Por Javier Pardo de Santayana

(Veto a la comunidad educativa. Viñeta de Puebla en ABC el pasado día 8)
Me referí en mi último artículo a aquella maniobra saducea de la variopinta facción que nos gobierna – o mejor, de la combinación contra natura que la forma: aquélla que debe estar dejando sin poder dormir a quien pretende mantenerse a su cabeza de algún modo – para hacer ver que se propone aprovechar tal circunstancia para ir introduciendo subrepticiamente determinadas reformas ideológicas que poco tienen que ver con la superación del problema global prioritario que no es otro que la contención y si es posible eliminación del virus que a día de hoy amenaza nuestras vidas. Y lo hace con tal desprecio a la razón de los votantes que aprovecha su disposición a dejar o incluso propiciar que ocurra, tal vez por cansancio y desde luego por una imposición forzosa a la “ciudadanía”, cualquier abuso que aproveche la obsesión por el citado monotema. Ya en el pasado artículo cité algunas aberraciones destacadas, como las de la imposición de una “memoria democrática” (?) prefabricada sin el menor respeto a la verdad histórica.
Pues bien, en esa tesitura uno de los objetivos revolucionarios blanqueados por el hemiciclo ha sido, como se puede usted imaginar, la educación de nuestros hijos. Tenga usted en cuenta, improbable lector, que ya estamos previamente avisados de la posibilidad de que sucedan cosas por el estilo, así que no nos extrañaría demasiado. Hasta oímos decir a un alto cargo que “los hijos no pertenecen a sus padres”, que es como decir que “pertenecen al Estado”; es decir, exactamente lo que pretendían los soviéticos antes de que, desprestigiados y vencidos, entonaran en Moscú la “mea culpa”.
¿Cómo se atreverán? pregunta uno asombrado. Pues sí señor, y esto sucede incluso aquí en España, donde los comunistas pretendieron lo mismo en el siglo veinte y ya se vieron derrotados. Pero se ve que no fue suficiente su derrota, pues el difunto respira aún y está dispuesto, así que la gente no reacciona ante la posibilidad de acabar siendo una nación de analfabetos e ignorantes en la infamante cola de los países avanzados: una situación que no debiera de extrañarnos puesto que ya nuestro prestigio se ha ido a pique por lo que se refiere a su sistema sanitario a pesar de ser el país más longevo de nuestro continente, y de haber atraído a muchas centenas de británicos por las facilidades y el nivel de sus profesionales y recursos médicos.
También nos preguntamos, como es lógico, cuál será la fórmula empleada para cargase definitivamente nuestro sistema educativo, Y es muy sencillo: se trata simplemente, ya de entrada, de no poner tope alguno a los suspensos, circunstancia definitivamente estimulante para que los inútiles y vagos no den golpe y sin embargo salgan adelante, pues de esta forma se conseguirán sus votos y se podrá presumir de favorecer a los más débiles. Y fíjense si no es todo esto una labor social impresionante: incluso igualaremos a los de menor nivel social, intelectual y cultural con los demás y, sobre todo, ya podremos manipular a gusto al ciudadano. Sí; todo se hará por el Estado y sólo también para el Estado.
Naturalmente no faltará un sutil toque financiero que pretenderá sacar un rédito económico cargando la mano en los impuestos exigidos a la enseñanza privada al tiempo que se procede a su eliminación si ello es factible. Materia fundamental, por cierto, para quienes pretenden aprovechar la situación caótica de una epidemia de dimensión global para de paso eliminar cualquier posibilidad de educación de tipo religioso, objetivo prioritario todavía para nuestros actuales gobernantes, cuyos antecesores intentaron conseguirlo incendiado los templos y llevándose siete mil religiosos por delante entre monjas, frailes, monjes y sacerdotes y que todavía siguen pretendiendo, pues en el fondo su desideratum final es llegar a cargarse una cultura de siglos herencia de griegos y romanos que fue fraguada por la fe cristiana; una cultura que se extendería por el orbe a medida que lo descubríamos, mas que detestan algunos para quienes tal tesoro cuadra mal con su ideología.