Por Carlos de Bustamante

(Carlos I de España)
Si la narración de Bicoca fuera en película sería preciso advertir de la crudeza de las imágenes que pudieran herir la sensibilidad del espectador.
Y si algún improbable lector fuera de los ancestrales “amigos” … de España, sonreirían de oreja a oreja por ofrecerles en bandeja motivos para componer con la palabra lo que no pudieron por la fuerza en el campo del honor y la batalla. La leyenda negra.
Con el título sólo que sigue, tendrían argumentos suficientes para difundir la bajeza de sus patrañas. Podría no perder un segundo en rebatir tamaña incongruencia, pero no me resisto a enumerar unos ejemplos que, de extenderme, podrían herir al lector amigo que en absoluto los necesita.
Baste pues con dos nombre francés uno e inglés otro, para citar carniceros autores de matanzas que superan con mucho a las de esta narración: Napoleón y Enrique V de Inglaterra en la batalla de Azincourt contra Francia.
Sin entrar más en terrenos que no me incumben y me importan -con perdón- un rábano, prosigo y finalizo Bicoca, de la mano de Fernando González Laínez.
LA MATANZA
Mientras la primera línea de Lautrec quedó inmovilizada en las fosas por el fuego de los arcabuceros imperiales, los franceses adelantaron su caballería hacia el ala derecha enemiga, y cambiaron sus enseñas de cruces blancas por cruces encarnadas, como las que distinguía a los imperiales. De este modo pensaban penetrar furtivamente en el campamento enemigo. Pero la estratagema fue descubierta pronto y Colonna ordenó a los suyos ponerse manojos de hierbas en la cabeza como distintivo, con lo que invalidaba el engaño.
Rechazado Lautrec por la derecha, su ala izquierda, que mandaba su hermano Tomás Fusio, no corrió mejor suerte. El ataque se produjo por la parte donde estaba apostado Sforza con sus regulares milaneses, pero también fracasó. Los franceses retrocedieron y sus pérdidas fueron considerables, aunque lograron mantener la formación y retirar la artillería sin ser perseguidos. Sepúlveda señala: Próspero [Colonna], en efecto, no pretendía una victoria plena a costa de la sangre de los suyos; victoria que estaba seguro de obtener de allí a poco con la retirada de los suizos y la disgregación del ejército [enemigo]; y los acontecimientos le dieron la razón. El cronista Martín García de Cerezeda, testigo ocular de la batalla, relata que la tropa suiza estaba dividida en tres escuadrones: uno de 15.000 hombres, y los otros con 15.000 entre ambos. Prevenido, Colonna atajó este ataque «por do sospechaba que le vendrá el daño», con tres banderas de infantería española, 200 lanzas pesadas y 200 caballos ligeros. Según este cronista, la batalla se entabló acometiendo cada uno do tenía la orden de acometer. El escuadrón suizo de vanguardia fue a buscar el escuadrón de los españoles, que estaba en el centro del dispositivo imperial. Como el escuadrón de los esguízaros 17 comenzase a caminar contra el de los españoles con las picas caladas, la escopetería y arcabucería española comienza a ferir en ellos, de tal suerte que antes de que a las manos viniesen murieron más de 2.000 esguízaros. Se especula con las razones por las que Colonna, desoyendo las opiniones de Pescara y otros comandantes imperiales, no emprendió la persecución del enemigo, lo que hubiera supuesto la completa aniquilación del ejército de Lautrec. Es probable que se debiera a la negativa de los lansquenetes alemanes, descontentos por el retraso de sus pagas; o también a que su jefe, Frundsberg, frenara a sus hombres por miedo a arriesgar una victoria que tenía asegurada, ya que el ejército francés, incluyendo la caballería, estaba casi intacto. En vista de que los lansquenetes rehusaron perseguir al enemigo derrotado, Colonna encargó esa misión a la infantería española y a algunas unidades de caballería ligera, para apoderarse, al menos, de la artillería francesa. Pero el intento se realizó tarde y ya las «Bandas Negras» de Giovanni de Medici cubrían la retirada de los suizos. Eso hizo posible que Lautrec pudiera salvar sus cañones. En total, en Bicoca, intervinieron a sueldo de Francia unos 15.000 suizos que, divididos en dos formaciones, avanzaron contra los imperiales. La mayor fuerza de estos eran unos 4.000 arcabuceros españoles que esperaban el ataque al otro lado de un camino, apoyados por la artillería y protegidos por un talud y una empalizada. Los relatos coinciden en que los suizos se lanzaron valerosamente contra la posición imperial, a pesar de sufrir muchas bajas al cruzar el camino antes citado. Pero superar el talud, que exigía una dura progresión cuesta arriba, se convirtió en una escabechina. La subida rompió el impulso de la carga, y los arcabuceros, repartidos en dos filas (una disparaba mientras la otra cargaba), abatieron a los suizos como si fueran blancos inmóviles. Después de haber perdido veintidós capitanes y unos tres mil soldados —dice Julio Albi— los piqueros se retiran. Los españoles están intactos, y el arcabuz ha probado su eficacia. En cuanto a los suizos, nunca llegaron a recuperarse. En efecto, ya no volvieron a desplegar su famoso vigor. La importancia de aquel día reside en que, finalmente, los suizos fueron curados de su tradicional tenacidad.
