Sesión Golfa

Juan Carrasco de las Heras

El Mercenario

Por Jessica Jones

Una multitud de estrellas brillaba en la despejada noche, superando en esplendor a la pálida luna menguante. En la tierra era imposible observar esta escena, velada por la niebla que surgía del lago, la bruma nocturna y las oscuras nubes de humo, formadas a lo largo de semanas de incendios.

Por las orillas se encontraban diseminados numerosos cadáveres putrefactos. Eran de los soldados pertenecientes a las diversas facciones enfrentadas en la guerra que asolaba aquella región. La espesa niebla se arremolinaba, dibujando misteriosas siluetas que se asemejaban a fantasmas o espectros de los muchos caídos.

El paraje se hallaba tranquilo pero, poco a poco, un sordo rumor comenzó a oírse sobre el susurro de las olas que lamían la ribera. En la bruma aparecieron unos puntos de luz titilante y apagada. Momentos después, un estandarte desdibujado y hecho jirones rasgó violentamente la cortina de humo, seguido de su portador, un jinete ataviado con una pesada armadura que montaba un recio caballo de guerra. Al hombre, de gesto adusto y ojos cansados, le seguían otros nueve con antorchas alzadas. El retumbar de los cascos de sus monturas se enseñoreó del lugar mientras pasaban. Se dirigían por el sur del lago en dirección este y parecían llevar prisa. El último, sin embargo, iba ligeramente rezagado y, aunque probablemente su misión fuera vigilar la retaguardia de la formación, no advirtió la acechante figura que los observaba desde unas rocas cercanas. Por eso, cuando la sombra accionó el gatillo de una ballesta, el jinete no tuvo la menor oportunidad de reaccionar y fue derribado del caballo a causa del impacto. Se desplomó en el suelo con un virote dolorosamente clavado en la espalda, respirando con dificultad. La antorcha se había apagado al caer. Trató de asir su arma, pero le era imposible mover el brazo y no pudo contener un gemido de angustia, que cesó cuando un segundo proyectil le acertó en el cuello.

Su verdugo llegó hasta él con la ballesta en una mano y una lámpara en la otra. Dejó ambas en el suelo y se agachó junto al cuerpo para registrarlo, iluminándosele así el rostro. Tenía la piel curtida, surcada por varias cicatrices y por algunas arrugas que envejecían su aspecto. Sus ojos eran castaños y poseían un brillo especial, que destacaba en los rasgos severos de su cara, cubierta por una barba de varios días. El tipo llevaba una coraza completa y una espada al cinto. Parecía un avezado guerrero que hubiera luchado en innumerables batallas, pero ningún dibujo adornaba el escudo que colgaba a su espalda, y no ostentaba símbolo alguno en su armadura, ni nada que lo distinguiera como perteneciente a algún bando. Era un mercenario.

Se guardó las pocas monedas que pudo encontrar entre las ropas del soldado y, recogiendo sus cosas, se puso en pie. Contempló unos instantes el cuerpo sin vida. Luego dio media vuelta y se alejó de allí con un encogimiento de hombros.

—Supongo que él me habría hecho lo mismo.

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Juan Carrasco

Éste homínido ceutí es crítico de cine desde hace años en el diario El Faro de Ceuta, así como responsable del espacio cinematográfico y de opinión "Fila 7" en la web www.ceuta.com y colaborador en la emisora de radio Onda 0 con su sección semanal "El Cine en la Onda".

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