Los lunes, revista de  prensa y red

“Casado y el asalto a La Moncloa”, de Francisco Marhuenda,  “Creemos en la España real”, de Pablo Casado, “De delito a derecho fundamental”, de Jorge Fernández Díaz, y “Incentivando la estupidez”, de Domingo Soriano

(Viñeta de Nieto en ABC el pasado día 29)

CASADO Y EL ASALTO A LA MONCLOA

Artículo de Francisco Marhuenda  publicado en La Razón el pasado día 28 de septiembre

Nada de lo que haga gustará a la izquierda mediática o política, lo mejor es centrarse en lo importante.

La izquierda está nerviosa por el crecimiento del PP en las encuestas. Es verdad que la única válida, por utilizar un tópico, es la del día de las elecciones. Lo importante es que hay una tendencia que beneficia a Casado en su asalto a La Moncloa. El partido está unido, a pesar de los sueños de los periodistas que quisieran que el PSOE gobernara cien años, como mínimo, y los barones populares trabajan para que sea el próximo presidente del Gobierno. Es bueno recordar que lo que leemos o escuchamos es lo mismo que sucedió con Aznar y Rajoy. Los medios de comunicación hablaban de otras figuras que serían mejores candidatos, pero ambos consiguieron ganar. El ciclo que vivimos beneficia el cambio como se ha visto en Alemania y es bueno recordar el refrán de «cuando las barbas de tu vecino veas afeitar, pon las tuyas a remojar». Hay un cansancio, por causas diversas, hacia los actuales gobiernos. El listillo de Trudeau convocó elecciones para mejorar y empeoró. Es verdad que al final retuvo el poder, pero no consiguió la mayoría absoluta. Sánchez confía en los fondos europeos y en movilizar a su electorado con el miedo a Vox, pero tiene el talón de Aquiles de las exigencias independentistas y un conjunto de socios poco recomendables.

Casado ha diseñado esta larga Convención para fortalecer su proyecto e impulsarse hacia la Moncloa. Es divertido escuchar o leer que ha pinchado, cuando la realidad es que conseguirá visualizar unidad interna, apoyos internacionales y un sólido programa ideológico. Nada de lo que haga le gustará a la izquierda política o mediática, lo mejor es no perder el tiempo y centrarse en las cuestiones importantes. Sánchez tiene la ventaja de aprovechar la potencia propagandística de estar en el Gobierno. Es una clara realidad. La contrapartida es que hay muchas cosas para criticarle y no tardarán en llegar los tiempos de austeridad donde se exigirá el control del gasto público. No puede ser que la prosperidad se sustente en una expansión de la deuda ilimitada, porque en algún momento se tendrá que pagar. Las políticas y ocurrencias del gobierno socialista comunista generan una profunda inseguridad en los inversores nacionales y extranjeros. Por todo ello, el ciclo electoral perjudica a Sánchez y beneficia a Casado.

Artículo en: https://www.larazon.es/opinion/20210928/6ngshmmnqffgdk6qypbzljcwny.html

CREEMOS EN LA ESPAÑA REAL

Artículo de Pablo Casado Blanco, presidente del Partido Popular publicado en ABC el pasado día 27 de septiembre

El 24 de abril de 1983, en esta misma Tercera de ABC, y apenas meses después del primer cambio de gobierno democrático en nuestro país, Julián Marías reflexionaba sobre uno de los valores que la Transición había traído consigo. El filósofo de la reconciliación explicaba que entonces «se había producido, por primera vez en decenios, una aproximación entre la España oficial y la España real». Y advertía a continuación que «es cuestión de vital importancia que esa cercanía, ese ajuste, no se destruya; que no vuelvan a andar cada una por su lado».

Han pasado casi cuarenta años desde la publicación de esa tribuna, pero su eco resuena hoy. España ha perdido pulso económico y fortaleza institucional. No solo por la pandemia. Cuando el virus llegó ya éramos especialmente vulnerables y por eso la pandemia ha causado sobre nuestro país un impacto mucho peor que en otros.

El alejamiento de la España oficial de la España real se ha agravado por la degradación institucional y la agresión a las libertades ciudadanas por parte del gobierno más radical de nuestra historia democrática y el único con ministros comunistas y socios secesionistas en toda la Unión Europea. Los radicalismos, los populismos y su peso en el Gobierno han añadido más tensión a una sociedad herida por las crisis y hastiada de fracturas. El malestar ha emergido con fuerza y, demasiadas veces, ha sido utilizado por quienes pretenden medrar a costa incluso de la ruptura de nuestra convivencia.

