Sorolla, Romero de Torres y Gutiérrez Solana, en el museo de La Pasión 

Por José María Arévalo

(Parte de la muestra)

Tres extraordinarias visiones de España se exponen  hasta el 28 de junio en la pintura de Joaquín Sorolla, Julio Romero de Torres y José Gutiérrez Solana, en el museo municipal de La Pasión de Valladolid. La muestra, que ha sido expuesta en la Casa Lis de Salamanca, está formada con fondos de la Fundación Mapfre, los museos de Bellas Artes de Córdoba y de Bilbao, el Museo de León, Fundos, Abanca o la Fundación Telefónica, y comisariada por María Toral.

(Dos jóvenes observan una de las obras de la exposición)

La luz de Sorolla, el feísmo de Gutiérrez Solana y las mujeres morenas de Romero de Torres conviven en La Pasión de Valladolid. Son ‘Tres visiones de España’ a caballo entre el XIX y el XX, entre el fatalismo de la Generación el 98 y la frescura de la del 27, esa Edad de Plata teñida de negro por la Guerra Civil. Medio centenar de obras de tres pintores que gozaron del favor del público dentro y fuera de su país se exponen en la sala municipal hasta el 28 de junio.

Una España luminosa y gozosa -escribía Julio Tovar en El Diario de Valladolid-, de coloridos patios andaluces que invitan a sestear, de una burguesía que acude a deleitarse a la playa de Biarritz, o de unos marinos que se afanan en sus barcas. Una España tan elegante como sensual y decidida, encarnada en una hija de la alta sociedad como Isabel Herraud, en una artista como Pastora Imperio, o en esas mujeres anónimas que lo mismo se aferran a una escopeta de caza que empuñan una pistola. Y una España gris, humilde y atrasada, tan preocupada por sus muertos como descuidada con sus vivos, poblada de mendigos que buscan calor a la intemperie, de tristes y enlutadas mujeres que aguardan la visita del obispo, de esforzados cargadores de vino en una oscura Dueñas… Tres visiones, a veces «tan antagónicas como complementarias», de un mismo país y tiempo, finales del XIX y primer tercio del siglo XX.

Julio Romero de Torres recibe al público con una nutrida selección de sus retratos femeninos. Las miradas lánguidas, la sensualidad de sus desnudos con las telas dibujando curvas caracterizan el legado del cordobés cuya obra se popularizó en calendarios y cuadros de bares y casinos durante décadas.

(Óleo de Romero de Torres)

Romero de Torres (1874-1930) -explicaba Victoria Niño en El Norte de Castilla- nació con el pincel en la mano. Su padre era conservador del Museo Provincial de Córdoba y profesor en la Escuela de Bellas Artes. Julio comenzó como ilustrador de revistas y cartelista. Como sus compañeros, comenzó en los concursos públicos, compitiendo con Sorolla en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1895, en el Retiro. Su cuadro ‘¡Mira qué bonita era!’, que congela con trazo impresionista el velatorio de una joven de quince años, recibió una mención honorífica. El ganador fue Sorolla con ‘¡Aún dicen que el pescado es caro!’, denuncia de la peligrosidad del oficio con la muerte de un pescador, colgado en el Prado. Ambos tuvieron su etapa de realismo social, ambos fueron solicitados retratistas por la burguesía que podía pagarlos.

La Pasión muestra obras de la última etapa de Romero de Torres. La solemnidad del retrato de Pastora Imperio contrasta con la aviesa mirada de ‘La Celestina’.

(Una serie que realizó Romero de Torres para unos carteles publicitarios)

La ‘Venus de la poesía’ celebra el cuerpo de una joven apenas cubierto su pelo con una mantilla negra, ante el que se postra el pintor. Las despreocupadas ‘Mujeres sobre mantón’, unos felices años veinte folclóricos, contrastan con ‘La chica de la navaja (Celos)’, negativo manierista de ‘La libertad guiando al pueblo’ de Delacroix. Especialmente curiosas con las protagonistas que ‘Encendiendo la mecha’, con cohete, pistola o escopeta de caza desconciertan al espectador por su actitud. Su dinamismo escapa a la ‘Pereza andaluza’, un óleo anterior, de 1900, en el que una pensativa dama es la excusa en primer plano para desplegar el jardín de fondo.

(Óleo de Sorolla)

Del esfumato del cordobés a la luz clara del valenciano Joaquín Sorolla (1863-1923), el mayor de los tres. La exposición recoge sus líneas de trabajo en obras menos conocidas. Un autorretrato juvenil, de trazo impresionista, da paso a lienzos al natural de estampas del norte, Asturias, Pasajes, barcas, gentes recogiendo redes y una bañista, su esposa Clotilde, secándose en una playa cantábrica. Especial interés tiene la serie de apuntes, pequeños óleos que abocetan al natural temas desarrollados en otros grandes, testimonio de su mano nerviosa por captar la luz y el movimiento de un instante.

(‘Máscaras’, óleo de 1938 de Gutiérrez Solana)

El altar y la capilla de la sala son para Gutiérrez Solana. «Desde pequeño sentí cierta atracción por todo lo que las gentes califican de horrible», dice el pintor, también escritor, de origen cántabro. En 1917 se instala en Madrid y fue asiduo de tertulias como la que inmortalizó, la del Café Pombo, y otras en las que coincidió con Romero de Torres, con Valle-Inclán o Gómez de la Serna. Su personalísimo estilo fue tildado de expresionista y su gusto por lo ‘horrible’ se sustancia en temas como el lumpen, las máscaras y el carnaval, la mendicidad. El mundo del trabajo también le llamó poderosamente la atención en sus viajes, como demuestra en ‘Cargadores de vino en Dueñas’, entre pellejos, cántaros y burros, o casi el mismo motivo en ‘Calatayud’.

‘Osario’ es un gran óleo de 1931 que funciona a modo de retablo en esta exposición. Al parecer circulaban fotos del famoso osario de Palermo y Solana lo recrea con una piedad poco frecuente en sus cuadros. Los capuchinos colocan el esqueleto de uno de sus hermanos con el hábito entero aún con cuidado. En la capilla, aguafuertes y litografías permiten ver el proceso de trabajo de Gutiérrez Solana hasta componer el óleo que contiene buena parte de sus dibujos, ‘Máscaras’ (1938).

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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