Las emociones desempeñan un papel altamente incidente en la desinformación durante los procesos electorales, ya que funcionan como mecanismos de legitimación simbólica y otorgan verosimilitud y coherencia a los relatos falsos.
Así concluye el trabajo de investigación “El rol de las emociones en la desinformación durante la campaña electoral”, llevado a cabo por Alba Córdoba-Cabús, Doctora en Educación y Comunicación Social y Master en Investigación, y Andreu Casero-Ripollés, catedrático de Periodismo, ex decano y presidente de la Sociedad Española de Periodística, ambos de la Universitat Jaume I de Castelló, España, quienes abordaron la campaña presidencial en Estados Unidos de 2024.
El jueves 12, en la Universidad Católica de Chile, Ingrid Bachmann y Sebastián Valenzuela, académicos de la Facultad de Comunicaciones, encabezaron la presentación titulada “Noticias, periodismo y confianza: Percepciones de las audiencias sobre contenidos informativos”, en la que participó el coautor Andreu Casero-Ripollés. El punto de partida fue la premisa “los medios ya no son el único punto de referencia para informarse ni tienen la autoridad, credibilidad o reputación de antes, en un escenario marcado por la desconfianza, la desinformación y la irrupción de tecnologías como la inteligencia artificial”.
Estrecho vínculo
El trabajo citado confirma una fuerte asociación entre las emociones y los contenidos desinformativos durante el período de campaña electoral. La carga emocional adquiere aún más importancia en contextos marcados por una alta polarización, sostienen los autores, pues las elecciones presidenciales estadounidenses “funcionan como un referente global que anticipa dinámicas políticas, comunicacionales y tecnológicas”. El papel central que ocupan mediáticamente y su visibilidad global hacen, además, que las estrategias de desinformación allí desarrolladas tiendan a replicarse en otros procesos electorales.
Las emociones son utilizadas en este caso para alterar los estados de ánimo colectivos, erosionar la confianza en las instituciones y estimular la movilización política. “Cuando la esfera pública se rige por la emoción, el debate político se fragmenta y la deliberación democrática se debilita”, pues “la emocionalidad se convierte en una herramienta clave para dotar de aparente legitimidad a los argumentos falaces y para manipular la percepción de los usuarios”.
Ira y alegría
Los resultados reflejan la fuerte presencia emocional en la desinformación electoral: 80,7 por ciento. Los temas de campaña ocupan el primer lugar: en ellos, ante un 56,7 por ciento de desinformación, hay una presencia de emociones del 84 por ciento (Tabla 2).
La ira y la alegría aparecen como las emociones más frecuentes. En Política, la ira, que alcanza el 23,5 por ciento en desinformación, registra 15,8 por ciento en emociones. En Campaña, la alegría observa un 20,3 y un 14,7 por ciento, respectivamente (Tabla 3).
Redes sociales, predominantes
Las redes sociales se ubican, prosigue el estudio, como el espacio predominante para la difusión de desinformación emocional en una campaña electoral, muy por delante de los medios convencionales o los llamados seudomedios (medios alternativos). Representan aquéllas el 70,9 por ciento de las vías de difusión de la desinformación y el 76,2 por ciento en la presencia de emociones (Tabla 1).
Dichas redes contribuyen a la amplificación de la desinformación -continúa- al emplear algoritmos que premian las narrativas polarizadas y cargadas de emocionalidad. Los principales implicados en la difusión de este tipo de mensajes son los ciudadanos anónimos a través de sus perfiles en redes sociales (42,7 por ciento). A considerable distancia se encuentran los influencers (18,2 por ciento), entre los que figuran, entre otros, Elon Musk y los propios candidatos (15,6 por ciento) (Tabla 4).
Asimismo, en cuanto a los partidos políticos detrás de cada desinformación en las que se apela a las emociones se observa especialmente a los adherentes republicanos (72,8 por ciento) y a los demócratas muy distantes (21,9 por ciento).
J.F.S.
Fuente: Desde el Sur | Volumen 17, número 4, Lima; pp. 1–27
