Por Carlos de Bustamante

(Carga del río Igan, óleo de Augusto Ferrer-Dalmau)
Tenía catorce años. Quiso seguir la tradición de sus mayores, padre, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos…. Y sus dos hermanos mayores, todos en la milicia al servicio de España. Tenía catorce años cuando aprobó primero el examen de ingreso en la Academia de Caballería en Valladolid, y, buen estudiante, a continuación, en la de Artillería en Segovia. Siguiendo la mayor tradición hacia la Armada de sus ancestros, aún quiso acudir a los exámenes de ingreso en la Academia de la marina de guerra española; pero incompatible el examen por fechas, hubo de elegir entre las dos en las que había obtenido plaza. Se decantó por Artillería. Tenía catorce años cuando caballero cadete de Artillería, vistió por vez primera el uniforme militar.
Tenía diez y siete años cuando lució las dos estrellas de teniente en la bocamanga del uniforme. En plena adolescencia y aún reciente la protección paterna, solicitó destino en la única plaza vacante próxima al hogar familiar en Valladolid. En lo más castellano de la Vieja Castilla. Con la satisfacción reflejada en el rostro del teniente, poco más que imberbe, tomó posesión de su destino en una batería de campaña del Regimiento de Artillería nº 47 de guarnición en Medina del Campo.
No sin cierto e inicial recelo, allí formó e instruyó soldados de reemplazo varios años mayores que él. La responsabilidad y obligaciones propias de la milicia, hicieron que adquiriese la madurez propia de la mayoría de edad. Por las cualidades propias y los inestimables valores adquiridos en la propia familia, el jovencísimo teniente, pronto se hizo querer y respetar.
Afable por naturaleza, hizo pronto amistad con las gentes del lugar fuera cual fuere su condición social. Aficionado a la caza con galgos, asistió y participó con galgos propios a las más importantes competiciones que se disputaban en los inmejorables cazaderos de tierra Medina: el Chucho. Dueñas… Y fue en este último donde entabló amistad más íntima con los propietarios e hijas… Una de las cuales, y tras vicisitudes varias que veremos sucesivamente, sería su amadísima esposa y madre de sus numerosos hijos.
Transcurría el tiempo con trabajo intenso, pero con la satisfacción de los felicísimos días y ratos libres.
Mientras tanto, allá en tierras africanas España sufría en sus Fuerzas Armadas una sangría reamente dolorosa. Allá en tierras africanas…. Pero al servicio de la Patria la batería donde prestaba servicios fue requerida en apoyo del conflicto armado, guerra despiadada.
Sin excesivo entusiasmo por lo que dejaba, más con el optimismo de una juventud recién estrenada, en unos días, pocos, pisaba territorio africano por tierras del Rif, en las que se desarrollaban los más cruentos combates. Asignada la batería para apoyo de las tropas legionarias, que mandaba el comandante Franco. Enseguida recibió el bautismo de fuego. Preparado para la guerra como todos en la milicia, nunca, sin embargo, imaginó la crueldad que contemplaron sus ojos:
Finalizado el `desastre` de Annual, penetró en el reducto español en compañía del comandante legionario. Si dantesco quiere decir horrible, el apelativo se quedó muy corto para lo que descubrieron sin que pudiera imaginarse ni describirse tanto horror y crueldad. Omito pormenores, porque con sólo mentarlos resultarían macabros. Del comandante y teniente cayeron lagrimones que hablaban por sí solos. Y tras ellos la decisión firme: finalizar cuanto antes con la causa de aquel espanto. Tenía un nombre: Abd el-Krim y sus huestes.
Ni que decir tiene que, visto lo visto, las tropas legionarias ansiaron medirse con los causantes de aquella matanza y horror con los muertos de la guarnición española vilmente traicionada.
Dicho cuanto antecede a modo de introducción, proseguiré Dios mediante con los avatares del protagonista mencionado, para con el mayor orden posible conozcan mis amigos y probables únicos lectores lo que, a vuela pluma, os he iniciado en una bella historia jamás contada.
Es de justicia resaltar que aun los actos heroicos de mandos subalternos, o sea no de la más alta graduación militar, suelen pasar si no inadvertidos, sí apenas publicados en los medios. Esta es, y no otra, la razón por la que califico de bella la historia jamás contada del teniente, capitán, comandante y teniente coronel por ahora sin nombre.
No os puedo prometer, mis amigos, en esta miniserie una novela de aventuras. Sólo adquiero el compromiso de atenerme a la verdad de unos hechos que, de haber pertenecido el protagonista a otra Arma, figuraría en la escalilla de los más altos puestos de la milicia. Os hago, pues, notar-aunque de sobra conocido por los artilleros- que éstos nunca ascendieron a empleos superiores por méritos de guerra. Condición que todo hace suponer que nunca les quisieron anteponer el egoísmo personal, legítimo, al total servicio a la Patria.
(Si Dios es servido, continuará).