Por José María Arévalo
(Parcial de la acuarela de Lola Catalá en lolacatalá.com)
“Los menores, ese oscuro objeto de deseo I: Los juguetes y los cuentos culpables” es el título el capítulo 20 del libro “Cuando nos prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres. Para entender como nos afecta la ideología de género”, editado en 2016 por la digital Titivillus, que estamos reseñando en esta serie. Del mismo es autora Alicia V. Rubio – titulada en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca y profesora de educación física en un centro público de Madrid durante veinticinco años.
“Ya se ha narrado como, desde Engels, la familia es enfocada con un planteamiento de lucha de clases donde las mujeres son la clase oprimida y los hombres la opresora, por lo que desde el origen estuvo en el punto de mira como objetivo a destruir. Afirman que la familia como concepto biológico pone a la mujer al servicio del hombre, le ata a la prole, le impide realizarse social y laboralmente. Nada se habla del amor y el afecto, ni de un proyecto común, y la realización personal se concibe como una preparación intelectual y una actividad laboral.
La destrucción de la célula sociobiológica humana básica, no sólo se supone que libera a la mujer de la opresión patriarcal, objetivo hace tiempo perdido de vista en el nuevo feminismo, sino que deja desprotegidos a los hijos, listos para ser ideologizados en este nuevo tipo de sociedad fruto de una ingeniería social donde no hay personas sino clases y donde no hay más realización personal que la elegida por la ideología de género para nosotros.
El concepto de familia es sexista porque es biológico. Y naturalmente los papeles que se realizan en la crianza de los niños son, en esencia, los que la biología nos ha asignado. En su incansable lucha por erradicar los comportamientos naturales, esos que los ideólogos del género llamarían sexistas aparece, como elemento distorsionador por excelencia, la familia: la familia tradicional o «heterosexual» según su manipulación idiomática. La familia biológica y natural, la familia ecológica capaz de procrear sin medios y sin ayudas artificiales, y en la que los roles difícilmente pueden ser construcciones sociales cuando la fuerza biológica desencadena todos los mecanismos de protección de la prole en hembras y machos según sus respectivos códigos filogenéticos de conducta.
El organigrama biológico normalmente crea asociaciones más o menos estables, en la inmensa mayoría de las especies, con un grupo de seres unidos por compartir códigos genéticos y, en especies superiores, añade lazos de afecto y solidaridad. El origen y objetivo primordial y biológico de esas asociaciones es la procreación como forma de supervivencia de la especie, de modo que se consiga en esa unión sexual y procreadora, que en el caso humano añade el amor, un entorno lo más adecuado posible a la descendencia, su mejor desarrollo y su supervivencia. Las funciones biológicas de los seres sexuados hembra y macho son evidentes, ya se han explicado y la naturaleza los dota de las características necesarias para llevarlas a cabo. En el caso humano, además del desarrollo físico, es más que razonable que la naturaleza haya ido perfilando también un ambiente óptimo para el desarrollo intelectual, anímico y psicológico. La estabilidad en todos los ámbitos parece favorecer determinados aspectos de nuestra personalidad. La seguridad conforma temperamentos más seguros, confiados, estables, en tanto las carencias y las inseguridades en las necesidades básicas hacen que seamos más inseguros, egoístas y desconfiados, aunque también generan otro tipo de reacciones más positivas como la capacidad de iniciativa, el valor, el ingenio, la audacia… Puesto que el ambiente exterior crea suficientes situaciones de inseguridad como para que todos los seres humanos desarrollen ciertas capacidades, esa seguridad necesaria ha de provenir en edades tempranas del grupo más cercano y, posteriormente, del grupo extenso. La familia estable aparece como la mejor salvaguarda del menor en todos los aspectos. En la familia estable el menor encuentra alimento, cobijo, afecto, educación, referentes, apoyo. Y no sólo a nivel físico, sino psicológico. Puesto que somos un animal tremendamente complicado y la evolución biológica que ha permitido llegar a modelos elaborados de protección de la prole y de mejora física del ser humano reserva a los seres más preparados y adaptados, es lógico pensar que haya establecido un organigrama óptimo también para su desarrollo psíquico, anímico y emotivo. Las diferentes características neurofisiológicas de varones y hembras que se expresan en comportamientos, capacidades y habilidades diferentes, también han ido pergeñándose como las más beneficiosas para la educación de la prole. La evolución de la especie va dejando, a través de la supervivencia de los más aptos, a los más adaptados en todos los aspectos. Y en el plano psico-emotivo, la estabilidad y su óptima formación son parte de ese éxito que garantiza la transmisión a la descendencia. Y para eso se han de generar ambientes favorables.
