El 9 de diciembre de 1907 se estrenó la obra Los intereses creados, la célebre comedia de Jacinto Benavente, que recibiría el premio Nobel de Literatura quince años después, en 1922. Hubiera pasado el aniversario en la más absoluta indiferencia del mundillo teatral español, poblado por muchos miles de personas, si al menos la Comunidad de Madrid no hubiera financiado una edición conmemorativa de la obra, que fue presentada el lunes en el Ateneo de Madrid. Benavente fue un hombre refinado e inteligente que huyó de los planteamientos brutales y se refugió en la ironía. Demasiado para España. Eso hizo que su premio Nobel de Literatura despertara polémica e incomprensión, pues para algunos críticos, la de Benavente no deja de ser una obra menor comparada con la que dejó el modernismo o la Generación del 98. Pero el tiempo todo lo pone en su sitio y Benavente vale efectivamente más que sus supuestos rivales. Se trata de lo que él decía, de los intereses creados.
Con Los intereses creados, hábil combinación de sátira y humor, Jacinto Benavente culmina su arte innovador. En ella se ponen en movimiento los personajes de la commedia dell’arte italiana y se hace una sutil y perspicaz crítica del ‘tanto tienes, tanto vales’ imperante en la sociedad. La obra logró una entusiasta acogida que llevó al público a trasladar a su autor en hombros hasta su domicilio, al término de su representación en el Teatro Lara de Madrid, aquél 9 de diciembre de 1907.
En ella presenta una afilada sátira del mundo de los negocios; particularmente atractiva, desde un punto de vista técnico, por la sabia combinación de elementos procedentes de la ‘commedia dellarte’ con otros que brotan del teatro clásico español. Esta pieza continuó en otra, menos conseguida, y que a juicio de muchos críticos fracasó: La ciudad alegre y confiada (1916). El punto de vista que adopta Benavente en esta franja de su producción es el de un escéptico que desconfía profundamente de la naturaleza humana y de la sociedad en la que aquélla se manifiesta con frívola hipocresía cuando no simple crueldad.
Para celebrar la vigencia de la célebre Los intereses creados -que hasta la transición se representaba en España continuamente-, ya convertida en clásico, la Consejería de Cultura y Turismo editó una cuidada edición del texto, con ilustraciones originales y unos estudios previos sobre el momento histórico del estreno, las características del teatro benaventino y los montajes más destacados de la obra en el último siglo, recordando así la vida de una ciudad, Madrid, que siempre ha destacado por su actividad escénica. La edición integra una abundante selección de fotografías provenientes de colecciones privadas y públicas, como el Fondo Martín Santos Yubero, perteneciente al Archivo Regional de la Comunidad de Madrid, la Filmoteca Española o el Archivo de Teleradio de TVE.
Y va acompañada con artículos de José María Marco, Javier Huerta, Juan Ignacio García Garzón y Antonio Castro, que analizan el Madrid del momento, y la trascendencia de la comedia en el extranjero y en el ámbito de la dramaturgia en general. La publicación también cuenta con una serie de testimonios del mundo teatral a cargo de Diego Hurtado, Francisco Piquer, Julia Gutiérrez Caba, José Rubio, Manuel Gil Larrondo o Gustavo Pérez Puig.
El libro está coordinado por Javier Domingo y Antonio Castro, y en el salón de actos ateneísta, el mismo donde se sentara don Jacinto tantas veces, se realizó una lectura dramatizada de fragmentos de la obra. El magnífico salón, uno de los más hermosos de Madrid, estaba a media entrada. Domingo incidió reiteradamente en que Benavente fue progresista para reivindicar su memoria, como si el ser conservador o liberal implicara ya un desdoro. No fue correcto tal planteamiento.
Los fragmentos representativos de Los intereses creados estuvieron a cargo de los actores y actrices Ana Marzoa, Tomás Gayo, Luis Fernando Alvés, Pedro Miguel Martínez, Julio Escalada, Balbino Lacosta, Geli Albadalejo, Mundo Prieto, Juan del Valle y Beatriz Bergamín.
