Por José María Arévalo

(Bustos de Gregorio Fernández en la sacristía de san Miguel y san Julián)
Fui hace unos día con unos amigos a visitar el Convento de Santa Isabel -ya les contaré, está justo enfrente de la iglesia de San Agustín, ahora convertida en archivo municipal, y con el Museo Patio Herreriano en un lateral- que celebra este año el quinientos aniversario de su fundación y ofrece visitas guiadas, y, como acabamos cerca de las doce, a la salida nos fuimos a oír misa a la iglesia de san Miguel y san Julián, muy próxima. En ella nos llevamos la sorpresa de que un cartel nos ofrecía la visita a un “pequeño museo” en la sacristía, pagando la módica entrada de 1 euro. Ya no nos daba tiempo a verlo pero quedamos emplazados, y días después nos presentábamos media hora antes de la misa.
Efectivamente, el templo vallisoletano exhibe estos días, hasta el 26 de marzo, ocho bustos-relicarios de Gregorio Fernández, que habitualmente apenas se pueden ver, pues están colocados en lo más alto de la llanada “capilla de relicarios”, sita en uno de los ángulos de la sacristía, y que fueron bajados y prestados a Las Edades del Hombre para su exposición en la reciente muestra de Plasencia. A su regreso han sido colocados casi a ras de suelo, en medio de la sacristía, donde puede ser admirados de cerca. Precisamente cuando entramos nosotros a verlos estaba haciendo el dibujo de uno de los bustos, sentado en una silla justo delante, mi amigo y compañero el pintor vallisoletano Miguel Pascual Aranda, que nos comentó que lo preparaba para un lienzo de su colección de figuras religiosas; por cierto le dí la enhorabuena por la selección de una de sus obras para el premio ACOR, un singular primer plano del velazqueño Inocencio X, que puede verse estos días en la sala municipal de las Francesas -como también comentaremos en estas páginas-.
El Diario de Valladolid, que comentaba también esta exposición de los bustos-relicarios de Gregorio Fernández, señalaba que la iglesia de san Miguel y san Julián “es, a decir del Doctor en Historia del Arte Jesús Urrea, el «tercer museo de Valladolid de Bellas Artes y arte religioso» por la calidad y cantidad de las obras que atesora; sirva lo que a continuación se relata como ejemplo: estos días y hasta finales de marzo, en su sacristía, la iglesia de San Miguel y San Julián exhibe a la vista de cuantos lo deseen ocho bustos relicarios surgidos, a comienzos del siglo XVII, de las manos «del más importante artista que tenía la ciudad»: Gregorio Fernández.
La parroquia ha descendido a pie de suelo a San Gregorio, San Ambrosio, San Agustín, San Basilio, San Juan, San Jerónimo o San Atanasio. «Son los Padres de la Iglesia», advirtió durante la presentación el párroco del templo, Javier Carlos Gómez. Las tallas policromadas formaron parte de Transitus, la exposición que la Fundación Las Edades del Hombre organizó en 2022 en Plasencia. Terminada la muestra de arte sacro, el templo ha decidido brindar la oportunidad de poder contemplar, a escasos centímetros, la riqueza de las tallas, seis de las cuales descansan habitualmente en las alturas de la sala relicario del templo, mientras que las otras dos lo hacen en los laterales del retablo principal.
«Estas obras son ejemplo de ese primer estilo monumental de Gregorio Fernández: tienen una corporeidad muy potente, con unas manos increíblemente trabajadas, con una fisonomía muy variada», advirtió Urrea, que situó en la segunda década del 1600 la fecha de su ejecución.
El que fuera director del Museo Nacional de Escultura, catedrático emérito de Historia del Arte de la Universidad de Valladolid, don Jesús Urrea -que impartirá una conferencia en la iglesia sobre los bustos y la capilla-relicario, el jueves 16 de marzo a las 19.30 horas- recordó que fue la Compañía de Jesús –a ella pertenecía el antiguo templo– la que, siguiendo el Concilio de Trento, impulsó el culto a los santos y a los mártires –y a las reliquias, al contrario que los reformistas protestantes–. «Se pensó en un monumental relicario que hubiera sido único en España, aunque no salió adelante», explicó Urrea. En su lugar, apuntó el experto, se optó por una opción más íntima como la que representó a estos «continuadores de los Evangelistas», a quienes Gregorio Fernández imaginó desplegando «todas sus capacidades».
