Murillo sigue de moda tras su IV centenario

Por José María Arévalo

(Sagrada Familia de! Pajarito (hacia 1650), óleo sobre lienzo de Murillo, 144 x 188 cm, Museo del Prado)

Efectivamente, en el 2018 –todavía año pasado cuando escribo este artículo- se celebró el IV centenario de Bartolomé Esteban Murillo, uno de los grandes pintores de nuestro Siglo de Oro, y veo que sigue de moda cuando leo la noticia de que se han subastado dos cuadros suyos en una misma puja por primera vez en España, ‘La paciencia del Santo Job’ y ‘San Lorenzo’, con un precio de salida de 260.000 y 400.000 euros. No veo la noticia de en cuanto se han vendido, pero sin duda en mucho más. Ha sido una puja extraordinaria de Navidad organizada por la empresa sevillana Isbilya Subastas de Arte. Uno de los pocos precedentes de una subasta de dos cuadros de Murillo en un mismo espacio tuvo lugar el 6 de diciembre de 2007 en la casa Christie’s de Londres, cuando fueron adjudicados por más de 785.000 euros ‘La Natividad con la anunciación de los pastores detrás’ y ‘Sagrada familia con San Juan Bautista’.

Como veremos ahora, de Murillo están catalogadas quinientas obras y se sospecha que pintó más del doble, aún en paradero desconocido. El primero de los cuadros de Murillo que se han subastado ahora en Sevilla, de 83 por 155 centímetros, perteneció a la colección particular del marqués de Salamanca y forma parte de una colección de seis escenas del Antiguo Testamento. La otra pintura, ‘San Lorenzo’, otro óleo sobre lienzo, de 82 x 63 centímetros, cuenta con una inscripción en su reverso alusiva a la procedencia: «Madrid, Julio de 1906. De la colección del Marqués de Villarias».

(Vírgen del Rosario con el Niño (1650-1655), óleo sobre lienzo de Murillo, 164 x 110 cm, Museo del Prado)

Así que me ha parecido oportuno recoger ahora el magnífico artículo publicado en la Gaceta Cultural del Ateneo de Valladolid, en octubre de 2018, “Homenaje a Bartolomé Esteban Murillo en su IV centenario”, de Josemaría de Campos Setién, general de División interventor y catedrático. Me comentaba de Campos que este trabajo quería ser de algún modo la réplica a una conferencia pronunciada en la Real Academia de la Purísima Concepción ese mismo año por un catedrático sobre Murillo, en la que afirmó que su imagen de hombre bondadoso era falsa, era avariento, vivía pendiente de acumular dinero, y que el dictador repatrió la Virgen de los Venerables por ser el icono de su ideología racista. Veamos que escribió de Campos Setién en su artículo al respecto.

“Para entender a Murillo hay que tener presente el mundo en que vivió. Palacio Atard lo retrata en el título de un magistral trabajo: “Derrota, Agotamiento y Decadencia de España en el siglo XVII”.

En el Imperio en el que nunca se ponía el sol había empezado a oscurecer, La Paz de Westfalia (1648), la de los Pirineos (1659), y la independencia de Portugal (1668), son jalones de esa derrota, agotamiento y decadencia de España, enfatizados en el desgarrado soneto de Quevedo: “Miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes, ya desmoronados”… Pero, paradójicamente, como tantas veces se ha señalado, culturalmente es el Siglo de Oro, la época de mayor brillantez, con los autores y obras más sobresalientes, de las artes y las letras españolas.

Sevilla, emporio de riqueza, a comienzos del siglo XVII, empieza a declinar hasta caer en una profunda decadencia económica y urbana. La epidemia de peste de 1649, la mayor crisis epidémica que ha padecido Sevilla, supuso también una quiebra económica y de su población, en la que murieron al menos 60.000 personas lo que representa el 46 % de la población.

(Fernando III el Santo (1671), óleo sobre tela de Murillo, 108 x 88 cm, Catedral de Sevilla)

Este era el mundo de Bartolomé Esteban Murillo. Hijo de Gaspar Esteban y de su mujer María Pérez Murillo, su nombre de pila viene de su abuelo materno, Bartolomé Pérez, y su nombre artístico de su abuela materna, Elvira Murillo. Se conoce su partida de bautismo, en la sevillana parroquia de la Magdalena, el día primero del año 1618, pero no la fecha concreta de su nacimiento que, según costumbre de la época, sería inmediata.

