Por León Ocaña
Jamás le habían gustado esos supermercados enormes. Odiaba el frío que desprendían: tanto el pasillo de los congelados que formaban parte fundamental de su dieta como el trato con los deshumanizados empleados. Pero este caso era distinto. En aquel lugar estaba ella.
Conoció por casualidad a la cajera de los días pares en la 7 -se había aprendido su horario de trabajo de memoria- hacía apenas un par de meses, pero parecían años. Él siempre iba a su caja argumentando que ella era la única simpática, y a la encantadora cajera nunca le había parecido raro, al contrario: siempre tenía una palabra amable que dedicarle. Aquella criatura desgarbada de cuello de cisne, tez pálida, rubio de bote y ojos del color del mar enfurecido era deliciosamente tímida, culta y educada. Parecía un hada salida de la imaginación de Shakespeare, recluida en la Tierra, castigada sin su glamour. Por ello siempre la llamaba Titania; por eso y por la sonrisa que le arrancaba cada vez que lo hacía. Tenía uno de esos nombres vulgares, pero de no utilizarlo y por su falta de memoria e interés por recordarlo, no sabría decir cuál era. Lo que realmente le interesaba era su charla de apenas unos minutos cada vez (cuando no había cola), pero que suponía para él la única alegría del día. Su atracción por aquella muchacha, más que física -sólo pensarlo ya era una estupidez: bien podría ser su hija o su sobrina-, era algo espiritual. Conectaban, se entendían bien, y mientras estaba con ella se olvidaba de lo solo que se sentía viviendo en un pequeño apartamento su triste vida, tan amarillenta como las páginas de sus cientos de libros, con un viejo gato con peor humor que el suyo como único compañero de fatigas y escasa esperanza de encontrar algo que rompiera su rutina. 
Hacía varios días que le devoraba la inquietud, porque no era normal que Titania no hubiera acudido a trabajar en toda la semana. En su lugar había una tiparraca con mechas que siempre estaba rumiando chicle con la boca muy abierta (para que todo el mundo supiera que le gustaban de menta) y que te perdonaba la vida al cobrarte si debía darte el cambio cuando no tenías el importe justo. Esas cosas que le encantaban de los supermercados: la vuelta a la realidad.
Aquella situación le estaba matando: parecía un colegial con desamor. Así que cuando transcurrieron tres días más de cruel incertidumbre, finalmente se decidió a preguntar por ella a la “simpática” mascadora de chicle, nueva inquilina de la caja número siete. Visiblemente nervioso, le describió a su amiga y preguntó si sabía qué había ocurrido con su predecesora.
—Yo qué sé; en estos sitios se cambia el personal constantemente —le dijo con desdén la amabilidad personificada.
Colérico, él pidió ver al encargado (un tío gris con corbata y americana chillona, como mandan estos sitios), y cuando éste apareció conciliador para evitar la escena que estaba montando aquel hombre desesperado, le pidió que le describiera también a él aquella muchacha que se suponía que trabajaba o había trabajado allí.
—¿Y cómo dice que se llama? —dijo tras oírle el bobalicón con cara de no haberle escuchado.
—Déjelo, creo que me he equivocado —respondió el hombre con una mezcla de resignación y amargura tras analizar unos segundos la pregunta.
Apretó los dientes, se dio la vuelta por donde había venido y volvió a casa con sus libros y su gato, maldiciéndose por no haberse molestado nunca en echarle un segundo vistazo a la plaquita con su nombre mundano.