Nuevos destinos ansiados de la suerte

Por Javier Pardo de Santayana

(Avión. Acuarela de Teresa Santos en Hispacuarela de Facebook)

Últimamente procuro ver tres programas de la televisión que además de entretenerme me permiten participar de alguna forma en ellos. Son programas que incitan a poner a prueba nuestra propia capacidad intelectual. Ustedes los conocen: los tres apelan al conocimiento y también a la memoria, o sea que son un reto para quienes ya ni peinamos canas.

Uno de los programas ofrece el aliciente de castigar de una forma sui generis a quien desconoce la contestación correcta a un pregunta: sencillamente le hace caer a un agujero que supongo tendrá la garantía de no dañar a quien falló la prueba. Otro incluye en el programa una ruleta, y en él se van construyendo unas frases letra a letra. En cuanto al tercero exige no sólo un absoluto dominio del diccionario de la lengua sino también un considerable fondo de cultura.

Pero a lo que voy: cuando en ellos preguntan a los concursantes sobre en qué les gustaría emplear los dineros del posible premio, la respuesta en casi todos ellos es que se los gastarían en un viaje. Y no crean ustedes que a Londres o París, y mucho menos a Torremolinos o a Canarias, pues los lugares elegidos son casi siempre lejanos y exóticos.

Fíjese usted, dilecto lector mío, en el detalle. Ahora, cuando todo está como está, pendiente de un hilo; cuando España encabeza las cifras de parados ya desde hace mucho tiempo, nadie nos dice que quiere probar suerte para ayudar a sus madres o salir de un trance, pagar facturas atrasadas o montar un pequeño negocio familiar. Lo que desean hacer es un viaje, y mejor cuanto más lejos.

Nada frena, pues, por lo que ahora parece, nuestra ilusión viajera; tal parece ser nuestra seguridad en los actuales medios de transporte. A nadie aterra la posibilidad de un accidente, ni la complicación que puede suponer siquiera una pequeña fiebre inoportuna. Por no decir de que nos roben o perdamos la cartera, o simplemente de extraviar el pasaporte. Así que esta preferencia por los paisajes lejanos y desconocidos parece revelar, por una parte, que la globalización ha roto ya definitivamente el tabú del tradicional miedo a los aviones, al menos en los jóvenes.

Y esto nos hace cavilar, pues en tal caso ese interés por los paisajes lejanos en la cultura o la distancia que tenemos por inalcanzables nos está diciendo, ya de entrada, que a muchos españoles no les satisface el hecho de poder ver en la televisión cualquier lugar atractivo del planeta, de forma tan perfecta al que sólo faltan los olores y aromas del ambiente, pues lo que anhelan es vivirlo. También parece revelar que ya no asusta lo desconocido como hubiera podido ser el caso en otros tiempos vividos por algunos de nosotros en los que la mayor parte de la gente temía no saber desenvolverse por desconocimiento del idioma y las costumbres, o recelaba de la posibilidad de encontrarse en situaciones de peligro o simplemente embarazosas. Ya no parece haber, al menos por parte de los jóvenes, el temor al avión pese a que sesiona produciendo de cuando en cuando sucesos conflictos y accidentes que vemos como si los hubiéramos vivido.

Cuanto más lejos más interés, parece ser el lema. Y me hace plantearme si en este mundo superorganizado, lleno de cachivaches electrónicos y en el que raramente disfrutamos del reposo necesario para la reflexión y el pensamiento, lo que buscamos en el fondo es un poco más de fantasía vivida con los cinco sentidos. No, desde luego, simplemente vista, ya que, inundados como estamos de situaciones premeditadamente confusas o ininteligibles, nos sobran incitaciones al despiste.

Quizá busquemos, casi sin darnos cuenta de ello, el llegar a vivir directamente un sueño muy lejano, una fantasía real, no bien urdida. La que en algún lugar realmente existe.

 

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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