Pedro Manuel Hernández: «Camisetas manchadas de sangre: la permisividad del Gobierno ante el pacto con los herederos de ETA»

Pedro Manuel Hernández: "Camisetas manchadas de sangre: la permisividad del Gobierno ante el pacto con los herederos de ETA"

Bilbao celebra sus fiestas, pero las calles se ven mancilladas por «camisetas manchadas de sangre» con nombres de etarras asesinos, exhibidas como trofeos en homenajes expuestos al sol de día. No es un descuido: es propaganda de odio. ¿Cómo es posible que en pleno 2025 esto ocurra impunemente, bajo la sombra cómplice del Gobierno central y del guiño del Ejecutivo vasco? Cada prenda de tela es un inmoral ultraje simbólico a cientos de víctimas, recordándonos que para ciertos pactos, el sufrimiento colectivo pesa menos que unos cuantos votos.

Mientras tanto, el Estado aplica mano dura contra el franquismo: se contemplan multas de entre 200 hasta 150 000 € por exaltación del franquismo en normas como la «Ley de la  Memoria Democrática» (art. 63). Las comunidades autónomas han ido aún más allá. En Aragón, gritar “¡viva Franco!” o cantar el “Cara al sol” puede costarte hasta 150. 000 €. En la Comunitat Valenciana, ya se han aplicado sanciones concretas: dos personas multadas con 4. 000 € por exhibir banderas franquistas en la vía pública. En Euskadi, la nueva ley delimita como infracción grave, con multas de entre 2.000 y 10. 000 €, cualquier manifestación que ensalce el franquismo.

¿Y qué ocurre con la exaltación del terrorismo,… como la glorificación de ETA? Este sí es un delito tipificado en el Código Penal. Entre 2016–2020, seis personas fueron condenadas por la Audiencia Nacional por organizar homenajes («ongi etorri») a expresos etarras. Todos aceptaron penas suspendidas y permutadas por multas de 1.800 € y seis meses de libertad vigilada. Eso, en comparación, parece un castigo blando frente a las cuantías draconianas impuestas por exaltar la memoria del dictador Franco u ondear la bandera pre constitucional.

No se trata de vacíos legales: el enaltecimiento del terrorismo está penado y perseguido con rigor. Sin embargo, los tributos de calle —como las «camisetas manchadas de sangre» con nombres de etarras muertos— se toleran como si fueran parte del típico folclore vascuence. Mientras tanto, se persigue con celo y enquina al ciudadano que alce una bandera franquista, incluso si lo hace sin intención de incitar a la violencia.

El mensaje es devastador: en España, matar sale más barato que ostentar un símbolo del franquismo. Los pactos de conveniencia y la fanática disciplina de partido transforman la memoria en una eficaz arma política: se persigue enconadamente el pasado franquista, pero se blanquea, con más intensidad el pasado etarra—si conviene.

El Gobierno Vasco –con su elegante traje de comedida  moderación– mira hacia otro lado y permite que, el dolor de las víctimas y de sus familias, sea banalizado en fiestas populares, mientras que sus terribles símbolos de represión — la bandera, el cara al sol y las insignias falangistas– son perseguidos con saña. Las víctimas no solo fueron asesinadas, sino que hoy, son doblemente ultrajadas.

Pedro Sánchez –con su cicatera calculadora electoral– prioriza mantener su cargo sobre honrar la memoria de España. Su verdadero acto de desapego consiste en ignorar el dolor de las víctimas a cambio de unos votos ensangrentados.

Esto no es democracia. Es una traición renovada que convierte, para la memoria,
a quienes defendieron la vida en ciudadanos de segunda división. En Bilbao, esas camisetas no son trapos: son insultos, bofetadas y recordatorios de que España se gobierna con el servilismo y la claudicación como norma oficial. Cada prenda colgada es un “ongi etorri” disfrazado de folklore, un pacto tácito entre políticos sin escrúpulos y herederos del terror. Y la gran paradoja es que el Estado que multa con saña a quien grita un “¡viva Franco!” permite que los asesinos de ETA desfilen como mártires en sus fiestas patronales.

Que no nos engañen más: ¡no son anécdotas, son síntomas!. Mientras el Gobierno siga sosteniéndose en&con los votos de quienes justifican a ETA, cada decisión política, cada ley, cada gesto, estarán siempre contaminados por el hedor de la traición y de la muerte. Y ese hedor, por más que intenten taparlo con discursos y memoria selectiva, no se borra: ¡seguirá oliendo a pólvora, a sangre derramada y a vergüenza nacional!.

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Autor

Pedro Manuel Hernández López

Médico jubilado, Lcdo. en Periodismo y ex senador autonómico del PP por Murcia.

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