Pero desde el desánimo no se puede construir nada valioso ni duradero. Necesitamos esperanza, modernización y ambición. Necesitamos canalizar el talento y la energía que la España real tiene de sobra y ponerlos al servicio de proyectos nuevos. Los españoles siempre logramos salir de nuestras crisis cuando nos unimos alrededor de nuevas empresas de libertad. En una crisis que no es sólo económica, sino que evidencia fracturas sociales, territoriales y generacionales, necesitamos salir al encuentro de los ciudadanos, conversar con ellos y crear con todos. Debemos pasar del enfado a la tarea y de la frustración a la ilusión.

Nada de esto será posible si no creemos en nosotros mismos. Y los que primero debemos hacerlo, cuando se trata de confiar en los españoles, somos quienes desde la política tenemos la responsabilidad de representarles y apoyarles en sus aspiraciones. Con realismo y sin ocultarles las dificultades que nos esperan a todos en el camino de una nueva recuperación. Pero con el optimismo de saber que serán, de nuevo, los protagonistas de un horizonte de libertad y prosperidad.

En política, si no se cree no se crea. Por eso desde el Partido Popular hemos preparado una Convención con la participación de medio millar de expertos y un centenar de entidades civiles para reforzar nuestra alternativa de gobierno. Nosotros creemos en la Nación y en la sociedad abierta; en la libertad y en la responsabilidad individual; en el Estado de derecho y en la seguridad; en el libre mercado y en la propiedad privada; en la igualdad de oportunidades y en el Estado del bienestar. Es decir, los principios liberal-conservadores que han generado prosperidad y libertad aquí y ahora, siempre y en todas partes. Y ahora deben ser nuestro cuaderno de bitácora para resolver los problemas actuales, porque imaginar el futuro no puede ser una coartada bien pagada para olvidarse del presente.

A la igualdad en la que creemos solo se llega por el camino de la libertad, porque sólo la libertad abre oportunidades para todos, poniendo de nuevo en marcha el ascensor social y el progreso conseguido con esfuerzo. Sólo ella puede hacer del Estado un instrumento al servicio de la sociedad. La libertad es la respuesta a nuestras tensiones sociales y territoriales, al callejón sin salida en que se encuentran demasiados de nuestros jóvenes y al bienestar de nuestros mayores. Y no tenemos que elegir entre libertad para nuestra vida o progreso para nuestro país; entre libertad para nuestra familia o igualdad para la sociedad; entre libertad para nuestra empresa o bienestar para todos. Más bien al contrario, no las conseguiremos si no las reunimos en un empeño común.

Y debemos hacerlo de la mano de los españoles, con plena confianza en todas sus capacidades y sin dirigismos envueltos en el celofán del buenismo, con una agenda reformista en la que el protagonismo les corresponda de nuevo a ellos. Hay que suscribir un nuevo contrato social con el que devolver el poder a la ciudadanía a través de la transparencia y la rendición pública de cuentas, la libertad de elección y la igualdad de derechos para todos, vivan donde vivan, hablen la lengua que hablen, voten al partido al que voten. Queremos una España modernizada en su competitividad económica, su eficacia administrativa, su sistema sanitario, educativo y de bienestar y para ello necesitamos una España reforzada en sus instituciones, su independencia judicial, su seguridad ciudadana y su proyección exterior.

De nuevo es hora de cubrir el abismo que se ha abierto entre la España oficial y la España real, como lo fue hace cuatro décadas, pero sin caer en la tentación de anclarnos en la nostalgia, sino con la ambición de conquistar un mayor futuro. Un futuro que pasa por dar respuesta a nuevos retos, como el invierno demográfico, la digitalización, la sostenibilidad o el equilibrio geoestratégico internacional que nos deja episodios tan dramáticos como la retirada de Afganistán. España debe volver a ser decisiva en el mundo y no resignarse a ser rescatada por la solidaridad ajena cada dos décadas, sino aspirar a liderar el crecimiento económico y la influencia europea y atlántica.

