Amo a Dios; amo a mi prójimo, me amo a mí mismo, pero confieso que, en eso de amar a mi enemigo, necesito mejorar.
Y eso que mis enemigos nunca me han hecho daño, más que en sus ensoñaciones; porque lo que es poder, no han podido, con lo que, al final, lo único que han conseguido es frustrarse y amargarse la vida.
Y es que en el pecado suele ir la penitencia.
Sé que todo esto no suena muy cristiano, pero qué le vamos a hacer.
En el fondo lo que estoy haciendo es protegerlos de mis propios demonios, que van por libre y no siempre los puedo frenar; y aunque sé que Dios en su inmensa misericordia me perdonará, dudo que el titular del juzgado de guardia se muestre tan comprensivo y tolerante, si mis demonios se pasan; con lo cual, como éstos no son personas físicas que puedan sentar en el banquillo, al final pagaré yo los platos rotos.
Ama a tu enemigo, pero que, entre él y tú, nunca haya menor distancia de la que mide un fusil con la bayoneta calada.

