Chascarrillos militares. 19. La badina 

Por Carlos de Bustamante

Continuamos “los Chascarrillos militares” que escribiera en su día, antes de fallecer, mi amigo  Luis Esquiroz Medina, con el decimonoveno, “La badina”. Él mismo aclaraba que “badina” es un remanso natural de los ríos de montaña poco profundos, especie de pileta de mediana profundidad horadada generalmente en la roca, originada por remolinos o cambios de dirección del curso o golpes del agua por desnivel.

Y antes de reproducir el chascarrillo, mi introducción: Perdóname, querido Luis, que me inmiscuya en tus chascarrillos. He cogido el gusto a los dos primeros y ya me cuesta dejar de tocar la tecla, sin el recreo de narrar otras batallitas. Como ahí donde tú estás se te han dado toda clase de virtudes   sin padecer mal alguno, te ruego que, con un don muy superior al resto de los mortales, no seas demasiado severo en tu juicio de lo que, pisando donde tú lo haces, me introduzca en tus chascarrillos, encima sin permiso.

Como en el mar, donde allá a lo lejos parecen juntarse cielos y aguas, sucede -con cielos y tierra- en la infinitud del páramo de La Parrilla, noble pueblo de la provincia de Valladolid, con claros vestigios de los indios quechuas que lo poblaron durante siglos  por donación expresa de la Reina Católica.

En los inicios del progreso en el campo, fueron los parrillanos los que, horadando   secarrales del páramo, sacaron de la panza de él, la bendición del agua. Salvo este alumbramiento, el entorno de La Parrilla es del más puro secano. Tanto es así que muchos de sus habitantes nunca conocieron otro caudal de agua que el de sus pozos, tenebrosos en la profundidad.

Don Romualdo era parrillano.  Destinado a la parroquia de Villavaquerín, tuvo hasta su fallecimiento el curato de la Dehesa de Peñalba `la Verde´, de la que tantoles he hablado en estas páginas. Allende los mares para él, y simples meandros en el curso medio del padre Duero para quienes habían de atravesarlo cada domingo desde la Dehesa a Peñalba para oír la santa misa.

Se volvieron las tornas.  Vaciada Peñalba, supuso para don Ramón el horror de los horrores, atravesar en barca la mar oceana para decir la misa en la Dehesa. Nueva parroquia. Curato. Arrebujado en los pliegues de la sotana. Rezaba cuantas jaculatorias sabía en su muy amplio repertorio. Para quien era del más puro secano,  la vuelta al mundo de la nao Victoria, había sido superada.

Dicho lo cual, vamos ya al texto de mi amigo. La cita que encabezaba, como de costumbre, este chascarrillo era de Arnold Lunn: “Envidio a los que son capaces de recordar su primera visión de las montañas”.

Y añadía el texto del chascarrillo:

“Era a primeros de julio de 1947, cuando la Escuela Militar de Montaña se preparaba para la” Marcha Grande”. La que así era conocida por los alumnos y tropa, la que hacía todos los años al final de los cursos de Aptitud y Diploma para el mando de tropas de Esquiadores Escaladores, como compendio y aplicación de todas las técnicas enseñadas durante el curso, viviendo intensamente el ambiente de Montaña en zonas de difícil acceso, soportando cuantas inclemencias        meteorológicas se presentan en los quince o veinte días que dura el recorrido. Conociendo los problemas de estacionamiento en vivac y de los servicios en zonas de poquísimas y difíciles comunicaciones además de escasos recursos.

Aquel año consistió en una travesía por el Pirineo, desde Candanchú hasta Fuenterrabía, efectuando reconocimientos a los Valles del Veral, Irati, Valcarlos y Baztún. Para ello se organizaron dos Columnas de Marcha: A y B.

A) Constituida a base de: Profesores y alumnos de los Cursos, Compañía de Esquiadores, Sección de Destrucciones y Sección de Reconocimiento de Zapadores, o sea todos los hombres especializados.

B) Constituida por todo el resto de las Unidades de Instrucción de la Escuela tanto de Infantería, Ingenieros, Artillería, etc.

Formando parte de la Sección de Reconocimiento había un Cabo, majo mocetón, producto de los valles del Alto Aragón, sus veintiún años los había pasado sin salir de sus montañas los riscos, los neveros, el Edelweis, los sarrios, la tormenta y la ventisca, le eran familiares. Su ininterrumpido caminar por vericuetos en busca de reses “enriscadas » (enriscar: quedarse en un risco, sin posibilidad de moverse en ninguna dirección que le saque del atolladero) y su fortaleza y aptitudes personales le habían acreditado como un gran escalador, además de hombre sensato; de aquí que el Teniente jefe de la Sección lo designara para ir en la Punta de Vanguardia en la cabeza de la Columna.

El día 20 de julio, pasando el collado de Endarlaza en dirección a Irún, al descrestar en la Ermita de San Marcial se le pudo oír gritar:

— ¡¡Mi Teniente!! ¡¡Mi Teniente!! ¡¡Ostras que Badinón!! «’.

Nuestro cabo había descubierto el mar.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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