El hecho de que no siempre la conformación de la familia ecológica sea la más adecuada, no puede llevar a la conclusión de que otras formas de asociación para dar cobijo y atención a la prole son mejores. Sólo son sustitutos del modelo original, con mejor o peor resultado y por razones muy diversas, necesarios a veces como mal menor por ausencia del modelo mejor diseñado: la familia ecológica con sus referentes masculino y femenino con funciones biológicas que van más allá de procrear y solventar las necesidades puramente físicas de las crías. Esta afirmación choca frontalmente con la ideología de género, que niega las diferencias neurológicas y conductuales entre hombres y mujeres y las achaca a la educación.
Por su organigrama biológico, por su demostración continua de las diferencias entre hombres y mujeres, por su función de procreación y de «creación» de mujeres-madres y por su protección y salvaguarda de los menores, la familia ecológica está recibiendo todo tipo de ataques. Y aunque la renuncia a la familia estable y biológica parezca ser un canto a la libertad individual, a no tener lazos, a ser un ente autónomo y sin ascendientes ni descendientes, lo cierto es que si se ve el dibujo de la nueva ingeniería social, esa hidra del género que busca una sociedad nueva con desvinculación de amor, sexo y procreación, la cosa adquiere todo su sentido. A la mujer se le ha vendido que la maternidad es un lastre, se le transmite desde todos los organismos públicos, educativos y medios de comunicación la idea de que el hombre es malo y maltratador, que se va a realizar más como mujer y persona lejos de los hombres o sin compromiso con ellos, y se le invita al lesbianismo como forma óptima de amor y sexo. La mujer adoctrinada por la ideología de género huye de la familia ecológica y el compromiso y busca su felicidad al margen de su propia biología. Es posible que algunas la encuentren, pero es seguro que no serán todas porque las elecciones personales, cuanto más informadas, menos ideologizadas y más libres sean, más posibilidades tienen de ser acertadas. Y la ideología de género necesita de demasiadas mentiras para ser aceptada.
La situación a la que se aboca al hombre heterosexual con la LIVG ya se ha visto: hombres perseguidos por su masculinidad, invitados a diluirla en una feminidad impuesta. Hombres que huyen de las mujeres porque se han visto víctimas de sus mentiras, que han arruinado su estabilidad económica y les han quitado parcial o totalmente a sus hijos. Hombres que se ven permanentemente cuestionados en su ser ontológico y mermados sus derechos humanos por ser lo que son. Hombres que se prometen a sí mismos utilizar a las mujeres y no amarlas y que transmiten a sus hijos toda esta experiencia y prevenciones sobre el compromiso estable. Hombres que renuncian a la crianza de los hijos. Hombres que incluso se esterilizan para no ser víctimas de nuevo de lo que consideran una trampa biológica. Porque la maternidad y la paternidad ha sido convertida por la ideología de género en una trampa biológica y la familia en la jaula donde esa trampa nos encierra. Ante este panorama… ¿quién va a querer formar una familia?
El objetivo es que haya pocos niños y que los que haya, queden a merced de la ideología de género, ese poder paraestatal que cada vez más los educa para ser carne de cañón del negocio del género mediante varias estrategias. Niños para cubrir aspiraciones, deseos y neoderechos de los adultos. Niños que se compran, se venden y se matan, se fabrican de diversas formas, desligada ya definitivamente la procreación del sexo y del amor y por ello de la familia ecológica, y se utilizan para sacar dinero porque, al fondo de todo este entramado, están los menores: unos menores a los que se dice proteger, que nunca han tenido más derechos y sin embargo nunca en los últimos cien años han estado tan cosificados, utilizados y desprotegidos.
Volvemos al neolenguaje en el que toda acción que lleve en su nombre o articulado «la protección de los niños» va a ser indefectiblemente para quitarles esa protección. La familia protege a los menores. Los padres, por norma general, desean el bien de sus hijos, los quieren, los conocen mejor que nadie y van a tratar, mejor que cualquier estructura sin rostro, de darles lo que consideran «lo mejor», que puede o no coincidir con lo que piensen otros, pero sí coincide con lo que a ellos les ha hecho felices y ha dado sentido a sus vidas.
El divorcio fue el primer torpedo en la línea de flotación de la familia ecológica. Al margen de la necesidad de que determinados fracasos de la convivencia finalicen de forma legal y equilibrada, el divorcio se ha promocionado a sabiendas de que la familia biológica era el medio ambiente más adecuado para el menor. Nada se ha hecho para evitar rupturas y todo para facilitarlas pese al reconocimiento en todos los estudios, análisis, decálogos de derechos y legislaciones que la familia natural y estable es el entorno más beneficioso para los menores y al que tienen, ahora sí, un derecho inalienable permanentemente vulnerado.