ORDEN NUEVA Y SUTIL
En resumen, la batalla de Bicoca fue una receta de éxito defensivo frente a la ofensiva frontal masiva y desprovista de fuego de apoyo. La posición española, muy bien elegida y reforzada con trincheras, dominaba un camino hundido que se convirtió en una trampa para los atacantes. Y la indisciplina de los mercenarios suizos, impacientes por entrar en combate, hizo el resto. Debilitados por la artillería, los suizos llegaron al camino hundido, y mientras se reagrupaban en la base del parapeto para iniciar el asalto, fueron presa fácil para los arcabuceros españoles, que abrieron fuego infalible contra las compactas formaciones enemigas. Los pocos suizos que lograron trepar por el talud hasta la cima se encontraron además con que el parapeto era demasiado alto y estaba fuera del alcance de sus picas.
Así lo cuenta el mariscal británico Robert Montgomery en su Historia del arte de la guerra: Cuando los suizos avanzaron a través de los campos fueron segados primero por la artillería y luego por el fuego de los arcabuceros [que tras hacer fuego se arrodillaban para cargar mientras los de la fila de atrás disparaban]. Los que lograron avanzar hasta saltar el hundido sendero se hallaron atrapados en un matadero y fueron aniquilados a mansalva por los arcabuceros, que estaban situados tan altos sobre ellos, que las picas suizas no podían tocarlos […] hasta que finalmente los piqueros españoles bajaron a acabar con ellos. Murieron unos 3.000 suizos —según el cronista italiano Guicciardini— antes de que Lautrec diera orden a los suyos de abandonar el campo, sin que los arcabuceros tuvieran bajas. Sandoval eleva esta cifra a 10.000, que a todas luces parece exagerada. Otros autores manejan cifras en torno a los 4.000 cadáveres suizos, incluyendo a 14 jefes (entre ellos, Von Stein y Winkelreid) y la toma de nueve banderas. En cuanto a la caballería pesada, los gendarmes franceses tuvieron unos 200 muertos. Las pérdidas imperiales fueron, en comparación, minúsculas. El mencionado Cerezeda dice que murieron 5.000 suizos, entre ellos muchos nobles y oficiales, y estima el total de muertos del ejército de Lautrec en 12.000. Poco después de la batalla, los supervivientes helvéticos emprendieron el regreso a su país y los imperiales tomaron y saquearon Lodi, rindieron la plaza de Pizzighettone y se apoderaron también de Cremona. Los franceses, perdida la esperanza de recibir más ayuda, abandonaron prácticamente todo el Milanesado.
Lautrec no tardó en marchar a Francia para solicitar un nuevo ejército, y dejó a su hermano Lescun al mando de las fuerzas francesas que aún quedaban en el norte de Italia, incluyendo los defensores de los castillos de Milán y Cremona. La victoria de Bicoca tuvo otra consecuencia importante en la política internacional europea, ya que permitió a las tropas imperiales atacar la República de Génova, aliada de Francia, y tras un corto asedio imponer en dicha ciudad un gobierno favorable a Carlos V. Tras perder Génova, los franceses convinieron en rendir el castillo de Milán, cuya guarnición cruzó los Alpes y se retiró a Francia. En cuanto a los suizos, aunque siguieron interviniendo como tropa mercenaria en las guerras italianas, aprendieron la lección de Bicoca y ya no volvieron a combatir con el mismo ímpetu ni a realizar ataques frontales en masa. Guicciardini escribió: Regresaron a sus montañas reducido su número, pero mucho más reducida su audacia; pues es conocido que las pérdidas sufridas en Bicoca les afectaron tanto que, durante los siguientes años, no mostraron de nuevo su vigor acostumbrado. La doctrina militar suiza —ofensiva de picas sin soporte de armas de fuego— quedó superada por la conjunción de picas y arcabuces en un todo flexible, en la que los tercios españoles se revelaron maestros. El triunfo de Bicoca tuvo también un gran impacto psicológico en Europa, debido a la justa fama que la infantería suiza había adquirido desde mediados del siglo XV en el campo de batalla.
Los piqueros helvéticos eran profesionales bien entrenados y muy temidos, cuya táctica combativa innovadora había puesto fin al predominio de la caballería pesada en la guerra, al utilizar eficazmente sus largas picas contra los combatientes a caballo. Luchaban agrupados en cuadros compactos y de gran profundidad, compuestos en ocasiones por varios miles de hombres. Lo que se deduce de la batalla de Bicoca —dice el historiador José Almirante— es la preponderancia incontestable de la infantería española que mandaba Pescara. El marqués, napolitano de nacimiento, aunque totalmente integrado en la visión militar de España, situó a su tropa «con orden nueva y sutil», como dice un cronista, es decir, en orden extenso, delgado y hasta disperso, con fuego vivísimo en dos filas, arrodillándose la primera, para cargar con dispersión luego en guerrilla, y abrasar así por los flancos la densa masa de los esguízaros. De la rotundidad de la victoria, conseguida a costa de muy pocas bajas propias, da cuenta el dato de que «bicoca» sea una palabra incorporada al lenguaje español coloquial con el significado de «cosa apreciable que se adquiere a poca costa o con poco trabajo». Bicoca, en verdad, fue una bicoca para la infantería española.