Desde el respeto que suele caracterizar a quien suscribe, siendo poco amigo del salto fácil a la yugular, a menos que la indignación como espectador sea insostenible, y por supuesto respetando igualmente a la descomunal legión de fans (jovenzuelos y no tan jóvenes también) vampíricos, tengo que decir que la saga Crepúsculo nunca ha sido de mi interés y no voy a empezar a verla precisamente al final. Reconozco que, sin duda, por afluencia de público es el estreno de la semana, cómo no, y no osaría criticar lo que no he visto, faltaría más; simplemente ninguna de sus entregas me ha despertado el gusanillo, así que ya que estos días la cosa va de vampiros adolescentes, en un momento de “inspiración” se me ha ocurrido, craso error, a modo de pequeña broma privada y rebeldía contra lo establecido, verme Hotel Transilvania. A fin de cuentas, también va de vampiros adolescentes.
En este caso se trata de Mavis, la hija de un sobreprotector Drácula (con la voz en su versión original de Adam Sandler, del que incluso toma aspecto físico), que la quiere apartar de los peligros de la gente común, mucho más peligrosa sin duda que los entrañables monstruos que viven todos juntos en el refugio/hotel que se han montado lejos del mundanal ruido. El problema para papi –si no lo hubiera no estaríamos hablando de nada- reside en la visita a este remanso de camaradería y comprensión de un chico humano que le destrozará los esquemas a todo el mundo, sobre todo a Mavis.
Se podrán imaginar que estoy hablando de una cinta de animación, estresantes números musicales incluidos, muy enfocada a captar la atención de los más pequeños, poco exigentes, que aplauden simplemente con ver desfilar bichillos y esqueletos bailando. Por lo demás, pese a ciertos gags de guiño cómplice a Lo que el viento se llevó, a la citada saga crepuscular, y algún momento del hombre invisible, la cinta es una oda intragable a la incapacidad de los guionistas para ejercer la profesión que se puede leer en sus tarjetas de visita. Y si en su versión originaria americana la historia está falta de sal, ritmo, consistencia y puñetera gracia, el remate del asunto viene cuando en nuestro país de brillantes dobladores (dicho esto último sin ningún tipo de ironía), para vender un puñado más de entradas (lo peor es que si lo hacen constantemente, será porque lo logran) ponen el doblaje en manos de voces famosetas que encima publicitan a bombo y platillo con letrerito en el cartel de la película y todo. Lo de Clara Lago tiene un pase, ya que no desentona (demasiado) y es una joven actriz que quiere también introducirse profesionalmente en este campo, pero oírle la voz nasal de Santiago segura a Drácula o el despiporre verbal de Alaska y su “discreto” marido poniendo su sello a otros dos protagonistas va más allá del crimen y logran traspasar la frontera del desastre para colocar en tu estantería mental de “infumable” lo que sólo debía haber sido “aburrido y olvidable”. Para más INRI, alguien sigue estando seguro de que el acento andaluz da risa, así que una familia entera de hombres lobo de Cádiz a la mochila (¡ozú!, ¡arsa!, ¡pisha!), eso sí, todos ellos con nombres anglosajones. Poco más que añadir a la primera película como director de Genndy Tartakovsky, seguramente el menos culpable del entuerto. Entre todos se han cubierto de gloria.
Dirección: Genndy Tartakovsky. Duración: 82 min. País: USA. Género: Animación, comedia, familiar. Doblaje original: Adam Sandler (Drácula), Selena Gomez (Mavis), Kevin James (Frankenstein), Steve Buscemi (Wayne), David Spade (El Hombre Invisible), Andy Samberg (Jonathan), Fran Drescher (Eunice), Molly Shannon (Wanda), CeeLo Green (Murray). Guión: Peter Baynham y Robert Smigel; basado en un argumento de Dan Hageman, Kevin Hageman y Todd Durham. Producción: Michelle Murdocca. Música: Mark Mothersbaugh. Montaje: Catherine Apple. Diseño de producción: Marcelo Vignali.