Si realmente se tuviera en cuenta el bien superior del menor y sus derechos fundamentales, se hubieran establecido servicios de mediación familiar que, en los lugares donde funciona, han conseguido reducir las rupturas hasta en un 40%. Salvar a un porcentaje importante de menores de la desestructuración familiar por divorcio debía ser objetivo prioritario de las políticas sociales que afirman mirar por el menor y protegerlo. Curiosamente no lo es, ni se lo plantean pese a que la desestructuración familiar se ha demostrado como un factor determinante en delincuencia, mucho más determinante que la situación social o la pobreza. En las estadísticas de delincuencia juvenil, el 44% de los jóvenes delincuentes provienen de padres sin vínculos de ningún tipo y un 33% de familias divorciadas. Casi la totalidad de ellos con la figura paterna ausente. […]
Las estadísticas del NFI (National Fatherhood Initiative) reflejan que la carencia de un padre es el origen de muy diversos problemas sociales y vitales que van de la pobreza al fracaso escolar, del embarazo adolescente a la delincuencia. Incluso señalan que se propicia el abuso infantil y la violencia doméstica.
Diversos estudios demuestran que los niños que han crecido disfrutando de la figura de un padre involucrado en su educación y con presencia en el plano emocional presentan mayor capacidad de socialización y menos comportamientos conflictivos y agresivos, mayor autocontrol, son más sociables, tienen mayor autoestima y empatía. En el plano intelectual tienen más capacidad lingüística y cognitiva, un mayor cociente intelectual y sacan mejores notas. Posteriormente presentan más estabilidad en las relaciones. Por el contrario, los niños que han crecido sin la figura paterna tienen más tendencia a la falta de control personal y social, y dificultades para asumir responsabilidades familiares reproduciendo, en el caso de los varones, el comportamiento de abandono de sus hijos que han experimentado en su infancia. […]
Tras los desórdenes con saqueos, violencia e incendios que vivió Londres en 2011, con cinco personas muertas y numerosos heridos, en los que participaron miles de jóvenes y se detuvo a 3.100 de ellos, se descubrió que la mayoría eran varones jóvenes que habían crecido sin figura paterna o con desapego emocional hacia ella. Las palabras de D. Cameron tras los sucesos son muy elocuentes respecto a la localización de la causa del problema: Si queremos tener la esperanza de arreglar nuestra sociedad rota, tenemos que empezar por la familia y por los padres. En ausencia del padre los niños tienen más posibilidad de vivir en pobreza, abandonar la escuela y acabar en prisión. No podemos ignorar esto. Habría que preguntarse si la sociedad, y sobre todo sus representantes políticos, quieren arreglar la sociedad rota de la que habla Cameron o si quieren ignorar lo evidente. […]
Desde hace tiempo y desde muy diferentes ámbitos se presenta la figura legal de responsabilidad compartida frente al menor como la mejor solución al conflicto familiar que supone un divorcio. El Tribunal Supremo, en una sentencia de mayo de 2013, consideró que la custodia compartida era la mejor opción para el menor, salvo casos excepcionales (maltrato) y siempre particularizando los casos: La continuidad del cumplimiento de los deberes de los padres hacia sus hijos con el consiguiente mantenimiento de la potestad conjunta, resulta sin duda la mejor solución para el menor.
Si todo está tan claro no debería haber problema. Sin embargo, sí lo hay a raíz de la existencia y aplicación de la LIVG y su proceso de destrucción de la legalidad que origina como consecuencia nuevas injusticias en una serie de efectos secundarios tan nefastos como evitables si la ley desaparece. Una de ellas es la injusticia para el menor, que la hace especialmente odiosa para las personas que buscan una sociedad mejor, más igualitaria, más justa y más protectora de los menores. Veamos su perverso mecanismo en este ámbito que, como en todos los demás, parece estar diseñado para conseguir lo contrario de lo que se dice pretender.
Pese a que la Ley Integral de Violencia de Género propicia la denuncia falsa o instrumental por las ventajas que proporciona en el proceso de divorcio, nada se hace al respecto, salvo negar la evidencia. El hecho es que hasta que no se demuestre lo contrario, el inocente es maltratador por obra de la palabra de la mujer, y la puesta en marcha de una orden de alejamiento dificulta el contacto con los hijos y facilita que se le niegue la custodia compartida posteriormente. Cuando se logra demostrar la falsedad de la acusación de maltrato, las carencias afectivas ya se han materializado.
Y empieza el calvario de intentar revocar la custodia uniparental o privativa. Y aunque muy lentamente empieza a aceptarse la custodia compartida por resultar manifiestamente el bien superior del menor, lo cierto es que los colectivos feministas se niegan a su generalización pese a que, en principio, va contra sus reivindicaciones tradicionales de igualdad. Efectivamente, estamos ante otra incoherencia de un pensamiento profunda y esencialmente incoherente, porque entre lo que dice defender y lo que busca en realidad no hay el menor parecido.
