Sí bien es cierto que tras la noche siempre vuelve a amanecer, también es cierto que, conforme te haces viejo, los días cada vez son más cortos y las noches más largas. O dicho con otras palabras, que la dureza de la vida crece, mientras los periodos de felicidad se acortan y distancian, cuando no, simplemente se convierten en nada.
Y es que la felicidad, al igual que las flores más bellas, no admite conservantes, ni se puede congelar; simplemente llega, pasa y se va.
Esa felicidad de colorines que, como muchos en su simpleza piensan, si no da envidia, no es felicidad.
Seguramente será por todo esto que, desde hace unos años, prefiero la paz, antes que eso que la gente entiende como felicidad.
La paz…, mi paz; esa rara tranquilidad, madura y cana, espiritual y solitaria, discreta y callada, llama de una felicidad arcana que una vez encendida, ni el soplo de la muerte apaga.
Esa felicidad desconocida y extraña que por austera y humilde, la inmensa mayoría nunca envidió.
NOTA: Habrá quien piense que mi vida de ermitaño me provoca desvaríos, y que si saliera más a menudo de mi cueva para ir de fiesta, me daría cuenta de lo equivocado que estoy…
¿De verdad? Que supriman el alcohol y demás sustancias estimulantes, y veremos en qué queda ´esa´ felicidad. Una felicidad ´prêt-à-porter´, tan artificial y programada por el ´Sistema´, como manipuladora y falsa. O si no, cómo creen que piensan hacer realidad ese postulado del credo 2030 que reza: ´Comerás gusanos, no tendrás nada, y serás feliz´. Sí; feliz y alegre como la risa floja de un ´fumado´… Insana y fétida como la risa del diablo.

