Memoria histórica. Ceriñola. 2  

Por Carlos de Bustamante

(Gonzalo Fernández de Córdoba, «el Gran Capitan», contemplando el cadáver del Duque de Nemours, comandante del ejército francés en la batalla de Ceriñola)

Deseosos de recuperar su reino, Ferrante propuso marchar directamente sobre la ciudad de Nápoles, pero el Gran Capitán, más prudente, decidió desgastar primero a un enemigo que consideraba poderoso. Era preferible hacerse fuerte en Calabria y combatir en pequeños encuentros y escaramuzas, teniendo en cuenta que se trataba de una zona abrupta —un terreno muy parecido a las sierras del sur de España— en la que los franceses no estaban acostumbrados a luchar y en la que, sometidos a frecuentes marchas y embocadas, terminarían consumiendo sus fuerzas. El 14 de mayo de 1495, las tropas españolas cruzaron el estrecho de Mesina y entraron en la península italiana. Les ayudaron 6.000 calabreses partidarios de Ferrante.

El Gran Capitán puso en práctica su plan y se apoderó de Reggio y Seminara, dos importantes plazas fuertes calabresas. La impaciencia de Ferrante, unida al deseo de D’Aubigny por recuperar Seminara, forzó al Gran Capitán a entablar una batalla que terminó en revés el 21 de julio de 1495. El jefe francés, con su ejército de gascones y suizos, esperó a sus enemigos en la orilla de un riachuelo medio seco. Frente a él tenía a los españoles y calabreses leales a la corona napolitana, en una altura próxima a Seminara. La caballería acorazada francesa de los hombres de armas (gendarmes) atravesó el arroyo y los calabreses se desbandaron y provocaron la retirada general. Era la primera vez que los españoles se enfrentaban con los temibles piqueros suizos y de la derrota se tomó buena nota. El Gran Capitán resguardó entonces en Mesina el grueso de su pequeño ejército, con la vanguardia en Reggio, y reanudó su campaña de escaramuzas y golpes de mano en Calabria. Una lección que tenía bien aprendida desde la guerra de Granada, en la que se había revelado como un consumado maestro.

La táctica de la «pequeña guerra» de Gonzalo de Córdoba respondió a las previsiones, y en unos meses sus tropas controlaron el sur de Calabria y se apoderaron de Fiumar, Muro, Cortón, Esquilache y Sibaris, ante la pasividad y sorpresa de D’Aubigny, que no acertaba a contrarrestar eficazmente ese tipo de combate. Mientras Gonzalo de Córdoba aseguraba el sur de Calabria, Ferrante II, apoyado por una escuadra española, entró en Nápoles, evacuada por las tropas del duque de Montpensier. Los españoles de apoderaron de Cosenza, avanzaron hacia el norte y tomaron Terranova. Los franceses se replegaron hacia Basilicata y los montes Abruzzos, pero la lucha en el norte del Reame entre franceses y napolitanos se equilibró, de modo que Ferrante II volvió a pedir ayuda a Gonzalo de Córdoba. Los principales señores angevinos, partidarios de Francia y dirigidos por Almerico de San Severino, se hicieron fuertes en la plaza de Laino. El Gran Capitán atacó cuando los enemigos dormían y las espadas españolas degollaron a más de 200 hombres e hicieron prisioneros a otros 100 nobles, por los que obtuvieron buenos rescates.

RECIBIDO EN TRIUNFO:

Tras dejar a Luis de Vera al mando en la Baja Calabria, Gonzalo de Córdoba acudió en auxilio del rey de Nápoles, lo que cambió las tornas de la guerra. Los españoles conquistaron Montalto, Bisignani y Castrovillari y llegaron más refuerzos desde España, hasta reunir un nutrido ejército contra el que D’Aubigny nada pudo hacer. El 7 de junio de 1496, Gonzalo de Córdoba tomó la ciudad de Atella, donde se rindieron 5.000 franceses. En la desbandada de los vencidos se declaró una epidemia de peste que causó la muerte del duque de Montpensier. Al poco, murió también sin descendencia el rey napolitano Ferrante II, a causa de unas fiebres o envenenado, y le sucedió su tío Fadrique I, que reinaría hasta 1501. Una sustitución que llevó aparejada profundos cambios políticos y diplomáticos, ya que el nuevo monarca se mostró muy inclinado hacia el lado francés. Cansadas de una contienda costosa que se alargaba demasiado, Francia y España firmaron una tregua. Gonzalo aprovechó el cese de hostilidades para ir a Roma, donde se entrevistó con el papa Alejandro VI con el fin de eliminar la amenaza a los Estados Pontificios del corsario vizcaíno Menaldo Guerri, que se había apoderado de Ostia, el puerto situado en la desembocadura del Tíber, cortando así el suministro de mercancías a la capital. Recibido en triunfo en Roma y en Nápoles, el Gran Capitán regresó a España en el verano de 1498 y fue recibido por los Reyes Católicos en el palacio de la Aljafería de Zaragoza. En Italia quedó la mayor parte de su ejército, que mantenía guarniciones en varias fortalezas importantes del sur de la península. Muerto Carlos VIII de Francia, le sucedió Luis XII, que continuó obsesionado con reclamar derechos al trono napolitano. Tras invadir el Milanesado, pactó con los Reyes Católicos un acuerdo fraguado en secreto en octubre de 1500 en el castillo francés de Chambord, que fue ratificado al mes siguiente en Granada. Por este tratado Francia y España acordaban el reparto del Reame. Los franceses se quedaban con el norte y los españoles, con el sur. El papa Alejandro VI bendijo el pacto, que era muy ambiguo respecto a los límites y dejaba gran parte del territorio napolitano sin un dueño claro. Para el astuto Fernando el Católico eso suponía una manera de ganar tiempo frente al definitivo enfrentamiento con Francia, que consideraba inevitable. El gran perdedor era el rey Fadrique de Nápoles, que quedaba desposeído de su trono. Como alternativa «que no podía rechazar», Luis XII le ofreció el título de duque de Anjou y una renta anual de 30.000 ducados. El destronado Fadrique moriría en Tours en 1504. Poco antes, Luis XII había acordado con Venecia un pacto para repartirse también Lombardía, con la anuencia del papa, y en octubre de 1499 conquistó sin resistencia Milán y capturó al duque Ludovico Sforza (Ludovico el Moro), que murió prisionero en un castillo de Francia

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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