Somos una sociedad madura que ha logrado cosas extraordinarias y que puede lograr muchas más, pero se nos ha querido enfrentar y suplantar. Eso es lo que hay que cambiar. Nuestra propuesta es simple: de nuevo concordia, de nuevo reforma, de nuevo libertad. Nuestra alternativa no pretende un traspaso de poderes de un Gobierno a otro, sino un traspaso de poderes del Gobierno a la sociedad.

El futuro de España puede ser un terrible secreto, como temía Azaña, o puede ser un camino abierto de libertad y de progreso, como quisieron los españoles de 1978 y como nosotros seguimos queriendo hoy. La España que queremos, la España en la que creemos y con la que queremos crear, no debe estar por más tiempo encerrada en sí misma. Y no queremos que en el futuro le aguarde un terrible secreto, porque ese futuro deben habitarlo nuestros hijos.

Cambiemos España juntos. Habrá menos poder, menos intervención, habrá más libertad. Y con la libertad llegarán el progreso, las oportunidades y la igualdad real. En el Partido Popular salimos desde ya mismo al encuentro de todos los españoles. Nuestras puertas están abiertas de par en par y para todos los que quieran sumarse. Creemos en España, creemos entre todos un futuro mejor.

Artículo en: https://theworldnews.net/es-news/creemos-en-la-espana-real

DE DELITO A DERECHO FUNDAMENTAL

Artículo de Jorge Fernández Díaz publicado en La Razón el pasado día 28 septiembre

La patronal abortista se ha quejado de la gente que reza, dice que coaccionan. La pasada semana se admitió a trámite una proposición del ley del grupo socialista, y lo que fue noticia es que su defensora fue llamada «bruja» por un diputado, en lugar de serlo su objeto, que pretende prohibir todo tipo de concentraciones en la proximidad de las clínicas abortivas.

Ese proyecto muestra la inversión de valores que padecemos. Ni siquiera el acceso de los diputados al Congreso goza de una protección legal de esas características, lo que significa que en España el derecho a abortar prevalece sobre cualquier otro derecho fundamental.

La patronal abortista se ha quejado ante los partidos de izquierda de que esos grupos «acosan y coaccionan» —con sus rezos— a las clientas y los trabajadores que acceden a su «trabajo». Así la industria farmacéutica y cosmética podrá seguir obteniendo pingües beneficios de la comercialización de los fetos abortados, necesarios para sus investigaciones y productos de belleza. Y para que no queden dudas, la ministra de la ideología de género, Montero, anuncia que hay que suprimir el derecho a la objeción de conciencia del personal sanitario porque «obstaculiza el ejercicio del derecho al aborto». Solo nos falta imitar a la China y obligar a no tener más que dos hijos y a abortar a las niñas para limitar la población. Es la cultura de la muerte en su versión más descarnada y comunista. En once años, el aborto ha pasado de ser una conducta tipificada como delito y despenalizada en tres supuestos, a ser considerado un derecho fundamental.

Artículo en: https://www.larazon.es/opinion/20210928/4vekf2ey7bazxkxf7fslhsh22i.html

INCENTIVANDO LA ESTUPIDEZ

Artículo de Domingo Soriano publicado en Libertad Digital el pasado día 26 de septiembre

Uno de los aspectos más incomprendidos de la economía es el papel de los precios, su importancia como medio para señalizar e informar. Antes de empezar, advertencia: si alguien se merece que le metan mano a sus beneficios son la mayoría de las empresas del Ibex 35. Y todavía más aquellas que llevan años medrando alrededor del BOE y haciendo campañas para demostrar lo buenas-medioambientales-comprometidas que son (y lo malos que somos sus clientes) en vez de dedicarse a lo que deberían: mejorar el servicio que ofrecen a sus usuarios.

Dicho esto, uno de los aspectos más incomprendidos de la economía es el papel de los precios, su importancia como medio para señalizar e informar. Que sí, que hay industrias con más concentración-intervención que otras y en las que los grandes jugadores pueden jugar a subir sus tarifas a nuestra costa, apoyados por la legislación. Pero son menos de las que parecen y las alternativas de los usuarios son más de las que casi siempre valoramos. Cada día más, los monopolios me parecen un problema de definición.

