Memoria histórica. San Quintín (1557). 3

Por Carlos de Bustamante 

(La Victoria de San Quintín, óleo de 2020, de Augusto Ferrer-Dalmau)

Como os decía, mis amigos, ayer, Francia fue durante siglos enemiga   encarnizada de España. Insatisfecho por esta afirmación tan rotunda en la que nuestros vecinos   del Norte no quedaban muy bien parados, recordé, busqué e indagué el motivo de esta secular enemistad. Y lo encontré.

La batalla de Roncesvalles tuvo lugar el 15 de agosto de 778 (según otros autores, en alguna fecha no identificada de 8081), posiblemente en Valcarlos, en las proximidades del desfiladero de Roncesvalles del Pirineo navarro, cuando un gran ejército de vascones emboscaron una parte del ejército de Carlomagno, tras su invasión de la Península ibérica. La batalla ocurrió en el contexto de los intentos de realizar en la zona una Marca Hispánica carolingia, que en el territorio pamplonés se logró únicamente durante 10 años, del 806 al 816.

Cuéntame una historia, abuela.

– Siglos ha que con gran saña,

por esa negra montaña

asomó un emperador.

Era francés y el vestido

formaba un hermoso juego:

capa de color de fuego

y plumas de azul color.

– ¿Y qué pedía?

– La corona de León.

Bernardo, el del Carpio, un día

con la gente que traía,

«¡Ven por ella!», le gritó.

De entonces suena en los valles

y dicen los montañeses:

– ¡Mala la hubisteis, franceses,

en esa de Roncesvalles!

LA DERROTA QUE MARCÓ A CARLOMAGNO

la batalla de Roncesvalles, entre historia y leyenda

Uno de los propósitos frustrados de Carlomagno fue retomar la península Ibérica a los musulmanes. Durante su primera campaña sufrió una derrota que se convertiría en materia de leyenda: la batalla de Roncesvalles. Después de retroceder   en el tiempo, volvemos a   san Quintín.

ATAQUE POR SORPRESA

Al tener noticia de la derrota de Andelot, el condestable decidió montar un ataque decisivo. Se trataba de marchar a San Quintín desde La Fère, forzar el paso del Somme cruzando los pantanos, y penetrar en la plaza. El objetivo final era introducir en la ciudad la mayor cantidad posible de refuerzos y prolongar la defensa hasta que el ejército de Guisa en Italia rompiera la presión del duque de Alba y alterase la balanza bélica en favor de Francia. Decidido a sacar su plan adelante, Montmorency envió el 8 de agosto una potente avanzada de 4.000 infantes y 2.000 caballos para reconocer las inmediaciones de San Quintín. De paso, recibió la noticia (falsa) de que la caballería flamenca de Egmont abandonaría al día siguiente el campo español para dar escolta a las tropas inglesas al mando del conde de Pembroke, que iban a incorporarse al ejército sitiador con Felipe II. Mientras proseguían eficazmente los trabajos de asedio en San Quintín bajo la dirección de Bernardino de Mendoza, el condestable, confiado en que esta vez obtendría la sorpresa, salió de La Fère el 9 de agosto y se reunió en Jussy con el mariscal Saint-André, que marchaba con el resto de la fuerza derrotada el día 5 en el intento de socorro a la plaza. El grueso del ejército francés inició la maniobra de acercamiento en la noche del 9 de agosto y tras una marcha agotadora se plantó ante San Quintín al amanecer, sin que el ejército hispano cediera en el asedio a la ciudad. En la mañana del 10 de agosto (día de San Lorenzo), la artillería francesa rompió el fuego sobre el campo español, y Andelot, deseoso de desquitarse de la reciente derrota, pidió mandar directamente la tropa que acudía en auxilio de San Quintín. Antes tuvo que cruzar el Somme en barcas, reunidas con dificultad, y tomar el molino de Gouchy, defendido por dos compañías de españoles al mando de los capitanes Diego de Hoyos y Juan Pérez. Logrado el objetivo en poco tiempo, Montmorency consideró asegurado su flanco derecho y eliminada la amenaza que suponía el Arrabal de la Isla en San Quintín, que estaba en poder de los españoles.

El condestable creía haber logrado la sorpresa. Pensaba que la caballería flamenca del conde de Egmont se había unido al ejército en el que avanzaba el rey español, situado más al norte, y que el estrecho puente de Rouvroy, el único cercano sobre el Somme, no permitiría al ejército del duque de Saboya cruzar con la rapidez necesaria a la ribera por la que avanzaban los franceses. La realidad, sin embargo, era diferente. Adivinando las intenciones de Montmorency, Filiberto de Saboya había hecho cruzar sigilosamente el Somme (con el caudal disminuido por un verano sin lluvias) a la caballería de Egmont para impedir que los franceses cortasen la comunicación con Rouvroy. Además, había construido otro puente provisional fuera del alcance de los observadores franceses, lo cual permitió a todo su ejército cruzar el río en muy poco tiempo. Felipe II parecía mostrarse ansioso por intervenir a la cabeza de las tropas, y ordenó al duque de Saboya que esquivase el combate hasta su llegada. Si fuese inevitable dar batalla —le dijo—, debía avisarle con prontitud para que pudiera llegar a tiempo a la contienda. Es importante considerar que la batalla propiamente dicha fue librada por un número similar de fuerzas: unos 22.000 hombres (15.000 infantes y 7.000 caballos) por parte española, y 26.000 franceses. Aunque el ejército de Filiberto de Saboya contaba con más efectivos, una gran parte de estos se mantuvieron inmovilizados por tener que atender al cerco de San Quintín, aunque es verdad que hubieran podido emplearse de haber sido necesario. En cuanto al contingente inglés, llegó a San Quintín después de la batalla y apenas participó en el asalto.

 

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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