Era el último de catorce hermanos. Apenas cumplidos nueve años pierde a sus padres, que ambos mueren en un plazo de seis meses, y pasa a vivir con su hermana mayor, Ana, casada con un cirujano barbero, Juan Agustín de Lagares, con los que convive hasta su matrimonio con Beatriz Cabrera, en 1645, fallecida el 31 de diciembre de 1663, permaneciendo Murillo viudo el resto de su vida. Tuvieron diez hijos, de los que únicamente cinco sobrevivieron a la madre, y poco después murieron dos. De los tres restantes, la pequeña, Francisca María, tomó el hábito de religiosa, Gabriel, en 1678, se fue a Tierra Firme (actual Colombia) y Gaspar, canónigo de la catedral, es el único que sobrevivió a su padre, a quien acompañó toda su vida. Hacia 1635 entra de aprendiz en el taller del pintor Juan del Castillo, casado con su prima María, una de las hijas del también pintor Andrés Pérez Murillo, cuya otra hija estaba casada con el pintor Francisco Terrón, y su tío Antón estaba casado con la hija del pintor Vasco Pereira Lusitano, pintor portugués afincado en Sevilla. Entramando familiar de pintores, cuya clientela era, predominantemente, de conventos y personas piadosas, y en sus encargos, eran habituales las imágenes de devoción y cuadros de altar, sobre todo de la Virgen María y de los santos.

Murillo completa sus composiciones sobre temas sagrados con elementos vulgares y de la vida diaria, mezcla la fuerza con la dulzura, añadiendo el estudio del natural, utilizó como modelos para sus lienzos a personas de su entorno, los niños de su barrio, hombres y mujeres del mercado de la Plaza del Pan, y tanto su esposa, como algunos de sus hijos y varios de sus amigos y vecinos, fueron modelos para algunas de sus obras, prestando su imagen a vírgenes, santos y otros personajes que respiran en sus lienzos.

Así, en las obras más tempranas que se conocen de Murillo, hacia 1638-1640, La Virgen entregando el rosario a Santo Domingo y La visión de San Lauterio, utiliza como modelos a su hermana mayor Ana y a pintores de su entorno, con composición y estilo de Juan del Castillo y secuelas de Juan de Roelas y de Zurbarán, en los rostros de los personajes y en los pliegues de su vestimenta, modelados de forma recia y quebrada.

Ya hemos citado su matrimonio en 1645. Recordamos esta fecha porque ella puede estar relacionada con el importante encargo de una serie de trece lienzos para el claustro chico del convento de San Francisco, en los que puede advertirse el gradual avance hacia su personal estilo, desde su temprano “San Francisco confortado por un ángel músico”, en el que, con intenso efecto de claroscuro, derivado de Ribera y Zurbarán, contrasta la penumbra de la escena con la luz en las dos personas, y en “San Diego de Alcalá dando de comer a los pobres”, expresivo conjunto, con autenticidad y gracia, de tipos populares sacados de la vida real, mujeres, pordioseros y cuatro expectantes niños en torno al buen olor de la milagrosa olla, a los más complejos, en composición y calidad técnica, de “La cocina de los ángeles”, cuadro muy popular por la acertada fusión entre lo material y lo sobrenatural, y en la “Muerte de Santa Clara”, lienzo final de la serie, advertimos expresivo avance en estilo, composición, y en el sentido de la belleza de Murillo, logrando dar al ambiente de la muerte de la santa una placidez y belleza, exenta de todo dramatismo, aunque aún sin esa delicadeza vaporosa de las obras más avanzadas del maestro.

Pintor de lo cotidiano, en su “Sagrada Familia del Pajarito”, de hacia 1650, expresa lo sobrenatural en lo cotidiano. Murillo exalta la ternura paternal de San José, que, con el Niño, ocupa el primer plano, tradicionalmente reservado a María. El perro, el jilguero, el cesto de costura complementan una escena hogareña habitual, en la que, sin ninguna referencia explícita, percibimos que se trata de la familia de Dios en la tierra.

