En pleno verano de 2025, cuando muchos pensaban que la política española había dado ya todos los giros de guion posibles, la realidad ha superado la ficción. Los audios filtrados de Koldo García, exasesor de José Luis Ábalos, han estallado como una bomba de relojería en el seno del PSOE y en la opinión pública.
El caso, conocido ya como ‘el culebrón del Peugeot’, ha sacado a la luz no sólo una trama de presunta corrupción, sino una serie de mensajes y grabaciones de un machismo tan rancio que parecen sacados de un manual de comportamiento de otra época.
Pero no hablamos solo de «guarrerías» de barra de bar. En los audios, Koldo García ofrece ‘consejos de protocolo’ a las mujeres asistentes a reuniones oficiales con expresiones como «que se vea la teta o el culo», dejando boquiabierto a medio país y provocando una indignación transversal que ha salpicado incluso a las bases socialistas.
El escándalo ha obligado a la dirección del partido a desmarcarse de forma tajante, reconociendo públicamente la incompatibilidad de estas actitudes con los valores feministas que el PSOE defiende en su ideario.
Pero lo cierto es que los mensajes son de tan baja estofa que las explicaciones dadas por el PSOE y por el Gobierno Sánchez no resultan suficientes para tapar el escándalo:
Si es con una camisa con botones lo que hay que hacer es llevar el de tirantes, poner el pecho hacia el borde, abrir dos botones, o uno, o la de lino que es transparente totalmente; y que se vea el pezón por encima. Y buscar posiciones sin querer, posiciones normales, agachar, acercar, coger el teléfono, cualquier posición que pueda venir bien para que se pueda ver la teta, o se pueda ver culo, o se pueda ver el dinero. Todo. Buscar posiciones, básicamente eso. Y luego que el tirante o el botón esté suelto para que haga hueco, o sea lo normal
La filtración de los audios ha dejado al descubierto una cara oculta de la política donde el machismo y la corrupción parecen ir de la mano. La Guardia Civil ha recopilado más de 22.000 grabaciones que, según los investigadores, podrían implicar a otros miembros de la trama. El ambiente en Ferraz es de auténtico pánico escénico: hay miedo a que se publiquen más conversaciones comprometedoras y a que las ramificaciones del caso sigan creciendo.
La reacción oficial del PSOE ha sido rápida, aunque para muchos tardía. Se ha insistido en que los comportamientos de Koldo y compañía “repugnan” a la dirección, y la ministra de Igualdad, Ana Redondo, ha anunciado la recuperación del proyecto de ley para abolir la prostitución, en un intento de reforzar el perfil feminista del partido. Pero lo cierto es que la imagen del partido ha quedado tocada, y la oposición no ha tardado en aprovechar la situación para exigir explicaciones y depurar responsabilidades.

El escándalo ha reavivado el debate sobre el machismo estructural en la política española y, en particular, en el seno del PSOE.
Organizaciones feministas han criticado con dureza no sólo el contenido de los audios, sino la pasividad previa de los órganos internos del partido ante actitudes que, aunque menos explícitas, eran conocidas desde hace tiempo. El episodio ha supuesto un duro golpe para el discurso igualitario que el PSOE lleva años abanderando, y ha obligado a la dirección a organizar actos públicos de desagravio y reivindicación de su “alma feminista”.
Entre las iniciativas urgentes que se han puesto sobre la mesa destaca la promesa de endurecer las sanciones internas contra cualquier comportamiento sexista o discriminatorio. La dirección socialista ha querido dejar claro que «no hay espacio» para el machismo en el partido, pero la credibilidad de ese mensaje está ahora en entredicho, especialmente entre las propias militantes.
El caso ha provocado una crisis interna de gran calado en el PSOE, que se suma a la ya delicada situación provocada por las investigaciones sobre corrupción. La salida de Ábalos, lejos de cerrar el capítulo, ha dejado abiertas muchas heridas y ha generado un ambiente de sospecha generalizada.
No son pocos los que ven en la gestión del caso una muestra más de la dificultad de los grandes partidos para enfrentarse a sus propios fantasmas, especialmente cuando estos se materializan en figuras cercanas al núcleo del poder.