Es el libro del momento, aquel que desafía a los bestsellers eróticos y a las macronovelas históricas. María Dueñas ha vuelto para enfrentarse el fenómeno editorial que fue ‘El tiempo entre costura’ y lo ha hecho con ‘Misión Olvido’, una obra que jamás podrá encajar en términos como ‘buena’ o ‘mala’.
Segunda obra es el concepto tabú que hace palidecer a cualquier artista. Da igual si la primera creación fue aplaudida o no. Es en el siguiente intento con en el que te la juegas, el que te hunde, te estabiliza o te ensalza. El caso de María Dueñas era especialmente espeluznante.
Esta puertollanera redefinió el término best-seller en nuestro país como no lo había hecho nadie desde Carlos Ruiz Zafón. Y se tendió ante la frase hecha de que enamoró a público y crítica, con una novela cuyo truco se escondía en la evasión. Evasión de la protagonista que huía de una traición, y evasión de un lector que se adentraba no sólo en otra época y en otro país, si no que añoraba escapar de la peor época a la que España se ha enfrentado en democracia.
Claro, el escapismo siempre ha funcionado en literatura, sobre todo la huída femenina. Aquellas mujeres que no miran atrás, que empiezan de cero y se crecen, nunca decepecionan Dueñas ha optado por la misma estrategia y ha creado a Blanca Perea, una heroína a su pesar que al lector se le antoja alterego casi literal de la autora (ambas son de edades parecidas, profesoras de Universidad, con hijos casi emancipados…).
Ella, Blanca, humillada por el tópico del marido que se larga con una moza más joven, se embarca en una aventura americana que, a priori, poco tiene que ver con un sueño. Triste, fría y creyéndose una víctima, la protagonista acepta un puesto en una insignificante universidad californiana de Santa Cecilia. Su labor se presenta poco interesante tanto para ella como para el lector: catalogar el legado documental de un antiguo profesor español fallecido décadas atrás.
La novela está dividida en tres tramas principales y en dos voces. Tenemos, por una parte, la historia de Blanca, que transcurre a finales de los 90, con el cambio de milenia a pocos meses de distancia. Esta parte es la más intimista, narrada en primera persona y sobrecargada de unos defectos que veremos a continuación.
Por otro lado nos encontramos con las tramas historicas -ambas contadas por el narrador omnisciente-, la del mismo Andrés Fontana y la de un alumno suyo Daniel Carter, un personaje, éste, que también tiene un peso crucial en la historia de Blanca Perea.
Bien, al enfrentarme al libro he de reconocer que esta estructura anidada por bloques me causaba una considerable pereza. No es que huya de los esquemas irregulares, es más, los prefiero, lo que ocurre es que hay que ser muy buen escritor, y muy listo, para que te salgan bien. Tranquilos, María Dueñas es diestra como la que más.
Pero comenzando por lo malo he de apuntar una cosa. Las primeras 20 páginas del libro se me hicieron prácticamente insoportables. Esa utilización indiscriminada del adjetivo se me antojaba infantil, bulímica. Era como un disfraz que tapaba una situación -la de la protagonista- absolutamente vacía y previsible.
Pero el texto se recupera y de qué forma. Todo empieza a encajar en el momento en el que damos el salto en el tiempo y nos cuentan las historias del pasado. Es aquí cuando Dueñas se deja de palabrerías y atreve con el Dickens más divertido. Con ecos que van desde Cela hasta el Javier Cercas de Soldado de Salamina, la autora ejecuta la elipsis de manera ejemplar. No se entretiene en nimiedades y funde, como pocas, emoción y acción con cuatro frases.
La historia avanza y los personajes también. Uno lo va degustando con ganas pero sin ansiedad. Ellos, los protagonistas, resultan entrañables y casi odiosos por partes iguales. Blanca Perea, por ejemplo, carece de autoconsciencia, hasta el final de la obra siento que no la conozco de verdad, que Dueñas la ha hecho incolora para que los lectores puedan adpatarla a ellos mismos. Pero es en el desenlace cuando entiendo su camino y su conflicto. Cuando realmente me sentí tocado y hundido.
María Dueñas no controla la máxima de que cuánto peor lo pase un personaje, mejor se lo pasará el lector. Y aquí va el sacrilegio. Eso mismo le pasó en ‘El tiempo entre costuras’ . Sólo en la primera parte, la protagonista estaba realmente expuesta al peligro, después pareciera como si los hechos le acariciasen la piel. No hay momentos de tensión mencionables y mucho menos y climax digno. En ‘Misión Olvido’ ocurre lo mismo. Falta que se rompan las cuerdas, que uno deje de respirar por unos segundos. Sé que esta última no es una novela de aventuras, que no se pretende conmocionar al consumidor pero entonces que no se invente una excusa argumental que tontea con el thriller. No hacía falta (todo el rollo del centro comercial que van a consistir en el pueblo me pareció aburridísimo).
Y puestos ya a profanar lo más sagrado, y aunque, tras leer esta reseña pueda resultar incoherente, he de decir que casi me quedo más con ‘Misión Olvido’ que con la anterior ¿Por qué? Puede que porque esté ya en una edad más reflexiva y menos exigente pero la que nos ocupa me parece una obra más libre, más imperfecta y más honesta. De verdad, larga vida a María Dueñas, aunque sólo sea porque desbanque de la lista de más vendidos ese engendro para amas de casa salidas de nombre ‘Cincuenta Sombras de Grey’ (desde ‘Crepúsculo’ no había sentido tanta vergüenza ajena).