A partir de la Reforma Católica impulsada por el Concilio de Trento (1545-1563), la Iglesia fomenta la iconografía como apoyo visual de las verdades de la fe, se incrementa la devoción a la Virgen María, en sus múltiples advocaciones, singularmente, en España, la del Rosario y la de la lnmaculada, y se demandan sus representaciones. Entre los catorce cuadros de las Vírgenes con el Niño, que realiza Murillo, destacan la Virgen del Rosario, del Museo del Prado, de alrededor de 1655, con apreciable naturalismo, rozándose madre e hijo sus mejillas, reflejando gran dulzura y ternura entre ambos, que mueve a íntima devoción, y, poco después, la ejecutada para el Carmen Calzado de Sevilla, hoy en el Palazzo Pitti, ya con la calidad de su estilo personal en plena sazón, la serenidad de la postura de la Virgen, del más puro y más líquido color, contrasta con el movimiento escorzado del Niño, y, en ambas representaciones, todo el conjunto se encuentra sobre un fondo neutro y oscuro que resalta el efecto de volumen de la obra, y la Virgen y el Niño miran al espectador, con atractivo magnetismo visual, estableciendo un enlace que nos incita a conversar con el cuadro, introduciéndonos en el misterio de amor y ternura, en un acto espiritual de intimidad y cercanía, expresado con santa hermosura. Murillo pintó veinte “Inmaculadas”, por supuesto siempre con túnica blanca y manto azul, como, la viera Beatriz de Silva y Meneses (Ceuta, 1424?-Toledo, 1492), fundadora de la Orden Concepcionista. […]

Es un tópico considerar a Murillo como el pintor por antonomasia del misterio de la Inmaculada Concepción, devoción, popularizada a principios del siglo XVII, de la que tenemos en Valladolid ejemplares de la convencional iconografía del primer tercio del siglo, pero de gran calidad e interés, de Francisco Martínez, en la iglesia museo de Arte Sacro de San Antolín, de Tordesillas y en el Museo Nacional de Escultura; dos, en este mismo Museo, de Juan de Roelas, y en la iglesia de Santiago el del fray Juan Sánchez Cotán, con las tradicionales flores simbólicas y letanías, y el tono encarnado-carmesí, para la túnica de la Virgen.

Ciertamente, Murillo, no es el creador, pero sí es el más espléndido de sus intérpretes; prescindió de los consabidos atributos marianos, dejando únicamente la luna bajo sus pies y el «vestido de sol”, dotándola de dinamismo, con la nota dominante de la belleza, la armonía formal y la gracia de sus imágenes, fijando, ahora sí definitivamente, su iconografía, destacando, la llamada Grande, (436 x 287 cm) para ser vista desde abajo, ubicada a la altura de 20 metros, en el arco triunfal de la iglesia de los franciscanos; en 1650, la del curioso Retrato de fray Juan de Quirós, de 1652, para la capilla de la Vera Cruz de la misma iglesia, por ser «un cuadro dentro del cuadro», las deliciosas de “El Escorial” y “La Niña” del coro bajo de los capuchinos, ambas con su hija pequeña Francisca María como modelo, y superándose, al fundir líricamente la pintura en melodía, en la bellísima de “los Venerables”, de 1678, con la mirada dirigida al cielo y un impulso ascensional, de contornos esfumados, lleno de matices, situada en un espacio celestial rebosante de luz, nubes y ángeles, encargada por Justino de Neve, que la donó a la iglesia del Hospital de la Hermandad de los Venerables Sacerdotes, por lo que así es conocida, aunque también es apellidada de Soult, porque este mariscal francés la robó, como otras mil obras, en su ocupación de Sevilla, en 1810, y sus herederos la vendieron en subasta, en 1852, siendo adquirida por el Museo del Louvre, pagando por ella 615.300 francos oro, la mayor cantidad que jamás se había pagado hasta entonces por un cuadro, y fue repatriada, junto con la Dama de Elche, seis coronas visigodas (entre ellas la de Recesvinto) del tesoro de Guarrazar y 51.000 documentos expoliados, en 1823, del Archivo de Simancas, por gestión del Generalísimo Franco con el presidente francés, Mariscal Petain, en 1941, a cambio de ceder España a Francia un tapiz de Goya (La riña), el retrato de Antonio de Covarrubias, de El Greco, y el retrato de Mariana de Austria, de Velázquez.

