Por Carlos de Bustamante

(La batalla de Garellano. El Gran Capitán arrasa a un ejército francés que le dobla en número. Parcial del óleo de Ferrer-Dalmau)
Ensimismado con Vientos de Gloria en cuyo texto Fernando Martínez Laínez, al subtitular nada tan grato como: “desvelando las grandes victorias de la historia de España”, da un rotundo mentís a quienes se arrogan el derecho de dar su visión partidista y falsa como Judas Iscariote de una memoria que, subrepticiamente, llaman `nuestra memoria histórica. ´
Continúo, pues, donde finalicé Garellano.1.
FRENTE A FRENTE:
A mediados de noviembre de 1503, el ejército francés y el español ya estaban situados frente a frente, separados por el río Garellano. Ambos ocuparon posiciones cerca de la orilla en un terreno pantanoso e insalubre, y debieron soportar la lluvia, el frío, las enfermedades y la demora en las pagas. También estaba el hambre, acuciante en el bando español, que tenía más dificultades para abastecerse, toda vez que los franceses podían recibir suministros desde el mar a través del puerto de Gaeta. En ese momento, los franceses disponían de dos cuerpos de ejército. Uno, el que guarnecía Gaeta, contaba con 500 hombres de armas y 8.000 infantes, y el otro, que avanzaba desde el norte, tenía 2.000 hombres de armas, 5.000 infantes gascones y 8.000 suizos. El conjunto de estas dos fuerzas triplicaba prácticamente al ejército de Fernández de Córdoba. La proximidad del invierno coincidió con una guerra de trincheras que se prolongó durante seis semanas, con numerosas escaramuzas y acciones aisladas, a la espera de que se desencadenara la gran batalla o uno de los bandos emprendiera la retirada. La mayor parte de las tropas españolas tenía que mantenerse sobre un terreno fangoso, cavando trincheras y fosas defensivas.
Empapados por la humedad y las lluvias, cubiertos de barro, los soldados sufrieron penalidades increíbles, sin recibir ayudas ni pagas. Numéricamente, los españoles también llevaban la peor parte. El ejército francés disponía de unos 25.000 hombres y el español apenas llegaba a los 9.000, pero poseía una moral muy alta y confiaba ciegamente en las dotes guerreras de su jefe. Comenta un cronista: Los españoles, por la situación de su campamento en terreno pantanoso, sufrieron con tenacidad incomparable las privaciones acostumbradas sepultados en el cieno de los pantanos de Sessa. Ante la situación, Próspero Colonna y otros altos mandos propusieron al Gran Capitán retirarse a Capua para aguantar mejor la invernada, pero Gonzalo de Córdoba rechazó de plano la idea: «Más quiero avanzar medio paso —dijo—, aunque me cueste la vida, que retroceder algunos para prolongarla cien años».
EL GOLPE AUDAZ:
El mal tiempo y las continuas lluvias paralizaban las operaciones. La llegada del frío y la nieve empeoraban las condiciones de vida de los soldados y afectaban a su moral, pero el Gran Capitán no quería oír la palabra «retirada» y esperar la llegada del buen tiempo. En esta situación supuso un alivio para los españoles que llegaran refuerzos desde Nápoles, al mando de Bartolomeo de Alviano, como consecuencia del acuerdo que Fernando el Católico había alcanzado con la familia romana de los Orsini, enemiga tradicional de los Colonna.
Gonzalo de Córdoba situó su puesto de mando en la aldea de Cintura, en un terreno elevado, a un kilómetro y medio del río Garellano, dominando así el camino de Nápoles. Ahí fortificó su campamento con un gran foso y sólidos bastiones, y elaboró un plan audaz consistente en cruzar el Garellano y atacar por sorpresa al enemigo en su propio campo. Un golpe maestro cuyo primer paso era hacer creer a Saluzzo que el ejército español se replegaba hacia el río Volturno. El jefe francés, convencido de que el enemigo se retiraba, permitió que algunas de sus unidades retrocedieran y descansaran en los pueblos vecinos. Incluso concertó una breve tregua navideña que Gonzalo de Córdoba aprovechó para situar mejor a sus tropas con vistas al ataque por sorpresa que se avecinaba. La idea básica era cruzar el Garellano con pontones fabricados en la retaguardia española y transportados en mulas hasta el lugar elegido. Carpinteros y pontoneros construyeron con el mayor secreto un puente de barcas en la localidad costera de Mondragone, a retaguardia del campamento español. Desde ese punto, bordeando Sessa, los soldados del Gran Capitán, teniendo buen cuidado de no ser vistos por el enemigo, trasladaron las barcas y el material del puente hasta las inmediaciones de Suio, en un lugar bastante alejado del campamento francés.
