Tristemente alegre

Por Carlos de Bustamante

 

(Carmen con sus dos amigas)

Creo haber escrito esta expresión en varios de los artículos referidos a mi querida esposa Carmen fallecida de forma repentina, fulminante, el pasado tres de agosto.

Es llegado el día que con el sosiego que gracias a Dios nunca perdí, os diga, mis amigos, el porqué de esa rara (¿) `alegre tristeza´.

Fue ayer domingo día 6 de octubre. Después de oír la Santa Misa a la que fui “en coche” (silla de ruedas), propuso mi ayudante y amigo José, hacer un recorrido por la vallisoletana Acera de Recoletos -no ha mucho Avenida del Generalísimo-, y luego por el Paseo del Príncipe en el muy bello Campo Grande. Salir de las `cuatro paredes´ de esta vuestra casa, para visitar parajes de extraordinarios recuerdos, es – ¡ay! –   una auténtica gozada. ¿¡ay! por qué?: enseguida.

`Era´ mi Carmen una colegiala preciosa cuando nos conocimos precisamente en los mismos `paseos´ de ayer domingo en tan diferentes circunstancias. Se me agolparon los recuerdos tristemente alegres.

Una de las diversiones de los adolescentes de entonces en la `edad del pavo´, era pasear arriba y abajo para cruzarnos cuantas veces mejor con las niñas que `nos gustaban´. Ellas, supongo -y supongo bien, ahora lo sé-, que lo mismo. Eran, – ¡ay! nuevamente, – tres niñas, muy `monas´ y diferentes: dicharachera, preciosa y bulliciosa (¿descarada?) una. Ojos verdes o azules, sumamente atractivos, otra. Y la tercera, ¡ay la tercera!, pelirrojilla con trenzas -a veces-, que embellecían más, si cabe, una carita preciosa. En principio no fue ésta la que me hizo `tilín´, como estarán pensando mis amigos y probables únicos lectores, sino la niña de los ojos verdes o azules intensos.

(Carmen, colegiala)

Como asustadas… (¿), corrían al ver a los dos amigos que insistíamos una y otra vez en el `cruce´. Llegados a su altura, que no parece les importase demasiado porque era un `juego´ deliberado, intentamos entablar   conversación. Risas, muchas risas, pero ni una sola palabra. Miraba a los ojos verdes o azules, que los bajaba de inmediato con un ligero rubor. Y de reojo a la pelirrojilla, más serena.

Cuando el reloj del Ayuntamiento daba la hora en que los adolescentes de entonces habíamos   de regresar a nuestras respectivas casas, el grupo de unas y otros (¡qué modennno!) se disolvía. Los ojos verdes en una dirección; la niña pelirrojilla – preciosa- en otra, casualmente coincidente con la mía: barrio histórico de san Miguel. ¿Qué iba a hacer sino seguirla? ¡A ver…! Al principio de lejos. Luego, cada vez más próximo a ella. Y la sonrisa inicial se fue tornando por días en sonrisa franca. Y curioso: en la misma medida, los ojos verdes, no me parecían ni tan verdes, ni tan bellos. Lo eran mucho más y más intensamente el pelirrojo-cobre de la niña adolescente de mi barrio. Las sonrisas y los seguimientos a distancia se fueron acentuando y acortando…

Y así, de forma natural y hermosamente limpia en el adolescente que se lo dice, le fue penetrando un nuevo componente tan ilusionante como   desconocido: el amor. ¿Por qué `eso´ -me decía- ha de dar azoramientos desconocidos e incluso temblores de piernas o bloqueos mentales, que hasta me anulaban palabras tan fáciles antes…?

Hoy que por los muchos años vividos vemos cómo tanto se han tergiversado costumbres bellas y limpias, me pregunto: ¿será realmente amor `eso´ que ahora vemos tan atrevida, descaradamente efusivo, que satisface los instintos naturales, pero que por ley natural están reservados en el hombre al matrimonio y de éste a la procreación…? Aunque por mayoría absoluta (¡qué modennno otra vez!) se afirmase que sí es amor, también afirmo, sin temor al qué dirán, ni al equivoco por respetos humanos, que, desde el inicio, el amor narrado no fue así. Y que si hubiera que adaptarse -como algunos dicen-   a los tiempos, aun contracorriente, digo que ¡no! Que las efusiones ¿amorosas…? por calles, plazas, lugares o casas particulares con o sin los padres en ellas, tienen el alto riesgo de convertir la hermosa limpieza (ya me entienden) de la mujer, en `objeto´ de usar y tirar. Y eso, afirmo, no es verdadero amor; ni éste lo fue de semejante manera. ¿O es que puede ser comparable la satisfacción del solo instinto con el amor sacrificado noble y honesto?

SÍ, mis amigos, la tristeza y la alegría, así vividas y recordadas hoy, son del todo compatibles.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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