La reivindicación pendiente del feminismo ético, que el varón reconquiste la paternidad, que disfrute de la crianza, que se libere emotivamente, que se involucre en ese cuidado de los niños, tanto en el plano emocional como en los cuidados prácticos, se ve truncada por un inesperado derecho de posesión de la madre sobre los hijos. Todas esas obligaciones emotivas pasan a convertirse en una única obligación: la económica. Resulta que el padre que solo traía dinero al hogar, culpable de desapego, que no cría a los hijos, que no cuida en la enfermedad, que no mima, ni besa, ni se involucra en sus preocupaciones y que los ve de vez en cuando, es el padre que el nuevo feminismo quiere y exige.
El movimiento feminista más beligerante tenía como reivindicación tradicional que los hombres no se evadieran de las tareas típicas femeninas, como puede ser el cuidado de los niños. Esto se exigía entre otras cosas para que la mujer pudiera, al ser ayudada en esas funciones, acceder y mantener una carrera laboral sin la atadura de los niños en tanto estos son cuantificados como una «carga a compartir» y la causa de que las mujeres estén relegadas al hogar. De repente, con el divorcio, desaparece la necesidad de que la mujer deba ser ayudada y pueda acceder a una carrera laboral: se exige que los hijos, la tristemente llamada «carga familiar», queden a su cargo a tiempo completo.
Y el hombre moderno que, según exigencias feministas, se ha implicado en esa crianza de forma activa y emotiva y en el cuidado práctico de esos hijos en la gran mayoría de las familias, los ve desparecer de su vida por una denuncia de maltrato que posteriormente se demuestra sin fundamento. Incluso se encuentra con otra vulneración más de sus derechos al presuponerse por parte de algunos jueces que «van a estar mejor con la madre», lo que implica una discriminación sexista contra el varón actual, «incapaz por sexo» de cuidar y velar por sus hijos, al igual que antes se discriminaba a la mujer como «incapaz por sexo» de trabajos diversos fuera del hogar.
La lucha del lobby feminista contra esa custodia compartida se realiza con toda la artillería, llegando a cuantificarla como una «violencia de género contra la mujer» en conferencias y documentos. El razonamiento sigue el desarrollo de la mentira inicial: es maltratador todo acusado porque se niega la existencia de las denuncias falsas. De esa forma la custodia compartida es el origen de los nuevos maltratos del patriarcado: «quitarle» los hijos a la mujer y poner a los menores en manos de maltratadores. Lo conciben como un maltrato posterior al maltrato denunciado, hablando de «quitar hijos» cuando simplemente se mira por el bienestar de estos. Reclamar el ser padre es una violencia de género. A. Fernández Doyague, presidenta de la Asociación de Mujeres Juristas Themis, filial del PSOE, se ha lanzado a la palestra comunicativa con la conferencia «Custodia compartida impuesta, otra forma de violencia hacia las mujeres». Incluso en algún texto se ha insinuado que el verdadero móvil de los hombres con tanto interés por la custodia de sus hijos menores de edad sería por presuntos deseos pedofílicos. La miseria e indignidad de semejante insinuación parece que se ha percibido incluso por los propios colectivos que propalaban tal infundio. Resulta excesivo, pero todo vale porque el fin justifica los medios para el negocio del género. […]
El Síndrome de Alienación Parental (SAP) es considerado por numerosos investigadores y psicólogos como una alteración cognitiva, conductual y emocional, en la que el niño desprecia y critica a uno de sus progenitores. Esta conducta y actitud de rechazo y minusvaloración, es injustificada o responde a una clara exageración de supuestos defectos del progenitor rechazado. Para hablar de la existencia de este síndrome debe descartarse por completo que se haya producido cualquier forma de maltrato o negligencia en los cuidados del niño, de forma que las críticas del progenitor alienador no tengan fundamento. Como todo avance científico y profesional, está sujeto a continua revisión, pero no puede ser negado a priori cuando existe literatura científica y actividad profesional que reconoce su existencia y lo describe. Sin embargo, como sucede con otros conjuntos de síntomas que cuestionan intereses de la ideología de género, como sería el caso del Síndrome Post Aborto (SPA), no son admitidos por los organismos de prestigio internacional que ya mencionamos y que llegaron a considerar la pederastia como una orientación sexual eliminándola de trastornos y desórdenes para desdecirse posteriormente ante la indignación popular.
