Por Carlos de Bustamante

(Sitio de Cartagena de Indias, por José Ferré Clauzel)
Para los que, cursando la carrera de las armas tenemos además preclara ascendencia en marinos ilustres de la Armada Española, nos resulta especialmente grata la narración -demasiado escueta, en mi opinión, en estos Vientos de Gloria de Fernando Martínez Laínez- del impresionante héroe, sin paliativos, que fue en la defensa de Cartagena de Indias Blas de Lezo. Su verdadera historia, es el relato de toda una época; La Guerra de Sucesión, un conflicto donde se formó como militar y recibió las heridas más graves; El resurgir de la Armada en s. XVIII, que analiza la transformación durante el reinado de Felipe V; Las consecuencias del Tratado de Utrecht, que explica el contexto de la época y la lucha por los enclaves estratégicos como Gibraltar y Menorca en el Mediterráneo, el comercio con las Indias; el corso y el contrabando, que expone las principales rutas marítimas, la lucha por el control de los océanos y los conflictos con el resto de potencias. En todo esto, y más intervino Blas de Lezo.
PREMEDITACIÓN
Casi tres meses antes de la declaración de guerra británica, el almirante Edward Vernon había salido de Portsmouth al mando de una escuadra de nueve navíos rumbo al Caribe con el objetivo de arrasar el puerto de La Guaira, en Venezuela, conquistar Portobelo y tomar Cartagena, para, desde esta ciudad, penetrar por el río Sinú y cortar el istmo de Panamá. La operación pretendía dislocar la unidad territorial y política de la América hispana y alcanzar el Perú por la costa del Pacífico. Advertido el gobierno español de los preparativos bélicos de Gran Bretaña, y dando por sentado que Cartagena de Indias sería objetivo principal, comenzó también a tomar medidas. El 20 de agosto de 1739 nombró virrey de Nueva Granada a Sebastián de Eslava, un curtido y competente militar, quien, por desgracia, terminaría llevándose muy mal con Blas de Lezo, aunque ambos hombres colaborasen valerosamente en la heroica defensa de 1741.
Mientras se aceleraban los trabajos de defensa de Cartagena, la escuadra de Vernon cruzó el Atlántico y se lanzó contra La Guaira, pero el ataque fue rechazado. El almirante inglés, entonces, arremetió contra Portobelo, en el istmo de Panamá, y tomó la ciudad, defendida solo por un destacamento de 35 hombres. Fue una pequeña victoria que se festejó en Inglaterra con pomposa alharaca oficial, medallas conmemorativas y monedas acuñadas especialmente para la ocasión. Una con la efigie del almirante y la leyenda «Vernon Semper viret» («Vernon triunfará siempre»), y otra que decía: «La arrogancia española humillada por el almirante Vernon». En esta última, Blas de Lezo aparecía con las piernas y los dos brazos intactos, para no dar la impresión de que los británicos habían vencido a un lisiado. Cuando Vernon tomó Portobelo envió un mensaje a Blas de Lezo, en el que le proponía la rendición de Cartagena.
El almirante español le respondió con otra carta en términos de total desprecio. Arrasada Portobelo, Vernon se dirigió a Jamaica, en espera de refuerzos para ejecutar el vasto proyecto que Londres le había encomendado y que, en sustancia, consistía en crear una gran tenaza estratégica con dos flotas, una en el Caribe y otra en el Pacífico, que debían ocupar el istmo de Panamá y asestar una estocada mortal a la hegemonía española en América. INTENTOS ANTERIORES Desde Jamaica, Vernon había atacado ya Cartagena de Indias en dos ocasiones anteriores al asalto definitivo de 1741. La primera fue el 13 de marzo de 1740, con una escuadra de ocho buques mayores y tres auxiliares.
