“La ética de la tierra surge cuando el hombre deja de ver la naturaleza como una mercancía y empieza a verla como una comunidad a la que pertenece.” —Aldo Leopold (silvicultor, ecólogo y ambientalista)
Hay disparos que no se hacen y fuegos que no se apagan. Entre los primeros se esconde el respeto; entre los segundos, la tragedia. En los montes de España, que hoy arden sin guardianes, tal vez nos falten más hombres como Juan y más tapires ancestrales que sepan salvar lo que nosotros dejamos perder.
Uno de los contertulios habituales de la peña más imprecisa, imperturbable y animadamente discutidora del Café Aguado —donde se reúnen, entre copas de Canterabuey, vasos de Zapiain, y polémicas sin remedio, los llamados “Los intelectuales”— es Juan González Targhetta. Nadie sabe a ciencia cierta si es más guía de caza que filósofo silvestre, más amante del monte que del rifle, o más narrador de prodigios que ejecutor de ellos. Lo cierto es que ha dirigido durante años grupos de caza mayor en los confines más remotos del planeta: selvas, cordilleras, tundras, y territorios donde el frío, los mosquitos y la ley del más fuerte lo gobiernan todo.
Con una trayectoria extensa y variada, Juan no es de esos que adornan los relatos con moralinas de sobremesa. Le basta con contar lo que ha visto. Y vaya si ha visto cosas. Como aquella vez en Canadá, que fue lo que dio pie a la conversación entre una segunda botella de la sidra Zapiain y una ración de jamón del bueno —del que se corta sin prisa y se escucha como si hablara.
Imagínese usted la escena:
Bosque profundo, canadiense hasta la médula. Frío de ese que corta las ideas y agudiza los sentidos. Los cazadores, encaramados a cinco metros del suelo en plataformas colgadas de árboles, sujetos con arneses como murciélagos modernos, esperando al viejo oso negro que, según los indicios, rondaba por allí. Todo en silencio, todo preparado. El aire denso, con ese aroma vegetal que tiene la muerte cuando aún no ha llegado.
Pero no apareció el oso viejo. Apareció una madre con crías. Una osa con oseznos de meses, que al primer soplo de olor humano hizo lo que hacen las madres de verdad: un chasquido de dientes, seco, de esos que no admiten réplica. Y los oseznos, obedientes como soldados entrenados en la selva, buscaron refugio.
Solo que —y aquí empieza lo verdaderamente digno de contar— no huyeron hacia la espesura, sino que treparon a los mismos árboles donde estaban los cazadores, y dos de ellos se acomodaron plácidamente en las plataformas, a centímetros de los hombres armados, sorprendidos, inmóviles, absolutamente mudos.
—Parecíamos santos en éxtasis —contaba Juan—. Ni respirar podíamos. Y los oseznos, ahí, mirándonos con esos ojillos negros, como si supieran que no íbamos a hacerles daño.
Pasaron unos minutos eternos. Hasta que la madre volvió a emitir otro sonido. Y, como por arte de obediencia salvaje, los oseznos descendieron en silencio y se reunieron con ella. Se alejaron sin una queja, sin correr, como si nada hubiera pasado. Pero había pasado. Vaya si había pasado.
—Fue un momento delicioso —dijo Juan, con esa sonrisa que sólo se le escapa cuando el recuerdo pesa más que la anécdota.
La conversación siguió, como siempre, por otros derroteros. Pero la mesa volvió a callarse cuando Juan contó otra historia. Esta vez en la selva, en la espesura húmeda de algún lugar donde el mundo sigue siendo verde y hostil, y el hombre es un intruso que no ha sido invitado.
Habían acampado en círculo, con buen fuego para protegerse del frío y de lo que no tiene nombre en la noche. Y entonces apareció el tapir. Nadie le había llamado, pero allí estaba: grande, silencioso, solitario. Se acercó al fuego como si supiera qué hacer, y lo apagó con las patas, uno a uno, cada leño encendido, con la meticulosidad de un bombero ancestral. Luego se marchó, sin mirar atrás, como si lo suyo fuera un oficio, no un capricho.
Más tarde, los nativos de la zona —gente que no necesita adornar lo que cuenta— explicaron lo evidente: “Los tapires son los apaga fuegos de la selva”. Cuando el rayo prende un árbol, cuando el hombre deja brasas vivas, el tapir va, y lo apaga. Sin más. Como si la selva le hubiera dado ese encargo desde tiempos remotos.
A veces, al escuchar cosas así, uno piensa en la falta que nos harían ahora, en los montes de Galicia, de Castilla o de Asturias, manos como las de aquel tapir. Frente a tantos incendios provocados por la estupidez o la codicia, qué útil sería contar con criaturas encargadas —como por instinto sagrado— de proteger los bosques que algunos se empeñan en reducir a ceniza.
Como dijo Henry David Thoreau, ese cazador de pensamientos y caminante de bosques:
“En la naturaleza está la preservación del mundo.”
Y ahí está Juan, otra vez, con la copa en la mano, hablando bajo. Nadie interrumpe.
—Después de tantos años cazando —dice con una calma que no se finge—, te das cuenta de que hay encuentros que valen más por lo que no disparas.
Hay experiencias que solo llegan si te detienes a mirar y respetar.
A veces pienso en aquel tapir apagando el fuego, uno a uno, como si obedeciera un mandato antiguo. Pienso también en los oseznos trepando a las plataformas, seguros de que nadie les haría daño. Y me pregunto si nosotros, aquí, seremos capaces de aprender lo mismo: apagar lo que destruye y respetar lo que respira. Antes de que el último bosque se apague solo.