En la noche del 27 de diciembre, el ejército español se congregó cerca de Sessa, en un sitio próximo a un puente de barcas construido por los franceses que permitía el paso a Traietto, donde tenían instalado el principal campamento. Al oeste de este punto, siguiendo el trazado de la antigua Via Appia, los franceses ocupaban también Mola; y al sur, cerca de la desembocadura del Garellano, mantenían la torre del mismo nombre. Más al norte controlaban Vallefredda, Castelforte y Suio.
EL PASO DEL GARELLANO:
Para el ataque definitivo, Fernández de Córdoba dividió su ejército en tres cuerpos. Uno, compuesto sobre todo de caballería, al mando de Alviano, fue el encargado de cruzar en vanguardia el río Garellano, utilizando el puente de barcas, para caer por sorpresa sobre el flanco izquierdo francés. Le siguió otro cuerpo, mandado por él mismo, y en Cintura quedó el tercero, a cargo de Fernando de Andrade y Diego López de Mendoza, con la misión de cruzar el puente construido por los franceses frente a Traietto una vez ejecutada con éxito la operación anterior. Eran tres movimientos que exigían mucho talento militar para su perfecta sincronización, pero eso era algo que al Gran Capitán le sobraba.
En la madrugada del 27 al 28 de diciembre, los cuerpos de Alviano y Fernández de Córdoba se situaron en el punto elegido para el cruce: un tramo fluvial estrecho, poco profundo y de orillas firmes, al norte de la última posición francesa cercana a Suio y fuera de la vista del enemigo. Antes del amanecer se ensamblaron y fijaron los pontones y, con las primeras luces del 28 de diciembre, los 3.000 hombres de Bartolomeo de Alviano pasaron por el puente recién construido. A continuación, le siguió el grueso del ejército, dividido en tres agrupaciones. La primera, con 3.500 rodeleros y arcabuceros, al mando de García de Paredes y Diego Navarro; después, la caballería ligera de Próspero Colonna; y detrás, el Gran Capitán con los lansquenetes alemanes. No todo el ejército pudo cruzar, porque tras el paso de los lansquenetes el puente se partió, circunstancia que no arredró a Fernández de Córdoba.
«No os preocupéis —dijo a los que habían conseguido pasar—, que los que acá estamos acometeremos al enemigo y venceremos, y los nuestros que han quedado en la otra orilla cruzarán por otro puente y les caerán a los franceses por la espalda». Cogidas por sorpresa, las guarniciones francesas de Suio y Castellforte huyeron ante el alud que se les vino encima. También cayó Vallfredda, que defendía Ivo d’Alegre, el mismo que había mandado la retaguardia de los derrotados en Ceriñola. Durante el resto del día las tropas españolas se dedicaron a consolidar las posiciones ocupadas y hostigar a los franceses en fuga. Los supervivientes de Suio, que huyeron despavoridos, consiguieron alcanzar el campamento francés en Traietto y dieron la alarma. Al atardecer, la victoria se decantó definitivamente del lado español, mientras Alviano, sin perder tiempo, enfiló hacia Gaeta. Los acontecimientos superaron la capacidad militar de Saluzzo.
Al anochecer, tras reunirse urgentemente con sus capitanes, el jefe francés temió quedar envuelto y ordenó una retirada general a Gaeta, que se convirtió en desastre por realizarse en las peores condiciones: de noche y deprisa, bajo una fuerte lluvia, con el incesante acoso del enemigo y sobre un terreno embarrado que dificultaba el avance de los carromatos y la artillería.
En el repliegue, el ejército francés marchó agrupado en tres columnas: a la cabeza, la artillería; en medio, la infantería; y cerrando la marcha, los hombres de armas que protegían la retaguardia. Para salvar sus cañones, los franceses decidieron desmontar las barcas del puente cercano a Traietto y trasladar en ellas las piezas de artillería río abajo hasta la desembocadura. Pero el mal tiempo hizo que algunas embarcaciones se hundieran y otras fueran capturadas por los españoles. El cuerpo que mandaba el Gran Capitán se dirigió entonces hacia el sur, apuntando directamente al campamento francés, para cortar la retirada enemiga a Gaeta.
En la mañana del 29 de diciembre, las tropas españolas ocuparon el campamento y siguieron adelante sin detenerse a saquearlo. Reconstruido el puente de barcas francés, la caballería de Próspero Colonna se lanzó a la persecución, para impedir que los franceses en huida alcanzasen Gaeta. Buena parte del ejército francés quedó así embolsado cuando llegaron las tropas de Andrade y Mendoza, que también habían cruzado el reparado puente y avanzaban a lo largo de la costa. (Continuará si Dios es servido).