Esta alteración de los sentimientos del menor para ponerlo en contra del otro progenitor en una batalla a la que debería ser ajeno, supone muchos perjuicios para el niño en carencias afectivas, pérdida de autoestima al cuestionarse el afecto e incluso, complejos de culpabilidad por no saber hasta qué punto es causante de desapego del progenitor «desaparecido», así como sentimientos de odio y resentimiento. […]
Al margen de la gran cantidad de conflictos éticos y bioéticos que se provocan, que van desde el abandono de miles de embriones humanos, la cosificación del menor como bien de consumo y la utilización de la mujer, la evolución técnica ya ha dado un paso más y se envía semen crionizado para que la mujer pueda iniciar un estado de gestación sin pareja masculina y desde su casa. Lo próximo serán úteros artificiales para sustituir la labor femenina. Algo semejante aparecía en algunas novelas de ciencia ficción dónde la creación de vida, al margen de las personas individuales y las figuras de padre y madre, pertenecía a un ente supraestatal omnipotente, quien creaba seres humanos de forma industrial en úteros artificiales. Si bien aún estamos lejos de los avances tecnológicos en la disgregación de sexo, amor y procreación que aparecían en esas distopías, de lo que no estamos lejos es de los valores éticos y morales de las sociedades que reflejaban. En esas sociedades deshumanizadas, también la muerte estaba en manos de un supraestado que decidía el momento final de esos seres despojados de familia, afectos profundos, lealtades personales y dignidad humana.
Entre toda esta maraña de derechos e intereses se olvida el derecho del menor a saber su procedencia, a contar en su formación con referentes de ambos sexos, a disfrutar del afecto y la educación por parte de ambos progenitores. El derecho a que le sea preservado, garantizado o creado un contexto que le facilite la estabilidad psicológica y los beneficios de un entorno lo más biológicamente natural posible y a no ser convertido en moneda de cambio, objeto de deseo o mercancía con código de garantía. Sin embargo, todos los neoderechos se anteponen a ese derecho a una familia natural, a un padre y una madre, que debería ser simplemente lo que siempre ha sido: un hecho. Y el resto de los entornos familiares, una forma de suplir, lo mejor posible, la ausencia de este, nunca de sustituirlo o de destruirlo.
Con todas estas situaciones de crisis, entornos complicados, manipulaciones, ausencias de referentes, egoísmos personales de los adultos, neoderechos en los que la posesión de un niño es un derecho a ejercer… colocamos a los menores en un banco de pruebas de máxima tensión como se haría con un arco de madera. Muchos lo soportan, otros se astillan, algunos se quiebran. El bienestar superior del menor queda enterrado bajo miles de ambiciones de colectivos y de intereses individuales. Parece evidente como afirma María Lacalle, que la consigna de la ideología de género es abolir la familia, porque ahí se vive la masculinidad y la feminidad, la paternidad y la maternidad, porque se busca dejar a los menores (y a los hombres y mujeres adultos) desprotegidos, vulnerables, adoctrinados, carne de la industria del género y a disposición del mejor postor. Se busca destruir la familia, concretamente una: la nuestra. […]
La ideología de género, movimiento totalitario clásico aunque con variantes modernas que lo han hecho especialmente indetectable y peligroso, ha considerado primordial la manipulación de los menores en sus falsedades, y está utilizando todos los medios a su alcance para imponer sus planteamientos y perseguir al disidente. Como sus antecesores, carece del más mínimo respeto por los derechos humanos fundamentales, si bien, gracias al uso del neolenguaje y las diversas técnicas de manipulación, sus vulneraciones aparecen disfrazadas de neoderechos o legalizadas mediante leyes indefendibles e injustas, como ya hemos visto.
El acceso a los menores se realiza por encima del derecho humano fundamental de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones. Y por encima de cualquier libertad de opinión o credo. Normalmente, se hace bajo el amparo de los famosos neoderechos y de los problemas sociales artificialmente creados: la igualdad de hombres y mujeres apelando a una, cada vez más sutil, desigualdad, la terrible falsa e hipertrofiada violencia de género, que presupone a los hombres siempre y en todos los casos maltratadores y a las mujeres víctimas, y el derecho a la diversidad sexual y la igualdad de las personas LGTB, presuntamente cuestionado por pseudodiscriminaciones a las familias homosexuales y por el acoso escolar al niño LGTB, magnificado todo ello para implantar tales leyes y tales derechos. Todas esas «lacras sociales» y neoderechos vulnerados, bastante menos alarmantes que lo que nos han vendido, pese a la magnificación e hipertrofia de los medios de comunicación, se intentan resolver o garantizar mediante legislaciones que se tratan de hacer ver como muy necesarias, cuando no lo son en absoluto: y naturalmente tales leyes tiene su capítulo educativo, el caballo de Troya que sirve para poder acceder a los menores a través de las aulas. Para no privarnos de nada tenemos legislaciones de género a nivel nacional y a nivel autonómico. Y ya empiezan a amenazarnos con leyes locales de los propios ayuntamientos.
