OPINIÓN / Juan Granados

«Naturaleza viva», una exposición de Jesús Risueño

"Naturaleza viva", una exposición de Jesús Risueño

Hay un periodo en la vida en que el misterio no parece accesible al corazón más que en el espacio, en los rincones en blanco del mapa, en que todo lo tenebroso e ignorado ejerce un fuerte atractivo. (Ernst Jünger, Juegos Africanos)

Fue una extraña tarde de confinamiento gubernamental, no había lugar al que acudir tras la visita a la exposición de Jesús Risueño, ni un miserable café sobre el que dejarse caer, aunque fuese siquiera para trasegar una espantosa menta-poleo. Son tiempos ásperos, mas que peores para el arte, la vida y la conversación y, no obstante, mereció la pena. Mientras Jesús, cartesiano como es, me iba explicando amablemente las esencias de su nueva exposición, landscapes & still lifes, paisajes y naturalezas muertas que siguen vivas ante la retina; uno iba deambulando por la sala buscando fantasmas de otro tiempo bajo aquellos trazos, contemplando una disposición de elementos pictóricos tan sobrecogedoramente intelectualizada.

Tras cada esquina de la doble estancia, con obras colgadas a cada tanto, flotaban las ideas primeras de tantas cosas, el ladrillo ocre de Horta de Ebro, los círculos mágicos de Robert y Sonia Delaunay, la guitarra de Georges Braque, los trazos ectópicos sobre las frutas de los bodegones de Luís Seoane, los increíbles acantilados de las playas de Hugo Pratt; toda aquella fascinante panoplia de alta cultura se veía ahora homenajeada y reinterpretada por la exactitud constructiva de Risueño.

Jesús –le dije- eres un clásico. Durante un instante no pareció comprenderme, pero si, él sabía tanto como yo que el maldito encierro epidémico había convertido la soledad de su estudio en una caverna platónica, obligándole a convivir con los conceptos eternos del buen arte, para revolverlos, estrujarlos y hacerlos suyos definitivamente. El resultado, el buen Dios sea loado, es, sencillamente excelente; para algo le ha servido tanto horror.

Naturalmente, hay mas, el sabio uso del color quebrado, el dominio de la temperatura cromática, marca visible de la casa, es ahora mas protagonista que nunca. También lo son los acantilados cantábricos de su primera juventud en composiciones tan constructivistas como bellas y, oigan, “esas peras y manzanas” que diría Allen, que aquí también son limones, esas, no son de perdérselas.

 

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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