Por Javier Pardo de Santayana

(Viñeta de El Roto en El País el pasado día 6)
Estamos inmersos en cosas tan interesantes como el Brexit o el futuro de una España en manos de quien está, con un terrorismo que se jacta de sus crímenes y hasta con una amenaza climática, cuando, de pronto y sin mediar aviso, todo, absolutamente todo, presenta una importancia secundaria. El causante de tamaño desarreglo es un virus que, para mayor contraste, procede por lo visto de un punto ignorado del planeta: un curioso mercado alimenticio en el que animales exóticos son puestos a la venta para el consumo humano.
En este caso la culpa se adjudica a un extraño animal que lo recibió seguramente de un murciélago. Se trata de una especie de armadillo – el pangolín – desconocido por la mayoría de la gente, lo cual añade un cierto halo de misterio por su contraste con el carácter casi universal del acontecimiento.
El caso es que los efectos producidos por el virus pueden considerarse imprevisibles, y mira que existen fundaciones que pretenden prevenir las situaciones de desgracia. Miles de mentes privilegiadas y de ordenadores de última generación se desgañitan cada día en detectar los focos de conflictividad posible, mas de poco han valido en esta situación concreta.
Todo llegó por sorpresa y sin embargo el resultado alcanzaría en pocas horas los confines del mundo. Su influencia repercutiría en casi todo. Señalaré tan sólo una pequeña lista: la salud, la economía, los mercados, la política, los campeonatos deportivos, el turismo mundial, las relaciones entre las potencias, y los congresos internacionales por no citar el futuro de miles y miles de bazares que salpican nuestra geografía. Puede decirse que no hay lugar ni aspecto humano que no se vea afectado por la crisis. Aquí sí que podría decirse “pequeñas causas, grandes efectos” en su acepción más cruda. O sentir una impresión extraña de que cualquier cosa es ya posible.
Así que, como se puede comprobar, el coronavirus es una fuente sin límite de asombros. Ahí tienen ustedes ese hospital de mil camas levantado en diez días con el que la República China hizo una ostentación de voluntad y poderío: un casi imposible. O al contemplar grandes ciudades de millones de habitantes casi vacías, con edificios cuyos ascensores se bloquean para evitar que sean utilizados, y legiones de enfermeros con el rostro cubierto por mascarillas blancas. Escenarios transformados por el miedo que nos sugieren la pregunta de cómo una cosa tan pequeña pueda causar un efecto tan enorme como para poner en peligro la celebración de un acontecimiento representativo del avance de ls vanguardia tecnológica o algo que nadie, salvo los mozos de Hong Kong, pusieron antes: la solidez del gobierno comunista, al que hoy ya se reprocha justamente el castigo que impuso al solitario doctor que fue el primero en alertar al país de este problema.
En todo caso lo que está sucediendo hoy en el mundo evoca una realidad preocupante: que si bien los coronavirus – que ésta parece ser la variedad concreta – son en gran parte escasamente peligrosos, en este caso están mostrando su capacidad de contagiarnos con una enorme rapidez, tal como viene a decirnos el hecho de que para librarse de él debe permanecerse a una distancia del vecino que supere los dos metros.
A las alturas en que me ocupo de este articulo la enfermedad ya ha superado las fronteras chinas y está presente en nada menos que 26 países, así que, la ONU según creo, la ha bautizado con un nombre – COVID 19 – que ha difundido sin explicarlo que yo sepa; detalle que tampoco deja de asombrarme.
Así que ya puesto me permito agregar también mi asombro por el hecho de que toda la tecnología que hoy existe – ayer mismo lanzaron en Cabo Cañaveral un artefacto dirigido al sol en el que se refrescarán los sensores de forma que sólo perciban unos treinta grados y se puedan contemplar los polos de nuestro satélite – parece insuficiente para desatrancar el panorama extremo y paralizador que estamos contemplando: el de una población inmensa que es vencida por un diminuto viajero microscópico, y el de todo un planeta acongojado en espera de una vacuna que, según parece, aún necesita un par de meses para utilizarla.