 

(Parcial de la «Inmaculada Concepción de los Venerables», hacia 1678, óleo sobre lienzo de Murillo, 274x 190 cm, en el Museo del Prado)

En 1655, el Cabildo de la Catedral le encarga su ornamentación, comenzando por las imágenes de los patronos de Sevilla, “San Leandro”, con expresión enérgica, como luchador contra la herejía arriana, y la de su hermano menor “San Isidoro”, de actitud serena y concentrada, como intelectual, autor de las “Etimologías” primer Diccionario que se hizo en Europa. En la capilla bautismal, es impresionante “La visión de San Antonio”, la de mayores dimensiones (560 x 369 cm) y una de las más admirables de Murillo, por reflejar ya su sentido de lo espacial, configurada en una diagonal que desciende de izquierda a derecha y muestra al Niño, que, ingrávido, se desplaza hacia San Antonio, a través de un espectacular rompimiento de gloria, logrando una sensacional perspectiva aérea, con juego de luces y penumbra, que unifica la escena. Un coro angélico, con los más variados escorzos, completa la excelente calidad de la composición, que supone la plena madurez del estilo de Murillo. Para coronarlo, hizo “El bautismo de Cristo”, al objeto de acentuar la condición del carácter bautismal de la capilla, presidir el armonioso conjunto de ritmo oval, de la cúpula de la sala Capitular, pintó una majestuosa “Inmaculada” (200 x 150 cm) con “ocho tondos de otros tantos santos sevillanos” (de 64 cm) y, en la sacristía, un “San Fernando” de fecha cercana a su canonización, en 1671, de medio cuerpo, a tamaño natural, con emotiva expresión de santidad. Otro San Fernando, también de Murillo, se conserva en el Museo del Prado, representado arrodillado y en oración.

En 1660, convertido en el primer pintor de la ciudad, funda, con Francisco Herrera el Mozo, una academia de pintura para que los artistas locales se ejercitaran y perfeccionaran en el dibujo y en el tratamiento del color. Entre 1663 y 1665 pinta cuatro admirables cuadros para la iglesia de Santa María la Blanca, antigua sinagoga transformada en iglesia, por la magnificencia de Justino de Neve, en el clima de fervor mariano, religioso y festivo, fruto del breve concepcionista del papa Alejandro VII, considerado como un gran éxito de la diplomacia de Felipe IV en Roma, recibido en España, y particularmente en Sevilla, con indescriptible alegría y festejos.

El programa iconográfico exaltaba las glorias de María, con dos parejas de lunetas, “El sueño del patricio Juan y su esposa” y “Ante el papa Liberio”, y “El triunfo de la Eucaristía y La Inmaculada Concepción ante el pueblo sevillano”. […]

Los cuatro cuadros fueron usurpados por la codicia del mariscal Soult, y recuperados los referidos a Santa María la Mayor, lucen hoy en el Museo del Prado.

En los años siguientes realiza los magníficos lienzos para la iglesia del convento de los capuchinos, uno de los ciclos más ambiciosos encargados a Murillo tanto por el numero de obras que lo componen como por la excepcional calidad de las mismas. El retablo nayor lo presidía “El jubileo de la Porciúncula”, de amplias dimensiones (430 x 295cm) que narra el momento en que Cristo y la Virgen, rodeados de un coro de ángeles, se aparecen al santo, el 2 de agosto de 1216, en el altar de la pequeña capilla, incluida hoy en la basílica de Santa María de los Ángeles, de Asís, concediendo el jubileo, con indulgencia plenaria, a quien visitara esta emblcmática capilla de los franciscanos.