Las leyes orgánicas y de alto rango, son más ideológicas y teóricas que prácticas y sólo inciden en la transversalización de las facetas del género, que es el obligar a que se imparta ideología de género de forma secundaria en todas las asignaturas, en que se incluyan todas las edades de enseñanza de niños y jóvenes y que se impartan cursillos sobre el tema que trata la ley. Los desarrollos prácticos son mucho más impositivos, pormenorizados y detallistas con la regulación de la vida privada que implica la instauración de esta ideología totalitaria en la vida de los ciudadanos. Los programas pormenorizados, en caso de que hagan talleres teóricos y prácticos, también pueden esclarecer el asunto. Pero, lo que mejor puede hacernos ver exactamente lo que se enseña es estar en el interior del aula. Y ver los resultados.
La forma de introducir en la cabeza de los menores toda esta bazofia acientífica es evidente que tiene que hacerse de forma diferente según sea su edad, por lo que en esta capítulo veremos el adoctrinamiento a los más pequeños y, en los siguientes, el de los adolescentes. Sabedores de que cuanto más tierno es el tallo, más fácil es dar forma al tronco, la insistencia en entrar en las cabezas de los más pequeños, y hablo de las aulas de infantil e inicio de primaria es objetivo de primer orden. Los menores, como se expresa en el título, se han convertido en un oscuro objeto de deseo en todas las acepciones que quiera darse al término. Todas son válidas.
Cuando en 2010 la Comisión de Igualdad del Congreso de los Diputados aprobó una proposición no de ley del PSOE para regular los juegos en el patio de recreo de los colegios a fin de eliminar los «estereotipos sexistas», el gobierno, imbuido en la ideología de género, legislaba para igualar a chicos y chicas según las recetas de los «igualadorólogos» y, naturalmente por la vía de la imposición totalitaria.
Se trataba de elaborar e impulsar protocolos de juegos no sexistas para que se implanten y desarrollen en los espacios de juego reglado y no reglado en los colegios públicos y concertados de Educación Primaria y que en cualquier actividad lúdica desarrollada en los citados Centros de Educación Primaria se eliminen estereotipos que mantengan los roles machistas y se introduzca el concepto de igualdad entre ambos sexos. En román paladino significaba que los niños no iban a poder jugar en los recreos a lo que ellos quisieran, con los juguetes que ellos quisieran, ni con quienes ellos quisieran; que los profesores debían actuar como «comisarios políticos del esparcimiento», inspeccionando las conductas desviadas y obligando a comportamientos políticamente correctos a los disidentes. […]
Cuando, en los cursos de ideología de género que imparten a los profesores, explican los estereotipos sexuales y lo imbricados que están con los juguetes infantiles, afirman que la elección de estos juguetes sexistas se realiza por la imposición sibilina o expresa y manifiesta de juguetes masculinos a los niños y femeninos a las niñas: cuentan cómo los anuncios muestran niñas con muñecas y niños con tractores, cómo el rosa invade los catálogos en la zona de chicas y el azul la de chicos. Y los niños, incluso los más pequeños, profundamente afectados ya por la imposición de los roles de género que han de desarrollar y conocedores del significado de los colores, eligen «lo que deben elegir».
Resulta asombroso que la asociación de colores con el sexo y la elección de esos juguetes por el color en el que vienen presentados, haga que los varones jueguen y se comporten como varones y las mujeres como mujeres, pero así continúan transmitiéndolo en esos cursos donde se buscan todo tipo de razones, excepto la biológica, para explicar la realidad. De hecho, en los últimos folletos que han caído en mis manos, la dicotomía rosa-azul ha dado paso a una ensalada de colores acorde con los diferentes apartados de una industria juguetera amplia y diversa: morado para bebés, rojo para niños pequeños, rosa para niñas, marrón para niños, naranja para juegos de mesa, verde para juegos electrónicos…
Los anuncios que los niños ven de forma habitual, y que son tan culpables de la implantación de estereotipos, cada vez se ven más afectados por estas conclusiones de la ideología de género y se tiende a sacar niños y niñas en la mayoría de los juguetes, salvo los más «femeninos o masculinos» donde la máxima del marketing que afirma que se ha de mostrar el producto al público más interesado, prevalece sobre lo que los ideólogos de género exigirían si por ellos fuera: niños con muñecas y niñas con cochecitos de carreras.
La pregunta que surge es parecida a la clásica disputa acerca de si fue antes la gallina o el huevo: ¿Los anuncios sacan niñas con muñecas porque saben que es un juguete que gusta, en general, a las niñas o a las niñas les gustan las muñecas porque sacan en la tele a niñas jugando con ellas? Si salieran niños, ¿los niños empezarían a jugar con muñecas? ¿Participan las industrias jugueteras en una oscura confabulación para mantener estereotipos y roles y la subordinación femenina?
