Ataque a Amberes (1584). 4

Por Carlos de Bustamante

(Alejandro Farnesio, gobernador de los Países Bajos españoles. Retrato de Otto van Veen)

Por lo narrado hasta el presente, mis amigos habrán podido comprobar que la de España fue la mejor Infantería del mundo. Y esto fue así porque a inmejorables vasallos ´hubieron´ buenos señores. No me refiero solo a reyes o emperadores, ni a los grandes capitanes que la historia-excepto la leyenda negra, ¡que de historia nada! – ya ha hecho justicia, sino al soldado desconocido que, uno más de los Tercios u otras unidades, desde el anonimato derramó su sangre. La que, con generosidad heroica, hizo de España la nación más poderosa del mundo durante siglos.

Temida, honrada y respetada durante los siglos del -V- al -X-, o Alta Edad Media. En mayor medida, si cabe, temida, honrada y respetada durante la plena Edad Media: siglos-XI- al -XIII- Y Por sus bravos, temida, honrada y respetada durante la baja Edad Media siglos -IV- y -XV-, España dio a conocer al mundo grandes personajes y capitanes de leyenda.  Porque resultaría prolijo citar todos, dejo a mis amigos añadir a la lista sólo algunos de los muchos que fueron  durante ñs épocas dichas  asombro del mundo:  Gonzalo Fernández de Córdoba (el Gran Capitán), Fernando Álvarez de Toledo (Duque de Alba), Hernando de Acuña, Bernardo de Vargas Machuca, Diego García de Paredes, Fernán Pérez del Pulgar, Alejandro Farnesio…  Don Juan  de Austria….

SE RINDE BRUSELAS

Cuando finalizaba la construcción del puente Farnesio, la ciudad de Bruselas, capital de los Países Bajos y residencia de los gobernadores generales, que llevaba también varios meses sitiada, inició negociaciones para capitular. Al desánimo de los bruselenses por la caída de Gante y Vilvorde se unieron el hambre, la agitación de los católicos-realistas de la ciudad partidarios de la rendición, y el desengaño de los calvinistas, porque la ayuda prometida por el rey de Francia, Enrique III, no llegaba.

La capitulación de Bruselas se firmó el 10 de marzo de 1584 en Beverem, donde el príncipe de Parma tenía instalado su cuartel general. Pocos días después se rindió también a los españoles la ciudad de Nimega, capital de la provincia de Güeldres, lo que animó a Farnesio para intentar tomar Ostende. El asalto se inició el 29 de marzo. Los tercios entraron en la ciudad, pero la guarnición se refugió en la fortaleza, que estaba dispuesta a resistir, y el jefe de los sitiadores, La Motte, marchó a Brujas para conseguir la artillería necesaria. Pero en su ausencia cambiaron las tornas, porque los de Nimega contraatacaron y consiguieron expulsar de la ciudad a los atacantes. Cuando La Motte regresó con la artillería, la ciudad había pasado de nuevo a manos de los orangistas, aunque, como escaso consuelo por la pérdida, el capitán Juan de Namur, responsable del fracaso, sufriera un severo castigo. Entretanto, el dogal sobre Amberes se iba apretando y los calvinistas que mandaban en la ciudad —perdida ya la esperanza de una intervención francesa— pidieron ayuda a las provincias rebeldes del norte de los Países Bajos. Para el socorro se organizó una flota de más de 200 navíos mandada por Justino de Nassau, hijo natural de Guillermo de Orange, apodado el Taciturno, que el 4 de abril penetró en el Escalda y bombardeó el fuerte de Liefkenshock, del que se apoderó con facilidad. En castigo y escarmiento general por la escasa resistencia mostrada, al capitán valón que mandaba la guarnición le fue cortada la cabeza delante de la tropa. La pérdida de Liefkenshock era importante, ya que permitía cañonear el puente Farnesio si Nassau adelantaba su artillería por el dique que iba desde ese fuerte hasta el puente. Una posibilidad que se frustró para los orangistas, porque los españoles consiguieron improvisar un reducto durante la noche que detuvo al enemigo. No obstante, la situación se presentaba comprometida para los sitiadores, porque los fuertes ocupados por el enemigo le permitían navegar el Escalda y llegar hasta el puente construido por Farnesio.