Pero hoy no quiero meterme en ese debate. Sino en la locura de lo que está ocurriendo en las últimas semanas con los derechos de CO2 en Europa y, sobre todo, en España. La teoría es la siguiente:

  • Contaminar es una externalidad negativa (de acuerdo). La empresa que emite internaliza los beneficios (produce con la fuente de energía que quiere) y externaliza los costes (los derivados de esa contaminación).
  • Para situar las cosas en su justo término, hay que cobrar a esa empresa algún tipo de precio-tarifa (lo que se conoce como impuesto pigouviano) por esa contaminación (también de acuerdo, incluso aunque sabemos que los gobiernos usarán la excusa para ir 200 veces más lejos o caro de lo que deberían).

¿Y la práctica? Pues en la UE decidieron hace años que se articularía alrededor de los derechos de emisión de CO2 que en las últimas semanas tan famosos se han hecho, porque parecen ser uno de los componentes fundamentales (junto con el alza en el precio del gas en el mercado internacional) de la subida de la factura de la luz. Aquí la información que la propia Comisión Europea ofrece al respecto sobre la naturaleza de este mecanismo.

¿Objetivos? Sus promotores declaran que, fundamentalmente, tres:

  • Penalizar las tecnologías más contaminantes, para que no entren en el mix y, si lo hacen, lo hagan a un precio muy elevado
  • Premiar y atraer, mediante unos beneficios muy altos, la instalación de fuentes de producción de energías no contaminantes
  • Incentivar a los consumidores (hogares y empresas) a usar de forma más eficiente la energía, especialmente en los momentos de elevada demanda y reducción del peso de las fuentes más limpias

Pues eso es lo que está pasando ahora. Como apuntábamos hace unas semanas, si alguien debería estar contento con los altos precios de la energía son aquellos que llevan décadas reclamando «esfuerzos», «sacrificios» y «cambios de modelo productivo» para «luchar» contra el cambio climático.

Pero más allá de la discusión filosófica sobre la incoherencia del votante-manifestante medio. Lo marciano es lo de los políticos. Porque fueron ellos los que se inventaron este modelo, los que nos dieron lecciones sobre la necesidad de incentivar los cambios y de castigar a los que más contaminan. Y ahora que sus derechos de CO2 hacen exactamente aquello para lo que fueron diseñados, empiezan a hablar de «beneficios caídos del cielo», a subvencionar a los consumidores para que paguen menos y a penalizar a los que les hicieron caso (e instalaron fuentes de electricidad no contaminantes).

De nuevo, la incomprensión de los precios. Lo elevado de los precios de los derechos de CO2 no se debe a que haya unos pocos agentes en el mercado manipulando este mecanismo. Sino a que hay escasez de los mismos: muchas industrias quieren contaminar y, para hacerlo, ven que tienen que pujar por unos derechos que cada vez son menos. O dejan de contaminar o pagan una pasta (a los gobiernos, por cierto, pero esto de cómo se están forrando con esto lo dejamos para otro día). Y si hay especuladores metidos en esto, es porque piensan que habrá todavía más escasez en el futuro, con lo que contaminar saldrá todavía más caro. ¿Tampoco nos gusta eso? Pero, ¡¡si los inventamos con esta finalidad!!

El encarecimiento de los derechos de CO2 manda una triple señal a cada uno de los agentes implicados:

  • Estamos contaminando en exceso. Y hay muchas industrias que prefieren contaminar y pagar a reducir sus emisiones.
  • No hay suficientes tecnologías limpias y, cuando el consumo está en máximos, tenemos que tirar de gas o carbón.
  • Los consumidores (hogares y empresas) no adaptan sus hábitos ni siquiera con precios más elevados

¿Solución? Si la prioridad real fuera la lucha contra el cambio climático, la solución debería ser que se encarecieran todavía más los derechos y las facturas. Porque si el día que los precios y los beneficios son más altos cambian las reglas del juego para evitar precisamente ese encarecimiento, ni los consumidores aprenderán ni los inversores apostarán.

¿Que la mejor manera de luchar contra el cambio climático sin poner en riesgo el suministro es con la nuclear? Sí. ¿Que los objetivos de emisiones de la UE son absurdos? En mi opinión, también. Pero éstas son otras discusiones. Una vez que están puestos y fijado el mecanismo de ajuste, que suban los precios de ese ajuste sólo es un indicador de que todavía preferimos contaminar y pagar, antes que luchar contra el cambio climático.