Ocho relicarios
La representación escultórica llevada a cabo por Gregorio Fernández que se custodia en la sacristía de San Miguel y San Julián cuenta con representación de Padres de las Iglesia griega y latina y son tallas de una «gran calidad técnica y elegancia iconográfica». Por parte de la Iglesia Griega se muestran San Atanasio de Alejandría, San Basilio El Grande, San Gregorio Nacianceno y San Juan Crisóstomo, mientras que San Gregorio Magno, San Ambrosio de Milán, San Jerónimo de Estridón y San Agustín de Hipona, se erigen como símbolo de la iglesia latina.
Estas obras fueron realizados en la primera mitad del siglo XVII para formar parte de una capilla que constituye uno de los conjuntos que mejor manifiesta la religiosidad contrarreformista, con el culto a los santos y la exaltación del martirio como manifestación de fe.
Tras el fin de esta actividad, antes de Semana Santa, los ocho bustos regresarán a la parte alta del relicario y a los retablos, lugares para donde fueron realizados. Es una pena, porque en su emplazamiento habitual apenas pueden verse. Si puedo asistir a la conferencia del doctor Urrea propondré en el coloquio que los bustos se mantengan abajo, en la sacristía, donde hay espacio más que suficiente. Tengo buena experiencia de estas intervenciones de Urrea que permiten mejorar las instalaciones de nuestras parroquias, pues en otra parecida, en la iglesia de Santiago, en que explicó los últimos cambios introducidos a propuesta suya, en el coloquio me quejé del exceso de mármol blanco del altar sobre un retablo de madera dorada, y pocos días después la parroquia colocó un frontal dorado en el altar mayor, que lo ha mejorado mucho.
Urrea es uno de los mayores expertos en la figura de Gregorio Fernández, ha sido director del Museo Nacional de Escultura, adjunto al Director del Museo del Prado, y director del Museo Casa de Cervantes y del Museo de la Universidad de Valladolid, entre otras responsabilidades.
El retablo de la iglesia de San Miguel y San Julián
De la iglesia de San Miguel y San Julián escribí en estas páginas un artículo el 30 de enero de 2014 que titulaba “Rincones con fantasma. 40. La Real iglesia de san Miguel y san Julián”, que todavía puede verse en https://www.periodistadigital.com/tresforamontanos/20140130/rincones-con-fantasma-40-la-real-iglesia-689403952647/ pero veo ahora que no entraba en los autores de las estupendas tallas que posee, por lo que voy a completarlo señalando que el retablo, de finales del siglo XVI, muestra una estructura similar al del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, presentando banco, dos cuerpos y ático y cinco calles separadas por columnas jónicas en el primer cuerpo y corintias en el segundo, y es obra de Gregorio Fernández y de Adrián Álvarez. Fernández realizó el sagrario y tabernáculo que se encuentra en la calle central, en el primer cuerpo. Encima, en el segundo cuerpo, se halla una escultura de San Miguel también obra de Fernández junto con las cuatro esculturas de las dos calles de los extremos del retablo, talladas para el retablo de la antigua iglesia de San Miguel y colocadas aquí en 1775. Igualmente realizó las triunfales esculturas de San Miguel y San Gabriel, colocadas en la embocadura del presbiterio. Álvarez talló los relieves sobre la vida de Jesucristo (Nacimiento, Presentación en el templo, Resurrección y Venida del Espíritu Santo). Coronando el retablo, se encuentran los escudos de los Condes de Fuensaldaña, patronos del templo.
Los Condes de Fuensaldaña, patronos del templo, se encuentran enterrados en un nicho cuya arquitectura realizó Francisco de Praves hacia 1611, situado en un lateral del presbiterio. Las figuras de los condes, en oración y arrodillados en sus reclinatorios, fueron labradas en alabastro por Gregorio Fernández hacia 1620, una de las pocas realizadas por “la gubia del barroco” en este material. También son de Gregorio Fernández las esculturas de San Ignacio y San Francisco Javier de los dos retablos colaterales, de idéntica factura, realizados en 1613 por los ensambladores Cristóbal, Francisco y Juan Velázquez. Los dos retablos se destinan a relicarios y contienen numerosos bustos de santos obra también de Gregorio Fernández.
Igualmente es suyo, una de sus últimas obras, el yacente de la capilla llamada “de la buena muerte”, la primera de la línea derecha de la iglesia, mirando al altar mayor.