EL BARCO INFERNAL

Conscientes del grave momento por el que atravesaba el campo español, los defensores de Amberes proyectaron asestar un golpe por sorpresa contra el puente empleando un arma secreta: barcos-mina cargados de explosivos destinados a estrellarse contra la obra. El gobernador Marnix y Justino de Nassau acordaron la voladura del puente para la noche del 8 de abril. Una vez producida la explosión, los barcos de Nassau pasarían por la brecha abierta hasta Amberes con socorros para la ciudad. Decididos a que el puente no se terminara, los de Amberes contaban con la inventiva del ingeniero italiano Federico Giambelli, un creador de artilugios militares que había ofrecido sus servicios a Felipe II y fue rechazado por sus simpatías calvinistas. Finalmente, Giambelli pudo contar con cuatro de estos barcos-mina, además de 30 barcazas o embarcaciones menores armadas que tenían la misión de iluminar el río Escalda y distraer a la fuerza sitiadora mientras las naves con sus explosivos se encaminaban al objetivo.

El funcionamiento de los barcos-mina era sencillo y mortífero. Se trataba de unos buques enormes, de altísimo bordo y quilla plana, con madera de mucho espesor. Estas máquinas infernales llevaban una mina especial y gigantesca en una cavidad de ladrillos y cal, cerrada a manera de bóveda, con grandes piedras cortadas de modo que encajaban en ángulo, para que el efecto de la explosión fuera mayor. Giambelli rellenó el conjunto con pólvora muy fina y añadió balas, cadenas, piedras, garfios y trozos de metal. La mina iba recubierta con maderos unidos por grapas de hierro. Una vez iniciada la navegación con su letal cargamento, los barcos debían ser empujados y dirigidos hacia el puente con las mechas prendidas, mientras las embarcaciones que los guiaban se alejaban rápidamente antes de que se produjera la explosión. Para hacer estallar las minas, Giambelli empleó dos procedimientos. Una mecha de tiempo y un mecanismo que ponía en movimiento unas ruedas de acero que en un momento dado rozaban un trozo de pedernal. Las chispas producidas prendían un reguero de pólvora que provocaba la explosión. En la noche elegida para el ataque, los cuatro barcos cargados de explosivos sufrieron distinta suerte. Uno se fue al fondo del río Escalda, dos fueron arrojados por el viento contra la costa y encallaron, pero el cuarto consiguió enfilar el puente, atravesó la muralla de embarcaciones que servían de parapeto y siguió avanzando con su carga infernal. Una vez prendidas las mechas y revisados los mecanismos, los tripulantes del barco cargado de explosivos y metralla saltaron a los esquifes tras dejar la nave enfilada al objetivo.

Entretanto, el príncipe de Parma iba de un lado a otro del puente, incitando a extremar la vigilancia. Los espías le habían advertido de que el enemigo preparaba algo «gordo», aunque no sabían exactamente de qué se trataba. Cuando, reunido en el puente con sus oficiales, el capitán general vio avanzar a la flotilla cargada de pólvora en la oscuridad de la noche, guiada por las luces de las barcazas, fue alertado por un alférez de ingenieros llamado Alonso de Vega, quien sospechó de aquel extraño convoy y rogó a Farnesio que se apartase del lugar. El jefe español accedió a regañadientes al requerimiento del alférez y se retiró al fuerte de Santa María, uno de los dos que custodiaban los extremos del puente.

Os dejo, mis amigos, con el `suspense´ que continuará y desvelaré en el próximo si Dios es servido.

 

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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