Fue una modesta pero digna conmemoración para un absoluto desconocido hoy día, cuya obra principal no se representa desde hace una década, y a quien casi nadie reivindica. Nació a unos metros del Ateneo, en la calle del León, y vivió unos metros más allá, en la calle Atocha. Fue otro vecino ilustre del barrio de Las Letras, hoy luchando para no convertirse en el Barrio de las Copas.
Pero esta edición conmemorativa de Los intereses creasdos, sabe a muy poco. Jacinto Benavente debe considerarse un clásico. Y debe representarse frecuentemente. La Compañía Nacional de Teatro Clásico entiende por teatro clásico la literatura dramática escrita antes del periodo realista. Es una lástima no prolongarse hasta Echegaray y Benavente. ‘Debemos consolidar el repertorio esencial e inusual de nuestro teatro barroco, investigar las posibilidades del Renacimiento y revisar hasta un poco más allá del Romanticismo’, dicen. Sugerimos que revisen el concepto y ofrezcan un buen Benavente la temporada que viene. Idem de lo mismo para el Centro Dramático Nacional al que le ha llegado el momento de incluir obras de Benavente revisitadas por gente de nuestra época. Benavente es nuestro Pirandello, quizás inferior al italiano: razón de más para potenciar sus obras con montajes de valía.
Jacinto Benavente y Martínez nació y murió en Galapagar (Madrid), 12 de agosto de 1866 – 14 de julio de 1954. Llegó a ser guionista y productor de cine y durante algún tiempo fue empresario de circo. Ingresó en la Real Academia Española en 1912, ocupó en 1918 un escaño en el Congreso de los diputados y en 1947 asumió, a título honorario, la presidencia de la Confederación Internacional de Sociedades de Autores y Compositores.
Su notoria condición de homosexual tuvo mucho que ver con que en los años 1940 se retirara su nombre de las principales carteleras, aunque luego regresara a Madrid varios años después para alegría de sus seguidores. Abordó casi todos los géneros teatrales: tragedia, comedia, drama, sainete. Todos los ambientes encontraron cabida y expresión cabal en su escena: el rural y el urbano, el plebeyo y el aristocrático. Su teatro constituye una galería completa de tipos humanos. La comedia benaventina típica, costumbrista, moderna, incisiva, supone una reacción contra el melodramatismo desorbitado de Echegaray. Lejos del aparato efectista de este último, Benavente construye sus obras tomando como fundamento la vida. Realismo, naturalidad y verosimilitud son los tres supuestos de que parte su arte, sin excluir en muchos momentos cierto hálito de poesía o de exquisita ironía. Puede decirse que con su primera obra, El nido ajeno (1894), en que plantea un problema de celos entre hermanos, abre un nuevo periodo en la dramaturgia española.
En Cartas a mujeres (1893) se advierte ya su interés por la psicología femenina, característica que aparecerá en toda su actuación teatral; El nido ajeno (1894), Gente conocida (1896) y La comida de las fieras (1898) constituyen una reacción contra el teatro moralizador de Tamayo o de Galdós. A partir de 1901, su teatro adquiere mayor profundidad con obras como La noche del sábado (1903), «novela escénica» impregnada de poesía; El dragón del fuego (1903) y Los intereses creados (1907), hábil combinación de sátira y humor, donde culmina su arte innovador. En 1908 estrenó La fuerza bruta, fundando al año siguiente, junto con el actor Porredón, un teatro para niños. En otras obras los principios educativos se mezclan con ambientes y motivos fantásticos (El príncipe que todo lo aprendió en los libros, 1910). En Señora ama (1908) y La malquerida (1913), ambas de ambiente rural, inspiradas en el pueblo de Toledo en el que pasó largos periodos de tiempo, presenta como personajes centrales caracteres femeninos dominados sexualmente por hombres de escasa altura moral. Había escrito 172 obras cuando murió.
Fue crítico de teatro en el periódico El Imparcial, y recogió sus artículos en De sobremesa (1910, 5 volúmenes), El teatro del pueblo, Acotaciones (1914) y Crónicas y diálogos (1916). Atento a la innovación que supuso para el mundo del teatro y la literatura la puesta en imágenes de historias con la llegada del «cinematógrafo», comandó una adaptación de su célebre Los intereses creados en 1911 que, según los historiadores de cine es la mejor traslación a la pantalla de una obra suya. Si no se ha hecho ninguna obra maestra más con sus historias, quedan en el recuerdo un par de títulos no memorables pero sí apreciables: La malquerida (1939, José López Tarso); Vidas cruzadas (1942, Luis Marquina); La noche del sábado (1950, Rafael Gil); Pepa Doncel (1969).