El retablo mayor, lo completaban seis pinturas también de gran calidad, con San José con el Niño, San Juan Bautista, las santas Justa y Rufina, San Leandro, San Buenaventura, y la popularísima “Virgen de la servilleta”, de intenso magnetismo visual, que invita al espectador a la conversación; en ambos lados del ático del retablo, San Antonio con el Niño Jesús y San Félix Cantalicio con el Niño, y, sobre las puertas de comunicación de iglesia y convento, el Arcángel San Miguel y el Ángel de la guarda. Para otras capillas de la iglesia pintó las obras maestras de La Anunciación, La Piedad, La Adoración de los pastores, Santo Tomás de Villanueva, La Inmaculada con el Padre Eterno, la Inmaculada del coro, y los emotivos San Antonio con el Niño, San Félix Cantalicio con el Niño en brazos, y el San Francisco abrazándose con Cristo en la Cruz; con intimidad exenta de todo dramatismo.

Entre 1667 y 1670 hace, por encargo de Miguel de Mañara», un ciclo de Obras de Misericordia, expresivas del mensaje caritativo del Hospital de la Santa Hermandad de la Caridad.

Como advierte Valdivieso, Murillo nunca hizo sus obras para “decorar”, sino para transmitir mensajes , superándose en el programa iconográfico de estas “Obras de Misericordia”, representando paisajes bíblicos con paráfrasis pictórica, plenas de sentido catequístico y de belleza que nos hacen comprender, de manera visual y a través del arte lo que los Hermanos de la Santa Caridad querían transmitir al mundo, difundiendo su mensaje gracias a la empatía, gracia, afectividad espiritual y fascinación de sus imágenes. […]

Según el “Discurso de la verdad”, de Miguel de Mañara, otras dos obras de amor al prójimo obligaban a los miembros de la Hermandad: recoger a los enfermos desvalidos y su curación y alimentación. Mañara en cargó a Murillo que las representara, y Murillo realizó la conmovedora obra “San Juan de Dios” llevando a un enfermo desamparado al hospital, en la que un ángel aparece milagrosamente para ayudar al santo cuando éste va a caerse, desfallecido, al llevar a cuestas a un enfermo al hospital, y el grandioso lienzo de Santa Isabel de Hungría curando a los tiñosos, magnífica creación espacial, compendio de valores y calidades, de composición, de finura de color, en una escena que establece con el espectador una relación directa y elocuente no solamente con la acción central de la caritativa de la santa, sino también con una amplia gama de expresivas figuras con atractiva comunicación gestual y señaladamente con una figura, no central de la composición que se dirige a nosotros con elocuente gesto y movimiento, y nos fuerza a sentirnos presentes en la escena. El mariscal Soult requisó la obra y la regaló al Museo Napoleón de París. En 1815, tras la nueva situación política de Francia y la restau ración de la monarquía en dicho país, el cuadro fue devuelto a España, pues al «buen gusto» francés repelía el realismo del desagradable tema. Tras la vuelta a España, el lienzo quedó depositado en la Ral Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde permaneció hasta 1901 en que fue trasladado a Museo del Prado y en 1939 el lienzo fue restituido al lugar para el que fue realizado.

(Parcial de «Niños comiendo uvas y melón», 1650-1655, óleo sobre lienzo de Murillo, 145x103cm, en Alte Pinakotehek de Munich)

Una de las últimas obras de Murillo es el “Martirio de San Andrés”. El cuadro es capital, por mostrar las figuras muy difuminadas y de gran riqueza cromática, envueltas en la murillesca atmósfera espacial, vaporosa. Pero esta suavidad en el tratamiento de la materia pictórica no resta contundencia en las formas, y no le impide transmitir una gran carga expresiva a una de una de las pocas escenas de contenido dramático que realizó. Pero Murillo no se limita a ser el egregio pintor de cuadros de devoción. Muestra su habilidad en la creación de paisajes, ambientando las expresivas escenas de la Historia de Jacob, (1645-1670), rigurosamente fiel al Libro del Génesis. […]

No obstante demostrada sus espléndidas dotes para fundir la elocuencia de la narración de la escena con la belleza de hermosos y dilatados panoramas campestres, dotados de un sentido atmosférico espacial y cromático, en los que la luz y la variedad de tonos de color cobran el protagonismo, estas obras de Murillo, singularmente valiosas al no apreciarse pintores sevillanos de su tiempo que trataran la temática paisajista, permanecen prácticamente desconocidas.

