Por Javier Pardo de Santayana

(Sede del Ministerio de Defensa)
“Después de mí, el diluvio”, debió pensar el muy osado aspirante a presidente cuando expresó su intención o su deseo de suprimir el Ministerio de Defensa como un desideratum atractivo para movilizar en su favor a las aliadas masas revolucionarias. Quizá, digo yo, su preocupación por la memoria histórica le llevara a añorar los tiempos pasados e ir más lejos aún en su proyecto de erigirse primero en el gran líder del partido, y luego – por qué no – de la nación, siempre rebañando de una y otra parte lo peor de la casa.
Y menos mal que, por lo que se ve, todo se olvida pronto en nuestros días, y en aquellos este señor no era aún presidente del gobierno, porque su idea era de aquellas que hacen saltar los plomos.
Menos mal digo yo, ya que revelar aquel deseo es tal burrada en cualquier país del mundo que resulta totalmente inconcebible. Imagino que los antiguos responsables del partido al que todavía pertenece este individuo se quedarían bizcos al oírlo, y que los demás gobernantes europeos se preguntarían si no estaban ante un caso de demencia. Pero el caso es que lo dicho estaba dicho, y que quedaba ya grabado para siempre.
Así que imaginen ustedes la sorpresa que se llevarían aquellos que le oyeran, cuando. llegada la ocasión de poner en práctica ese sueño, lejos de suprimir un solo ministerio el hombre procedió a multiplicarlos ya de entrada y de tal guisa que los ministros no cupieron en la mesa del Gobierno en los consejos. Claro que ya para entonces se sabía del muy escaso crédito que convenía atribuir a sus palabras.
Y, mire usted por dónde, tal circunstancia coincidió con el famoso virus y con otras situaciones de emergencia lamentables que multiplicaron las peticiones de apoyo a nuestras unidades militares, que demostraron estar siempre dispuestas a acudir en socorro de los españoles y hacerlo con generosidad, presteza y transmitiendo siempre la convicción de su eficacia; de que nuestros soldados dominan cualquier técnica; que todo lo hacen y de todo saben. Es decir, que conviene aprovecharlos; que prescindir de un ministerio de Defensa no parece ser tan buena idea cuando la vida se complica. Y menos cuando se crean ministerios hasta para encargarles de confeccionar menús, o de “igual da”. O de “inclusión”, que no sabrán siquiera de qué trata. O de un llamado “reto demográfjco“, que se preguntará “por dónde empiezo”-
Así que uno querría saber qué cara debería ponernos quien en su día, lejos de materializar su propia idea de suprimir un ministerio tan importante como el de Defensa. pasara a multiplicarlos innecesariamente hasta extremos raramente vistos. Y cómo es que los periodistas españoles, tan incisivos y exigentes, no se lanzaron a degüello en busca de respuesta cuando han tenido la ocasión de entrevistar a la propia ministra en sus programas, situación en la cual parece ineludible preguntarla por la impresión que la produjo el que su presidente actual tuviera la idea de suprimir su ministerio, habida cuenta de la actual situación geoestratégica y del apoyo que los militares saben prestar a la ciudadanía siempre. Y digo yo que ningún entrevistador podrá eludir la petición de explicación a su pregunta.
En todo caso a mí me gustaría saber el parecer a este respecto de nuestros amigos europeos, que seguramente estén al tanto de la calle por haber recibido informes fidedignos de sus servicios de inteligencia más acostumbrados a lo exótico. Aunque seguramente duden mucho a la hora de expresar lo que realmente conocen de este asunto, y además seguramente no se atrevan a emitir su juicio a tal respecto, que de ser verdaderamente auténtico incluiría gestos de auténtica sorpresa, como de no creérselo. Seguramente algún informe nos diría algo así como que ese hombre es un peligro.