Su penetración y conocimiento del idioma son destacados, introduciendo hábiles críticas sobre el mal uso que de él se hace en los ambientes cotidianos. Es especialmente sutil en la ironía con que denuncia la manipulación que del entendimiento puede hacerse desde medios jurídicos, políticos o informativos, con la alteración de la sintaxis y lexicografía (véase la conclusión de Los intereses creados, donde una sentencia acusatoria se trueca en exculpatoria, con la simple transposición de una coma). Su intelecto semántico excede claramente el de otros autores, no menos dignos, de la lengua cervantina; siendo posible encontrar una remembranza del arte expresivo de Oscar Wilde.
El valor de su extenso trabajo radica en la introducción de referentes europeos y modernos en el teatro español. Benavente, quien conocía muy bien la producción escénica que se desarrollaba más allá de los Pirineos, entre autores tales como G. DAnnunzio, O. Wilde, M. Maeterlinck, H. Ibsen y B. Shaw, supo incorporar con acierto influencias que resaltaron notablemente muchas de las cualidades de su teatro, tales como la variedad y perfección de los recursos que introdujo en la escena, una gracia inteligente que recorre la sátira social que despliega, y unos diálogos vivos, chispeantes, muy dinámicos.
Sin embargo, la preeminencia de los aspectos escénicos sobre lo dramático puro, así como un espíritu burlón y frívolo, le restan profundidad y alcance a muchas de sus piezas, convirtiéndolas en brillantes fuegos artificiales a decir de los críticos, en retratos superficiales de época. Esa tendencia se puso de manifiesto en su segunda obra, Gente conocida (1896), así como en las que le sucedieron: La comida de las fieras (1898) y La noche del sábado (1903). En ellas el autor amortigua de forma significativa el tono de su crítica, centrada en las clases aristocráticas y acomodadas de la sociedad, para sustituirla por una reprobación simpática, amable, casi paternal, que no por casualidad obtuvo los favores del público. Pero ni Ibsen ni Wilde fueron más agresivos. Eso llegaría después de la segunda guerra mundial, cuando la Europa desarrollista pudo permitirse lujos intelectuales y los rígidos corsés sociales dieron paso a la sociedad del espectáculo y al consumismo.
Otra vertiente cultivada por el autor fue la del drama rural, en obras que, como Señora Ama (1908) o La malquerida (1913), contrastan frontalmente con el grueso de su producción. Esta faceta de su trabajo proyecta tal intensidad trágica que sus trazos sombríos parecen hablar de otro hombre, rastro de un primer Benavente que, tal vez, pretendía un teatro más en consonancia con los valores de la Generación del 98. Son dramas de grandes pasiones que se desarrollan en un medio aldeano asfixiante y brutal, primario, y en los que palpita un clima de carácter naturalista.
Pero Benavente, cuya obra mantiene evidentes puntos de contacto con el modernismo y con la Generación del 98, no pertenece a ninguno de los dos movimientos. No posee la gravedad de M. de Unamuno, P. Baroja, Azorín o R. de Maeztu; ni tampoco las cualidades necesarias para acercarse al exquisito mundo poético de los discípulos de R. Darío. Le sobró ironía; ¿le faltó quietud aliento poético?. Fue un eminente continuador de la mejor comedia del siglo XIX, de la cual elimina todo vestigio romántico para enriquecerla con su espíritu culto e inteligente, y sus formidables recursos técnicos.
En la última etapa de su vida literaria, dominada en algunos aspectos por su familiaridad con el modernismo, escribió algunas obras de teatro infantil, cuyo tono poético y fina ironía cristalizan en piezas tan encantadoras como El príncipe que todo lo aprendió en los libros o La novia de nieve (1934). Otro título importante de su producción durante este período es Pepa Doncel (1928).