Tampoco es muy conocida su labor como autor de retratos, fuera de sus dos difundidos “Autorretratos”, que nos muestran cómo se vió Murillo. El primero hacia 1648 es un retrato de juventud, de gentil y vital aspecto, ante un marco de piedra, y, en el segundo, hacia 1670, obra de madurez, aparece dentro de un marco con forma ovalada y molduras, apoyando en él una mano para reforzar el efecto naturalista del trampantojo al dar la sensación que la figura «salte del marco», y acompañado por los instrumentos propios del arte del pintor, demostración de la posición social alcanzada con su arte. Comparados, evidencian el paso de los años, tanto en los efectos en el rostro como por la técnica empleada en el proceso creativo, y en ambos puede comprobarse que Murillo fue una persona dotada de una aguzada sensibilidad y profundidad intelectual, que le permitió traducir en pintura, con delicadeza y penetración, el sentimiento religioso y el ámbito social de su medio y de su tiempo.

De sus excelentes quince retratos dcstacan, por la variedad de sus composiciones y el relieve de los retratados, el del su amigo y mecenas el canónigo, Justino de Neve, el de Nicolás Omazur; el de Josúa Van Belle, el del canónigo Miranda, el de Andrés de Andrade y la Cal, y el del cazador Antonio Hurtado de Salcedo, con el ojeador, sus tres perros y piezas conseguidas en la jornada cinegética, uno de los más espectaculares retratos de la pintura hispánica.

(Niño espulgándose, 1645-1650, óleo sobre lienzo de Murillo, 137×115 cm, en el Museo de Louvre)

En su amplia producción, Murillo, entre 1645 1680, además de las fervorosas y encantadoras obras de la infancia de Jesús y de San Juanito, realiza una pintura de niños, sin precedentes en nuestra historia.

Sus protagonistas, sacados de la vida real, del abatido ambiente social sevillano de su tiempo, son pobres, pero no «pícaros», juegan, viven su vida al día, alegres y, en definitiva, la pobreza es una bienaventuranza cristiana (Lc 6, 20). Aquí radica el mensaje cristiano de Murillo, arraigado en la expresión de San Pablo a los Corintios (I Cor 1,28) “Al pequeno y al marginado, a los que a los ojos del mundo no son nada, los escogió Dios para anular a los que se creen que son algo”. Son los predilectos del Señor (Mt 18,4-5), razón íntima de Murillo para su pintura.

Son una veintena de niños en las más variadas tesituras, con una sensibilidad que se hace sustancia al plasmar, con ternura, naturalismo y gran realismo, la psicología infantil, muestra de la genialidad de Murillo a la hora de pintar los más tiernos sentimientos humanos. […]

Murillo permaneció trabajando toda su vida en Sevilla, salvo un breve viaje a Madrid. Están catalogadas quinientas obras suyas y se sospecha que pintó más del doble, aún en paradero desconocido.

El 3 de abril de 1682 murió, como diría Lorca, “de su propia muerte”, pintando. Falleció como consecuencia de caerse del andamio donde estaba pintando el gran lienzo de “Los desposorios de Santa Catalina”, para el retablo mayo de la iglesia de de Santa Catalina de los capuchins de Cadiz. […]

Murillo supo, en definitiva, cumplir a la letra, lo que el Sumo Pontífice Juan Pablo II, manifestara en su Carta a los artistas, el 4 de abril de 1999:

“Quien percibe en sí mismo esta especie de destello divino que es la vocación artística -de poeta, escritor, pintor, escultor, arquitecto, músico, actor, etc.- advierte al mismo tiempo la obligación de no malgastar ese talento, sino de desarrollarlo para ponerlo al servicio del projimo y de toda la humanidad.

Precisamente porque obedecen a su inspiración en la realización de obras verdaderamente válidas y bellas, no sólo enriquecen el patrimonio cultural de cada nación y de toda la humanidad, sino que prestan un servicio social cualificado en beneficio del bien común.”

Todo esto se hace real y vivo en los lienzos de Murillo. Sus dotes naturales de inteligencia, sosiego y bondad, unidas a una eminente sensibilidad artística, le permitieron ser sublime intérprete de los sentimientos religiosos y sociales de su tiempo, y mensajero de sencillez, paz, armonía, serenidad, ternura y belleza para el nuestro.»

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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