Alfonso XI de Castilla, uno de los reyes más eficaces de la Baja Edad Media 

Por José María Arévalo

 

(Alfonso XI de Castilla, en una miniatura medieval)

Hace tiempo que busco una buena historia de los reyes de Castilla para seguir de cerca la historia de nuestra comunidad desde la Edad Media, pero todavía no la he encontrado. Entre tanto, sigo de cerca las historia de reyes concretos que arrojan luz sobre aquella primera época.

Una de ellas la contaba con todo detalle este verano Vozpópuli, en un artículo de Mariano Galindo titulado “La venganza de Alfonso XI de Castilla tras el asesinato de su padre y que es digna de Juego de Tronos”. Vamos a verla.

Su padre murió – comienza el artículo- de forma repentina y misteriosa cuando él era un bebé, y el reino se hundió en el caos. Años después, ya adulto, Alfonso XI se lo hizo pagar a los nobles uno a uno: emboscadas, purgas y traiciones que aterrorizaron a toda Castilla.

Alfonso XI llegó al trono con un año de vida y para cuando pudo gobernar de verdad, Castilla llevaba una década desangrándose entre nobles con demasiada ambición. La forma en que enfrentó todo su pasado y su presente le hizo ganarse un apodo que le definía a la perfección: el Justiciero

¿Qué le sucedió a su padre, Fernando IV?

La muerte de Fernando IV tiene todos los ingredientes de un misterio medieval. En 1312, con sólo 26 años, apareció muerto de forma repentina en su lecho. Lo sospechoso es que apenas un mes antes había ordenado la ejecución sin juico de los hermanos Pedro y Juan de Carvajal.

La leyenda aquí entra en juego y es escalofriante: se cuenta que los Carvajal, antes de ser despeñados por un barranco, emplazaron al rey a comparecer ante el tribunal divino en un plazo de treinta días. Fernando murió justo al cumplirse ese plazo. Y de ahí viene el sobrenombre de El Emplazado. No obstante, para explicar el motivo real, los historiadores se inclinan más por una enfermedad súbita. Sin embargo, la maldición y el cumplimiento exacto del plazo dado por los hermanos Carvajal alimentaron la sospecha durante siglos de que hubo algo más. Como quiera que fuese, lo que sí es verificable es que Alfonso se quedó huérfano con un año de edad.

Un reino repartido como un botín

Durante su minoría de edad, Castilla se convirtió en un nido de víboras. Varios parientes se disputaron la regencia: su abuela María de Molina, que hizo lo imposible por sostener el reino, y un puñado de infantes y nobles que sólo querían su parte del poder. Todo estalló en 1319 cuando dos de los principales tutores de Alfonso murieron a la vez combatiendo contra Granada. A partir de ahí, hombres como el infante Felipe, Don Juan Manuel y Juan de Haro, El Tuerto, se repartieron el territorio mientras los nobles lo saqueaban a placer. El rey niño era un rey sin reino. Y no lo iba a olvidar.

La trampa de Toro

Al ser declarado mayor de edad en 1325, con apenas catorce años, Alfonso dejó claro que iba a tomar las riendas del poder y que no iba a ser el títere de nadie. Su enemigo más peligroso era Juan El Tuerto, señor de Vizcaya y dueño de más de 80 castillos: demasiado poderoso para vencerlo en batalla. Así que optó por otra vía. Lo convocó en Toro, le dio una cálida bienvenida oficial y el 1 de noviembre de 1326 lo hizo asesinar dentro de la propia cámara real. Las crónicas aquí no titubean: «Fueron muy espantados todos los del reino por esta muerte«. Tras ello, Alfonso se quedó con sus títulos y sumó a la corona el codiciado señorío de Vizcaya.

La purga de los Cameros

El de Toro no fue un caso aislado. En 1333 le tocó el turno a otro noble díscolo, Juan Alfonso de Haro, señor de los Cameros, un personaje que llevaba tiempo conspirando contra el monarca. El desenlace, el de siempre. Alfonso lo mandó apresar, lo ejecutó y confiscó todos sus territorios para la Corona. El patrón que seguía Alfonso era infalible:

  1. Convocar
  2. Atrapar
  3. Apresar
  4. Ajusticiar
  5. Quedarse con las tierras

Esto era más práctico que agotarse en ruinosas y pesarosas guerras civiles de final incierto. Contra eso, el rey decapitaba, literalmente, a las facciones rebeldes y sesgaba el conflicto.

Traición a su propio sicario

Juego de Tronos hubiera firmado un capítulo con lo que viene a continuación. El encargado de ejecutar a Juan El Tuerto había sido un hombre de confianza del rey, Álvar Núñez Osorio, al que Alfonso premió entregándole tierras y honores del noble asesinado. Pero en 1339 el rey lo mandó asesinar a él también, acusándolo de conspirar en su contra, y se quedó con buena parte de sus dominios.

De la venganza a la leyenda

Con esa mano de hierro, Alfonso terminó siendo uno de los reyes más eficaces de la Baja Edad Media: sometió a la nobleza, ganó la decisiva batalla del Salado y dejó un legado jurídico duradero. Murió en 1350 ante los muros de Gibraltar, pero no por una espada enemiga, sino por la Peste Negra, la gran asesina de la época. Pero eso es otra historia ya.

 

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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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