Por Iván Torres
Entre juguete y juguete, a Miguelito se le iban ocurriendo preguntas sobre la vida. Una tarde preguntó a su madre:
– ¿Y de dónde vienen las flores?
Ella, para no cansarlo con una soporífera clase de naturaleza, imaginó e inventó:
– Tras la primera lluvia llegó el sol primero, y tras él, el primer arco iris. Como entonces no había hombres, tampoco había fronteras, y el inmenso arco de colores cruzaba la tierra de polo a polo, sin altos ni aduanas. En el espacio exterior las estrellas se tocaban en el hombro y se susurraban entre ellas, ¿viste eso?, asombradas de tanta belleza reunida de una sola vez. El sol, celoso, no quiso pasar desapercibido, y quemó y quemó, hasta que el arco iris, achicharrado, comenzó a derretirse.
Millones de gotas de colores se desprendieron y precipitaron sobre el suelo, que era todavía seco e incoloro.
Toda la tierra se cubrió de las migajas del arco iris, que la tiñeron de hermosos lunares, grandes y pequeños, verdes, naranjas, azules. Entonces, un pétalo, y otro, y una flor, y un jardín, y miles de jardines, y un paraíso.
El sol quedó rendido y se limitó a contemplar el sublime paisaje desde una posición privilegiada.
Miguelito, estupefacto, volvió a preguntar:
– Y los hombres, mamá, ¿nacieron de gotitas de petróleo?
La madre calló. Prefirió no decir.
