De todo tiene que haber en esta vida para que podamos apreciar lo bueno, y uno tiene asumido que existe el cine más malo que el dolor de una muela picada con siete caries y la raíz afectada. Lo que me parece inaceptable es entrar de buena fe a ver un thriller de intriga, tal y como me lo han vendido, y que guionista y director me tomen por idiota y me manipulen para que no me mueva del sillón, cuando realmente no voy a encontrar nada de lo que el transcurso del metraje está prometiendo.
El gancho consiste en una joven familia bucólica políticamente correcta y perfecta que sufre un mazazo cuando el marido muere en un accidente de coche. Al día siguiente la dulce esposa (Sandra Bullock: la culpa es mía por darle otra oportunidad…) se levanta aún hecha polvo por la terrible pérdida y cuál es su sorpresa (y la nuestra) cuando ve allí a su marido vivito y coleando, como si no hubiera ocurrido nada y preparándose para ir al trabajo. Ahí comienza la interesante historia. Nadie excepto ella tiene idea de lo supuestamente ocurrido el día anterior, y nada tiene sentido. A partir de ahí, la vida de la joven se convertirá en una puñetera locura, e irá dando saltos del pasado al presente, de un día a otro, investigando qué narices está ocurriendo, e intentando evitar la muerte de su marido que ya ha vivido, y que sabe exactamente el día que acontecerá. Interesantísimo; especialmente porque todo es tan desconcertante que te metes en la piel de la agobiada protagonista en busca de una respuesta al sinsentido que está viviendo.
Lo malo –nunca cuento finales, pero al menos debo advertir- es que cuando llevamos hora y media larga de cinta y ya nos hemos rendido buscando esa explicación, lo que conlleva que estamos deseosos de que nos aten los cabos como mandan los cánones, los responsables del asunto nos pretenden convencer de que lo que importa no es el cómo, sino el por qué, y tapan con una tirita ridícula un boquete de tres metros de diámetro. En otras palabras, que los momentos de intriga y desconcertantes, base de la trama, no son más que golpes de efecto para que no te levantes de la butaca harto de la mediocridad. Si pretendes darle sal con giros misteriosos e inesperados a una historia sosa, bien, pero si no quieres que el espectador te desee la depilación sin cera pelo a pelo de todo el cuerpo, ten el mínimo talento necesario para darle una explicación a todo. Si una película se basa en que el público diga “¿qué narices estará pasando aquí?”, cuéntale al final de qué se trataba, pero no le vendas que lo importante es la profundidad emocional y el encontrarse a sí mismo y varias milongas más, disimulando la falta de talento para entretener con el insulso guión; adornarlo con fuegos artificiales que no te paras a explicar de dónde han salido nada más que de pasada, como si el que se ha estado devanando los sesos todo el rato buscando un sentido ahora se fuera a olvidar de que le has tomado el pelo, tiene una clara definición: timo de la estampita.
Así hago yo también una película de suspense que mantenga el interés hasta el final. El mérito reside en que, bueno o malo, te lo tengas que imaginar o te lo pongan en bandeja, cuando menos haya final que echarse a la boca y no salgas por los cerros de Úbeda (con todo el respeto a Úbeda).
La resolución de una película puede maquillar el resto de un metraje aburrido o convertir en insufrible algo que ha sido muy entretenido durante casi dos horas. Sobra ya decir que mi indignación y yo pensamos que Premonition: siete días es de estas últimas…
Dirección: Mennan Yapo. Duración: 110 min. Intérpretes: Sandra Bullock (Linda Hanson), Julian McMahon (Jim Hanson), Nia Long (Annie), Kate Nelligan (Joanne), Amber Valletta (Claire), Peter Stormare (Dr. Norman Roth). Guión: Bill Kelly. Música: Klaus Badelt. Fotografía: Torsten Lippstock. Montaje: Neil Travis. Vestuario: Jill Ohanneson.