Los sonidos del alma (III)

Por Javier Pardo de Santayana

(Acuarela de Joseph Alleman en josephalleman.com.música.2003-master-class)

Una de las preguntas que nos plantea la poesía es cómo aparece la inspiración creadora; una cuestión que suele soslayarse. Como se soslaya cuando hablamos de las canciones o de la literatura. Unas veces las preguntas girarán en torno a los intérpretes bastante más que respecto a los autores, y otras se referirán a la calidad de la escritura pero no tanto a de dónde se sacó la idea del argumento, lo que casi seguro sería más interesante.

Pues mi experiencia personal es que la inspiración suele surgir por rachas y a partir de una disposición del ánimo adecuada que conoce un momento favorable. Y que cuando éste surge puede brotar en la forma de versos que fluyen como si fuera música. De aquí que si además existe cierta propensión a la canción el creador dudará a veces entre una y otra forma; detalle éste que viene a confirmar expresamente – acabe como una canción o como una poesía –  la raíz común de ambos orígenes.

Todo parte, pues, de la sensibilidad, y exige despegarse generosa – o valientemente si usted quiere – de la simple descripción de la realidad por muy perfecta que ésta sea. Y ahí es precisamente donde está el detalle: en no ceñirse a ella; pues será el momento justo para aplicar toda la pasión y la dinámica del arte: lo que llamaríamos simplemente en este caso “el sonido del alma”.

MI experiencia respecto a la relación de la música y la poesía, no sólo ya en su origen sino  también en cualquier tiempo, se hace patente al considerar la conexión natural entre uno y otro  medio. Todos sabemos la facilidad con que muchos artistas populares han puesto música a versos ajenos, y que hay poetas cuyos versos son más conocidos en su versión musical que en la versión leída.

Pero volviendo al planteamiento con que empezó este artículo, y asegurada ya la predisposición según un dicho que acuñé yo mismo: “poeta no es quien escribe versos sino quien vive la vida poéticamente”, cualquier cosa podrá excitar la inspiración de un verdadero artista. Pondré un ejemplo reciente: el de una frase que oí en una película. Se trataba de una escena en la que, en el papel de un joven poeta, Tony Curtis se presentaba a Kirk Douglas, protagonista de “Espartaco”, quien después de oírle relatar su historia se dirigiría a él con esta frase: “Tú sabes cosas que no se estudian”.

Y yo me pregunto si puede haber algún artista que no descubra en esta frase el potencial poético que encierra. Así que de él podrá brotar una canción o una poesía, o una canción poética en la que el autor completará la frase con una conclusión que la embellezca y dé todavía más sentido. Dirá, por ejemplo:  “Tú sabes cosas  que no se estudian / cosas que suele llevarse el viento”.

Otras veces la poesía será expresión de un estado de ánimo, o una especie de autorretrato imaginado. Por ejemplo, que diga:

 

A veces lloro y a veces río

a veces pienso que desvarío

A veces siento morir de frío

¡Y a veces sueño que el mundo es mío!

 

Y lo titulará “Confidencial”.

Pero cualquier cosa de la vida puede ser tocada por el halo poético; así por ejemplo un retrato magistral que, siendo ya de entrada una obra de arte, se verá interpretado genialmente con las palabras a la vez sugerentes y exactas de Manuel Machado, que añadirá además de su mano de artista varios hallazgos expresivos. He aquí al rey español Felipe IV:

 

Nadie más cortesano ni pulido

que nuestro rey Felipe, a quien Dios guarde

siempre de negro hasta los pies vestido.

Es pálida su tez como la tarde

cansado el oro de su pelo undoso

y de sus ojos, el azul cobarde.

Sobre su augusto pecho generoso

ni joyeles perturban, ni cadenas,

el negro terciopelo silencioso.

Y en vez de cetro real, sostiene apenas,

con desmayo galán, un guante de ante,

la blanca mano de azuladas venas,

 

Pero la inspiración puede venir de cualquier parte, porque todo es susceptible de exigir la poesía:

 

La aurora, que tiembla sobre el horizonte

cuando el sol se enciende dorando los campos,

la brisa que pasa sin sentirse apenas

por entre los anchos paisajes dormidos

y los pinos verdes, los montes azules,

el agua que salta, impaciente, en las piedras…

 

La vida que explota entre los renuevos,

en los tiernos brotes del tronco leñoso

y en el arco iris del sol y la lluvia.

En los prados verdes, flores amarillas,

abejorros ebrios de sol y romero,

la tarde pletórica que se desvanece,

y en el firmamento, la luna redonda…

 

El rojo en los arces, los fresnos dorados,

y el largo suspiro del viento en las ramas,

los grises esquivos, los pardos huidizos,

la luz decadente de la última hora

lamiendo las suaves colinas ardientes,

cuando ya en los valles apenas se anuncia

la noche, surcada de estrellas fugaces…

 

La nieve, cubriendo las formas sutiles

de los abedules en los parques públicos,

el aire que ruge por las avenidas,

el son del granizo, tamborileando

contra aquel opaco cristal empañado,

el frío que hiere las horas ambiguas,

en que los peatones, perdidos, desertan

las calles desnudas, casi abandonadas…

La luna aterida sobre las buhardillas…

 

El calor intuido de tu cercanía,

aquella sonrisa que ocultó tus lágrimas,

tus manos volando como dos palomas,

tus ojos azules soñando silencios,

la palabra ausente perdida en tus labios…

 

Cada día nuevo en que amanecemos,

cada padrenuestro que rezamos juntos,

cada vez que nuestras miradas se encuentran

y encuentran el hondo silencio del alma…

 

Aquella tristeza y aquella alegría,

aquel desespero y aquella esperanza,

aquellas certezas… ¡pero tantas dudas!

¡tantas ilusiones por cumplir!

La vida…

 

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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