«Caídos del cielo»

Aunque ya sé lo que me dirán: que las industrias paguen por el CO2 emitido está bien. Lo malo es lo de los «beneficios caídos del cielo». Tan absurdo e incoherente como todo lo anterior.

En primer lugar, porque si hay empresas que obtienen beneficios derivados de esos altos precios de los derechos de CO2 es porque han hecho exactamente lo que se les pidió: no emitir gases contaminantes. ¿Cómo vas a incentivar la instalación de más energías limpias si castigas los beneficios de los que lo hicieron en el pasado? Pues sólo de una manera, a la española: garantizando una rentabilidad al que invierta, sea necesaria o no su inversión. Te saldrá más caro, entre otras cosas porque te cargas cualquier atisbo de mecanismo de mercado (si podemos llamar así a esos precios por contaminar) y, además, sacas de la ecuación a las opciones limpias que no se ajustan a tu BOE.

Pero, además, porque esto de los «beneficios groseros» que decía Yolanda Díaz o el «se lo pueden permitir» de Pedro Sánchez también tiene miga.

¿Qué es un beneficio «extraordinario» o «demasiado alto»? Las empresas, cuando invierten (y más aún cuando invierten a largo plazo como las eléctricas), lo hacen asumiendo una incertidumbre sobre el futuro y sobre un mercado que nunca tienen la certeza de cómo evolucionará. Las proyecciones incluyen cientos de escenarios: del optimista (precios altos y beneficios elevados) al horrible (demanda deprimida y costes fijos que se comen mis ganancias).

Para luchar contra el miedo de los inversores a que se produzca más de lo segundo que de lo primero, muchas de estas compañías diversifican: en el tiempo y en el espacio. Si mi inversión se tiene que recuperar a 30 años vista, sé que habrá ejercicios horribles y otros favorables. Unos compensarán a los otros y (espero) que haya más de los buenos. Lo mismo ocurre con la geografía: si me meto en 10-15 países, sé que en algunos me irá bien y en otros no tanto. La idea es equilibrar (más bien a mi favor) los buenos mercados con los malos.

En España, hemos decidido penalizarles por sus beneficios actuales, porque creemos que son muy elevados. Pero, ¿elevados respecto a qué? ¿Los hemos comparado con las posibles pérdidas pasadas? ¿Qué rentabilidad han obtenido? ¿Y en comparación con el riesgo asumido? ¿A qué plazo se hicieron esas inversiones? El mensaje que lanzamos está muy claro: invertir en nuestro país es doblemente arriesgado, porque si pierdes, te comes los números rojos (nunca vi a un presidente salir a decir que una compañía «no se puede permitir esas pérdidas» tras un año malo); pero si ganas, te recorto los negros. ¿El resultado previsible? Menos inversión a largo plazo ¿Problemas de suministro? ¿Sólo instalará nueva potencia aquel al que le aseguremos los beneficios con esquemas ruinosos como el de las primas a las renovables? Recordemos que tenemos uno de los sistemas eléctricos más consistentes y sólidos del mundo, a prueba de Filomenas y de olas de calor. Mucho cuidado con las cosas de comer, que el día que comienzan los apagones y los problemas de suministro, luego no es tan sencillo ni rápido revertirlos.

Me temo, además, que no estamos solos en esto. Quizás sí somos los más ruidosos. Pero leyendo las reacciones en otros países de la UE o los mensajes que llegan desde Bruselas, intuyo que no tenemos la exclusiva del populismo energético. Crearon los derechos de CO2 para castigar a los que emiten, premiar a los que no lo hacen y disciplinar a los consumidores. Y justo cuando el mecanismo que se sacaron de la manga hace aquello para lo que fue diseñado, cambian otra vez las reglas del juego. Luego nos dicen que su prioridad número 1 es la lucha contra el cambio climático y que harán «todos los esfuerzos» que sean necesarios. Y no, no era necesario que ocurriese esta crisis energética para que supiéramos que era mentira, simplemente otra excusa para aumentar su poder y reducir el nuestro. Lo único que incentiva la política energética europea desde hace años es la estupidez… y lo peor, es que muchas veces somos los que nos quejamos los que lo aprobamos con nuestro voto.

Artículo en: https://www.libremercado.com/2021-09-25/domingo-soriano-incentivando-la-estupidez-6821692/?_ga=2.107360066.198603153.1630391280-1626044375.1605044357

 

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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