Cuidando de no ponerse al alcance de las baterías defensoras, el almirante británico bombardeó la plaza, pero no se atrevió a desembarcar cuando Lezo situó en tierra algunos cañones gruesos de su nave capitana. El 3 de mayo de ese mismo año, Vernon volvió con una escuadra mayor —13 navíos y una bombarda—, pero de nuevo Lezo frustró el ataque inglés, porque, según el historiador militar Juan Manuel Zapatero, había dispuesto en Boca Chica a sus navíos de manera, que, con sus fuegos, cogieran a los ingleses dentro de un campo de tiros largos y cortos, en cuyas paralelas de fuego, los navíos de Vernon quedaban cerrados y sorprendidos, obligándole al abandono de sus propósitos. Pero para Gran Bretaña, el gran juego estratégico encaminado a eliminar a España de América solo había comenzado.
En julio de 1740 salía de Inglaterra una poderosa escuadra al mando del almirante Chaloner Ogle, compuesta por 21 navíos de línea y 170 embarcaciones menores, con un cuerpo de desembarco de 9.000 hombres que mandaba el general Cathcart. La partida de la enorme fuerza hizo sonar las alarmas en España y fue rápidamente notificada a Cartagena de Indias. La escuadra de Chaloner Ogle debía unirse en Jamaica a la de Vernon. Y, entretanto, otra escuadra, bajo el mando del comodoro Anson, bordeó el litoral sudamericano. Tras doblar el cabo de Hornos, remontó la costa peruana y chilena hasta entrar en el golfo de Panamá. En este recorrido, los navíos de Anson se apoderaron del Galeón de Manila Nuestra Señora de Covadonga, que pasó a manos inglesas con toda su valiosa carga. Cuando Vernon se situó frente a Cartagena, la escuadra británica estaba formada por ocho grandes navíos de tres puentes; 28 navíos de 50 a 60 cañones; 12 fragatas de 20 a 40 cañones, dos bombardas y 139 embarcaciones menores y de transporte, con 2.070 cañones. Estas naves, que tripulaban 12.600 marinos, conducían un cuerpo de ejército de 8.000 soldados de tropa escogida, 2.000 auxiliares y unos 1.000 operarios negros, que mandaba el general Thomas Wentworth. En total, casi 24.000 combatientes a bordo de la mayor flota de guerra que surcó el océano Atlántico hasta la Segunda Guerra Mundial.
En la fuerza de desembarco británica —de acuerdo a datos que aporta el profesor José Manuel Rodríguez— había unos 4.000 voluntarios reclutados en las colonias norteamericanas y atraídos por el fabuloso botín que esperaban encontrar, que intervinieron poco en los combates y perecieron en su mayor parte por la malaria, el cólera y el escorbuto. Uno de los jefes de este contingente era Lawrence Washington, hermanastro del que luego sería líder de la independencia de Estados Unidos, George Washington. A esta fuerza naval y terrestre los españoles oponían en Cartagena otra formada por 12 compañías del regimiento de infantería Aragón; 12 compañías del regimiento de infantería España, y otras 12 formadas con piquetes de los regimientos de Toledo, Lisboa y Navarra; 9 compañías del batallón Fijo de la Plaza; cinco compañías de milicias vecinales; 80 artilleros, seis compañías de tropas de Marina y 600 indios traídos del interior. En total, unos 2.800 hombres, de los cuales unos 2.200 eran «fuerza veterana».
Los sitiados solamente tenían unas 3.300 libras de pólvora y las baterías disponían de un promedio de diez proyectiles por cañón. La guarnición había quedado diezmada antes del ataque inglés por la epidemia de fiebres tropicales y vómito negro, pero la plaga y la pestilencia provocadas por los cadáveres arrojados por los ingleses a la bahía durante el sitio causaron estragos mucho mayores. La defensa española estaba dirigida por el teniente general y virrey de Nueva Granada, Sebastián de Eslava; el gobernador interino de la plaza, coronel Melchor de Navarrete; y el teniente general de la armada, Blas de Lezo, quien tenía bajo su mando directo a una pequeña escuadra de seis navíos, con el San Felipe, de 80 cañones, como nave capitana. Lezo era, además, comandante general de «navíos, castillos y demás fortificaciones». En definitiva, lo que Lezo pretendía sobre todo era ganar tiempo. Sabía que sus mejores aliados en la batalla que se avecinaba eran el calor, el paludismo y la fiebre amarilla, que acabarían con los ingleses si el asedio se prolongaba más de seis o siete semanas. Sus cálculos resultaron exactos.