espejos deformantes de Valle Inclán"

“España es una deformación grotesca de la civilización europea…” Por eso “El sentido trágico de la vida española solo puede darse con una estética sistemáticamente deformada” Valle Inclán en Luces de Bohemia

En la época en la que Valle Inclán escribió Luces de Bohemia, entre la Plaza de Santa Ana y la calle De la Cruz existía un comercio que tenía a la vista del público paseante dos espejos, uno cóncavo y otro convexo, que deformaban la imagen de todos los que, para su regocijo, se miraban en ellos. Estos espejos sirvieron de inspiración el escritor gallego para crear la literatura del esperpento, es decir, de lo grotesco, desnaturalizado, ridículo tal y como él veía a la España de su tiempo.

Imaginemos que a Valle Inclán se le permitiera reencarnarse para darse una vuelta por la España de hoy. El creador del esperpento comprobaría de inmediato que la España de su tiempo, a la que él veía como un esperpento, algo grotesco y desnaturalizado; en comparación con la España actual era algo sublime.

Valle Inclán vería hoy en la imagen deformada de los espejos la verdadera imagen de España, la real, porque España en estos años del cometa como decía García Márquez, es un país deformado, troceado, traicionado por sus propios ciudadanos, sobre todo por quienes gobiernan, un gobierno que, si se pusiera ante los espejos de la calle del Gato, estos reflejarían un estercolero de codicia, ambiciones, corrupción e ineptitud. Un estercolero de gobierno a cuyo frente tenemos una persona falta por completo de los impulsos humanos más básicos de la vergüenza, la dignidad y la decencia tal como ha demostrado ante el desmayo de un periodista mientras él, para apagar los 40 incendios que devoran España proponía “Un acuerdo nacional para impulsar el cambio climático” y de inmediato hacer mutis por el foro.

Pongamos también a la sociedad, a nosotros los ciudadanos ante los espejos cóncavos y convexos de la calle del Gato, ¿Qué sería lo que ellos reflejaran de la sociedad más rica materialmente hablando y más pobre en valores y principios?

Los espejos pondrían ante nuestros asombrados ojos una sociedad vacía de su propia historia, carente de valores y principios salvo los del hedonismo a cualquier precio y la ausencia de responsabilidad y, por lo mismo, dócil a las doctrinas con olor a modernas e ideológicas que no a las doctrinas necesarias para el caminar hacia delante de una España parada, quieta, sumisa, Son las doctrinas que nos alienan, que nos aborregan, que nos meten en el redil ovejuno del conformismo. Reflejarían una sociedad entregada a los relatos falsos, frenéticos, desorbitados; entregada a la mentira porque esta es más complaciente que la verdad, que suplantan a las sociedades fuertes y sólidas, haciendo de nosotros y de la sociedad que formamos un ente amorfo, débil, frágil, fácilmente zarandeado por los vientos de lo último que llega.

Si los espejos, los espejos normales, aquellos que nos reflejan nuestra imagen más glamurosa hablaran, muchos de nosotros quedaríamos espantados de lo que escondemos tras los afeites y ropas. Ni que decir si viéramos la imagen real, no la deformada por lo políticamente correcto, de aquellos con los que convivimos. Hoy, el postureo ha encerrado la verdad en el sótano más oscuro, mientras la mentira se viste con sus ropajes. Ni que decir cuando aplicamos esto a la política, ese oficio de tinieblas que, para nuestra desgracia, nos domina sin que nosotros, estúpidos de manual, nos demos cuenta.

Los espejos de la calle del Gato no deformaban, reflejaban la imagen real de unos ciudadanos, una sociedad y unos gobiernos que, tal cual, hoy corregidos y aumentados, hacían y hacen de España un esperpento, algo estúpido, desnaturalizado y grotesco. No hay más que ver y oír lo que los medios de comunicación ponen ante nuestras narices y, de cómo lo aprovechan quienes, ante tamaña destrucción, quieren sacar réditos políticos ¡¡Miserables!!

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