Por Carlos de Bustamante

Continuamos con el décimo sexto de los chascarrillos de Luis Esquiroz Medina. Pero permitidme antes un comentario: Tenía mi padre una preciosa escopeta del doce con cañones de monte cortos para` abrir el tiro´ en lo más intrincado del monte en un robledal espectacular.
En franca mejoría de la mixomatosis que causó estragos en la superpoblación de conejos; en plenas facultades ya, pasaban de una mata a otra como exhalaciones. Los disparos a `tenazón´ y con el perdigón adecuado, detenían con relativa frecuencia la carrera de los que, libres de una enfermedad, recibían otra más mortífera aún de dos cazadores imberbes con una sola escopeta ¡del doce!
Ni con las menguadas propinas de un año entero podían comprar otra. Tras mil y una maquinaciones para fabricar una artesanal, llegaron al sabio convencimiento de que, sin remedio, estaban condenados a cazar por turno con una sola escopeta.
Estaban los dos hermanos cazadores en los intensos tejemanejes de poner la culata con madera de chopo a un tubo de hierro, cuando el cachicán de la labranza familiar, casualmente pasó por el `taller´ de los avezados… maestros armeros. Recibidas las explicaciones del ambicioso proyecto, le aseguraron ser tosco, pero de tanta eficacia como la del doce.
Surgió la sorpresa: `Tengo yo una del dieciséis superiorona que, anque una miaja deteriorada, siempre será mejor que estos alamares que estáis hiciendo´. Los dos preguntaron a la vez: -¿y nos la deja?
-¡Quihacer, ¡que mira tú quihace colgada en la cocina desde quisió el tiempo!, dijo a los que le miraban con los ojos como platos. Tenía un caño reventado; pero el otro intacto. Tiraron con desprecio los alamares que estaban haciendo y con media docena de cartuchos del dieciséis que también les `entriegó´,de inmediato salieron de caza ¡con una escopeta `cadauno´! y la emoción que no les cabía en el pecho.
Pero de lo que aquí se trata, es de “una batida de conejos”. Nuevo chascarrillo que nos narra Luis Esquiroz Medina, a quien Dios tenga en su gloria, y que a continuación transcribo.
“Allá por mediados de este siglo, por toda la zona pirenaica se extendió una epizootia denominada Mixomatosis, epidemia procedente de Francia y que afectó terriblemente a la gran familia conejil, produciéndoles, creo recordar, entre otras cosas la inflamación de la cabeza, el abultamiento de los ojos con la consiguiente ceguera y al final la muerte; pero no sin antes darles tiempo a propagar la epidemia, lo que trajo consigo la casi extinción de la familia roedora, tanto de monte como casera.
Dada la peligrosidad que pudiera acarrear el consumir carne de estos bichos infectados y en evitación de posibles complicaciones en la especie humana, se implantó la veda para el conejo, prohibición que duró varios años.
Esta veda prolongada y conseguida la eliminación de la plaga, ocasionó que, con la gran proliferación de estos animales, no solo se repusiera, sino que aumentara la población de una forma tan brutal, que por algunas partes llegó a ser una pesadilla, pues no respetaban ninguna clase de cultivos, cayendo en la huerta como una verdadera plaga, razón ésta que animó a varios alcaldes a recabar del Gobernador Civil la correspondiente autorización para levantar la prolongada veda y poder hacer algunas batidas con el fin de equilibrar un poco la superabundancia de conejos. Una de las zonas más castigadas por el ataque masivo de los roedores, fue la del N. de la Hoya de Huesca, al pie de las Sierras de Loarre, Caballera y Gratal, por lo que fueron los labradores de esta comarca los que se encargaron de la organización de una partida de caza para el día de la Virgen, invitando, para conseguir más fuerza, a las primeras autoridades provinciales, que prometieron su asistencia.
Con la mejor intención y en el ánimo de que resultara perfecta, decidieron por unanimidad, pedir su colaboración y organización a Don Hipólito, Sargento retirado de la Guardia Civil. Caballero intachable, gran conocedor de la topografía de la comarca y de la ubicación de todas las especies genéticas, así como de sus usos y costumbres. No en balde durante muchos años fue el Cabo Jefe de puesto de la Benemérita en un pueblo al pie de la sierra.
Don Hipólito, altruista como siempre, accedió gustoso y tomándolo con gran interés, hizo un estudio de las zonas, los bebederos más concurridos y las huertas más atacadas, montando a continuación la “Operación Yunque Martillo» con el dispositivo de un cordón de puestos de tirador a la espera, perfectamente enmascarados, de amplios campos de tiro despejados y de magnífica rasancia.
Un verdadero ejército de ojeadores disciplinados y perfectamente instruidos para el rastrilleo, levantarían la caza y la empujarían hacia los puestos. Todo estaba previsto y organizado: las listas de los cazadores, los números de los puestos para el sorteo, guías para conducir a los tiradores, puesto de socorro, etc. No le faltaba más que su equipo personal y su armamento.
Tenía Don Hipólito una escopeta de un solo cañón de ánima lisa, con perrillos exteriores, de avancarga y digna de figurar en un museo. Muchos han sido los cazadores que al conocerla y enamorados de ella, le habían ofrecido, una del último modelo además de unos miles de pesetas, pero para él, la escopeta no tenía precio, la mimaba con un cariño especial y siempre la tenía engrasada y a punto. Esta vez preparó, si cabe con más precisión, la composición de la pólvora con nuevos aditamentos para que fuera más vivaz, lo mismo que los distintos tipos de perdigones que podría utilizar. Sin duda, éste sería su gran d(a.
Por fin llegó. Desde muy temprano los invitados ocuparon los puestos y Don Hipólito dio las últimas instrucciones: guardar absoluto silencio desde que se oyeran los ojeadores y no disparar nadie hasta que él con su disparo diera la señal.
La cacería ha comenzado; los tambores de lata rompen el silencio de los montes, pronto se vieron aparecer por todas partes, acercándose atrevidos, la masa de conejos, todo son saltos y carreras ininterrumpidas; la gente se inquieta, la señal no suena. ¡A qué esperará!
¡¡ jBuuunnn!!!
Un gran estrépito acompañando a una fuerte llamarada rojiza y densa humareda procedente del puesto del veterano Guardia Civil, fue el principio de un intenso tiroteo que fue decayendo hasta finalizar con algunos «pacos».
Al término, de todas partes surgía la misma pregunta:
— ¿Ha caído? ¿Ha caído?
— ¿Cuántos?, ¿Cuántos?
— ¿Cuántos han caído?
Al disiparse el negro humo pudo verse a nuestro veterano guardia, de pie en su puesto, el escopetón tendido sobre la tierra del parapeto; su cañón rajado y retorcido, parecía una palmera abatida por el viento. El curtido miembro de la Benemérita, fiel a su espíritu, giró en dirección a donde se encontraba el puesto de tirador del Teniente Coronel Jefe de la Comandancia, mientras con una mano levantada a su frente con cuatro dedos estirados replegando el pulgar tras la palma, con la otra señalaba su ensangrentada boca de vacías encías, informando:
— ¡¡Fii, fii!! ¡¡Han caído, fii!! ¡¡Darriba, todos; dabajo cuato!! Genio y figura….