Sinceramente, pienso que no, que anuncios con niños acunando bebés iban a ser un fracaso tal que las industrias jugueteras ni se lo plantean. Parece evidente que la elección de juguetes y los gustos diferentes están más relacionados con las funciones biológicas, no sociales, que unos y otras van a tener que desarrollar y a las que procesos biológicos de diversa etiología empujan a elegir a la gran mayoría de hombres y mujeres para poder asegurar un mayor éxito en la supervivencia. Pero como, por alguna razón, los ideólogos del género se niegan a reconocer el factor biológico y la realidad, pronto veremos anuncios de niños en maternal actitud con muñecos bebés y niñas en agresivas carreras de cochecitos, sin que eso pueda variar la biología profunda y dando pábulo a una nueva vuelta de la tuerca de las imposiciones a fin de conseguir doblegar a la biología. […]
Acerca de los cuentos ha surgido una teoría, paralela a la expuesta por los juguetes, que afirma que los estereotipos sexuales vienen determinados por estas narraciones. En un principio se decía que los cuentos eran machistas e inventados para difamar a la mujer y encasillarla en su rol femenino y pasivo de mujer dulce, poco intrépida y supeditada al varón. Y en el caso contrario, de tener papel activo, era mala y despreciable. Se fundamentaban en que siempre que aparecía un personaje femenino, era pasivo y esperaba a ser salvado (según el prototipo de princesa que espera ser salvada por un príncipe), hacía labores de hogar (como Blancanieves en casa de los 7 enanitos) o era la bruja o la madrastra, es decir, la mala de los cuentos, de forma que el personaje femenino creaba en los niños desprecio o prevención. Los prototipos varoniles siempre eran buenos, valientes, fuertes y salvadores. Y eso creaba en las mentes infantiles la prepotencia en unos y la pasividad y deseo de ser salvadas por un príncipe azul en las otras. […]
Lo cierto es que, aparte de lo estúpido que resulta el cambio de papeles en los «neocuentos de género», en los que un dulce y amable príncipe es retenido por un malvado padrastro mago envidioso de su belleza, y es una aguerrida princesa luchadora y valiente la que le salva, no parece muy peligroso que unos niños dispuestos a creer en lobos que hablan, dragones, hadas y enanitos que viven en setas rojas, puedan desvirtuar la realidad un poco más creyendo que mujeres con un 40% menos de masa muscular, menos capacidad en todas las cualidades físicas y sin testosterona que les haga más agresivas ante el peligro, vayan a salvar al chico, físicamente más dotado para la lucha. Pero lo cierto es que así se hace. Y también se están popularizando unos cuentos con dos papás o dos mamás de criaturas sin sexo que viven en una sociedad llena de parejas unisex en nada semejante a la sociedad real. Como los niños también leen cuentos donde se casan vacas con gatos y burros con perros, no dejan de ser otros cuentos con personajes ajenos a la realidad biológica de que todos los niños son sexuados y provienen de una pareja de distinto sexo.
No dejan de ser cuentos, donde la realidad y la fantasía se mezclan. Irrelevancias si no vinieran de la mano de imposiciones y mentiras sobre la naturaleza humana. Y ese es el problema, las imposiciones y las mentiras sobre la naturaleza humana de la ideología de género. Cuando no se admite la causa de un hecho y se sacan conclusiones erróneas para las que se busca solución que, naturalmente no soluciona nada, la cadena de nuevas soluciones igualmente fracasadas puede ser eterna.
Y ahí nos encontramos. En un cada vez más interesado, mal diagnóstico de la realidad: Los hombres y las mujeres son distintos, no porque nacen distintos, sino porque les hacemos ser diferentes. ¿Cuándo? Pues muy pronto. De pequeños, porque enseguida hay diferencias. ¿Y qué educa a los niños? Los juegos, los cuentos, la familia, la escuela… Pues a por ellos.
Estupendo. Los ideólogos de género, hallado el mal, se ponen manos a la obra para eliminarlo. Y así empiezan a salir legislaciones tan totalitarias e impositivas como faltas del más mínimo sentido común.
Es el caso de Suecia, país puntero en la igualación de esa construcción social del sexo que llaman género, que no es lo mismo que la igualdad de las personas, al que es bueno mirar para aprender pero no para seguir su senda. El país nórdico, está sufriendo la lógica evolución a la irracionalidad de una ideología llevada a sus máximas consecuencias. Irracionalidad que exige, claro está, la imposición de la mentira del género a los que no están dispuestos a secundar tales dislates. En Suecia en este momento, ya no se busca la igualdad sino la identificación de ambos sexos por la sencilla lógica de que, ya que no pueden igualarlos es mejor que no existan. De esta forma, los seguidores de la neutralidad sexual disponen de nuevos nombres neutros o pueden poner legalmente nombres tradicionalmente femeninos a los varones y viceversa.
Para reinventar los cuentos, existen editoriales que publican historias donde personajes neutros, con nombres neutros y a los que se menciona con un nuevo pronombre neutro (hen) que sería algo así como «elle» para nuestro idioma, viven en mundos sin dimorfismo sexual con un «pamá» y un «mapá» en vez de tener un papá y una mamá.
En el caso de los juguetes, los colegios suecos favorables al neutralismo como evolución lógica de la ideología de género, controlan los juegos y el leguaje de los niños en los recreos, momento de libertad que debe ser «reconducido» por la posibilidad de que se cuelen estereotipos sexistas hasta llegar a eliminar los automóviles de las zonas de juego por considerarlos altamente sexistas debido a su evidente éxito entre los niños varones. […]
El interés de la asunción pasiva de la ideología de género por parte de los niños, cuanto más pequeños mejor, se realiza sobre todo a través de profesores ideologizados que en la impunidad del aula van ejerciendo su labor adoctrinadora sin levantar sospechas. Incluso alguno sin conciencia del mal que puede hacer y de la vulneración de los derechos de niño y de sus padres. La entrada de los lobbies vendedores de la tela del género se ha demostrado pronto problemática por la excepcionalidad de que unas personas externas accedan a los niños. El riesgo de que los niños, especialmente cuando son muy pequeños e inocentes, ante la novedad de visitas externas en el cole, cuenten a sus padres todo lo que ha sucedido y les han contado y estos procedan a quejarse de semejante contenido e intromisión, es muy alto. Por ello, todo lo referente a educación sexual, diferentes familias, y diversidad sexual para infantil y primaria de niveles bajos se realiza a través de cursos para profesores. Y los profesores son los que han de adoctrinar al menor. Si los padres no están conformes con el adoctrinamiento, se encuentran con que el profesor del que se quejan va a tener a su hijo en sus manos durante varias horas todos los días, y debido a la falta de ética demostrada por alguien capaz de adoctrinar a niños, temen cualquier represalia, por lo que callan y aguantan. Y si hay quejas, porque algún padre se harta, que las afronte el maestro y no los ideólogos.
La aceptación de la gran mayoría de los futuros docentes de infantil y primaria es muy alta, a juzgar por los exitosos cursos y actos masivos convocados por los lobbies de género que se realizan en las Facultades de Pedagogía y Escuelas de Magisterio de Universidades públicas.
Entre los asistentes a estos actos masivos no existe duda ni reparo en impartir ideología de género en la convicción de que el niño debe abrirse a la sexualidad lo antes posible para que la integre con normalidad en su vida. […]
La situación de España en esta variante de imposición infantil va empeorando conforme pasan los años tratando de asemejarse a lo peor que han hecho países igualitaristas. Por una inexplicable razón, los avances en propaganda a la opinión pública y legislativos que realizan los dirigentes de partidos afines a la ideología de género son asumidos en las legislaciones posteriores, sin que nadie se plantee una marcha atrás en este proceso enloquecido y enloquecedor, de forma que cada paso es un avance irrenunciable para esta ideología que nadie se atreve a desandar. Lo máximo que se hace es frenar el avance, pero nunca abandonar la senda hacia el precipicio. Naturalmente, esta inercia que va infiltrando la ideología de género en todos los ámbitos de nuestras vidas también es aplicable a la manipulación antinatural de las mentes infantiles.
Los objetivos profundos de este tipo de legislaciones y actuaciones y sus medios para implantarlos, nos muestran de forma evidente y descarnada hacia donde nos dirigimos, o nos quieren dirigir. Con unas líneas directivas para los que están metidos en la industria del género que marca la UNESCO en su guía, y que ya hemos visto. Con la implantación de la idea del derecho sexual infantil. Con niños sexualizados prematuramente y animados a masturbarse desde los cinco años. Con la ayuda de multitud de bienintencionados corruptores de menores. Con colectivos dentro de los lobbies feministas y homosexualistas que piden la bajada de la edad de consentimiento sexual a los 9 años o menos. Con la presión de los colectivos pederastas para la despatologización de su parafilia que irá seguida de su descriminalización siempre que el niño, en el ejercicio de su derecho a la sexualidad, acepte.
Quizá porque el sexo con prepúberes, como el sexo homosexual, no es reproductivo.
El fin del tabú del incesto y la abolición de la familia tendrá como efectos la liberación sexual y la liberación consecuente de la cultura. Shulamith Firestone.”