Lujos milenarios: asirios, babilonios, aqueménidas y fenicios

Lujos milenarios: asirios, babilonios, aqueménidas y fenicios

Lujo. De los asirios a Alejandro Magno’ es la cuarta exposición que CaixaForum presenta secundando al British Museum, y llega a Madrid tras pasar por Hong Kong y Barcelona. Doscientos objetos sirven para trazar una aproximación didáctica a aquella época de grandes imperios que atesoraron enormes riquezas según la historiografía vigente.

Entre los años 900 y 300 a. C. se crearon en Oriente Medio sucesivos y rivales grandes imperios que acumularon enormes riquezas según deducen los arqueólogos de los pocos vestigios que hasta aquí han llegado. Construyeron suntuosos palacios rodeados de idílicos jardines y repletos de tesoros. Desde la aparición del Imperio asirio hasta las conquistas de Alejandro Magno, el mundo conocido constaba de unos pocos miles de kilómetros, desde el subcontinente indio hasta la península ibérica, surcado de un cierto flujo comercial que incluía objetos preciosos para sátrapas y altos cortesanos de los distintos poderes. La exposición pretende situarnos en esa época a partir de 217 piezas, desde delicadas piezas de marfil a joyas, pasando por ornamentos de mobiliario, vidrios, cerámica y metales preciosos, incluyendo algunos relieves asirios de mayor tamaño procedentes del famoso palacio de Nínive, así como piezas del tesoro del Oxus, el mejor conocido de objetos de oro y plata de la antigua Persia.

Los reyes asirios guerrearon por construir un imperio que abarcaba desde el Mediterráneo hasta el golfo Pérsico. Su dominio reavivó las rutas comerciales y creó demanda de artículos de lujo, tal como posteriormente ocurrirá con sus sucesores babilónicos y el aqueménidas. Tras ellos, Alejandro Magno llegó a Oriente Medio aportando prosperidad y refinamiento a Grecia y dando lugar a esa mezcla de influencias conocida como la helenización.

Los objetos de esta exposición, dividida en seis ámbitos, no solo tienen valor artesanal, sino a menudo gran refinamiento, y permiten aproximarse al contexto político en el que fueron creados y a las redes comerciales por las que transitaban. Los encargados de cubrir la demanda de artículos de lujo por parte de la élite gobernante fueron comerciantes fenicios, intermediarios entre la costa levantina, Grecia, Egipto y Oriente Próximo, todo el Mediterráneo y el norte de África. La muestra se complementa con seis audiovisuales sobre la forma de trabajar de aquellos artesanos y pantallas interactivas y un mapa dinámico.

Poco sabemos de entonces, y aunque los estudiosos aparenten conocer todos sus secretos, los pocos vestigios que nos han llegado solo permiten hacer conjeturas. El visitante de esta exposición obtendrá esa ración de entretenimiento cultural que todavía pretende la franja del público con aspiraciones culturales que resiste a la demolición de la historia, la trivilización de la cultura y sus civilizaciones, y el imperio de la posverdad que amalgama malamente el intelecto de las masas consumistas en espera del cambio de paradigma que no llega.

RECORRIDO

Los lujos de la antigüedad eran fuente de placer y afirmaciones de estatus e identidad. Su elaboración requería con frecuencia una gran habilidad y materiales preciosos, cuyo esplendor conecta con nuestra visión contemporánea del lujo. Durante miles de años, civilizaciones de todo el planeta crearon objetos que trascienden la funcionalidad, pero hay momentos en los que la cultura y la política crean un contexto en el que estos crecen y florecen. Entre los años 900 y 300 a. C., los poderosos gobernantes de Oriente Medio crearon grandes imperios y acumularon enormes riquezas. Construyeron suntuosos palacios y jardines llenos de inmensas cantidades de tesoros. Desde la aparición del Imperio asirio hasta las conquistas de Alejandro Magno, este fue un mundo conectado a través de miles de kilómetros, desde la India hasta la actual España, por medio de artesanos, comerciantes y consumidores de objetos preciosos.

La estabilidad política y económica fue crucial para la producción de artículos de lujo y, a partir del año 900 a. C., importantes cambios políticos dieron paso a una era nueva y excepcional. Surgidos de una «Edad Oscura» de 300 años, en la que la civilización se había hundido en el Mediterráneo oriental, los reyes asirios guerrearon por construir un imperio que abarcaba desde el Mediterráneo hasta el golfo Pérsico. Su dominio reavivó las rutas comerciales y la demanda de artículos de lujo. Los imperios fuertes, tanto el asirio como, más tarde, el babilónico y el aqueménida, crearon un entorno en el que podía florecer la artesanía, se valoraba la diversidad de gustos y era posible comerciar con artículos y materiales por todo Oriente Medio y más allá.

1. Guerra, pillaje y tributos

El Imperio asirio Se formó en la región que rodeaba la ciudad estado de Asur, al norte del actual Irak. Esta zona de llanuras abiertas y cubiertas de hierba dispone de pocas defensas naturales, por lo que, para proteger y expandir el Imperio, hacían falta ejércitos formidables. A partir del 800 a. C., temibles gobernantes asirios conquistaron territorios entre el golfo Pérsico y Egipto. Con las deportaciones de habitantes de los países derrotados, sus ciudades se hicieron cada vez más cosmopolitas. El poder de Asiria no empezó a decaer hasta el 630 a. C. El hundimiento del Imperio lo marcó la destrucción de su capital, Nínive, en el año 612 a. C. por parte de los ejércitos aliados de los reyes de Media y Babilonia.

La acumulación de riquezas Para muchos gobernantes, la obtención de productos de lujo era un objetivo militar importante. El pillaje de la guerra y las demandas constantes de bienes como tributo llenaban los almacenes reales de grandes cantidades de tesoros. La acumulación de riquezas financiaba la construcción de grandes complejos de palacios y permitía decorarlos y equiparlos con opulencia. Los relieves laboriosamente tallados representaban victorias militares y súbditos conquistados que traían tributos y ofrendas para satisfacer a sus nuevos gobernantes. Los caballos, los carros y las armas se exhibían como muestras de prestigio. Estas demostraciones reforzaban el poder político dentro del imperio e intimidaban a los rivales extranjeros.

El poderoso ejército asirio conquistó y saqueó ciudades de todo Oriente Medio. Algunos de los mejores relieves que representan estas campañas provienen del palacio norte de Nínive, construido por uno de los últimos grandes reyes de Asiria, Asurbánipal (que reinó del 668 hasta aproximadamente el 630 a. C.). La escena representa la conquista de la ciudad elamita de Hamanu (al sur del actual Irán). Los soldados asirios demuelen la ciudad, mientras las llamas emergen de entre las ruinas. En primer plano, los vemos transportar triunfalmente el botín, que incluye grandes calderas y mobiliario muy trabajado. Este botín se almacenaba y quedaba a disposición del rey.

El tributo era el pago en forma de objetos de lujo y materiales valiosos que se hacía al gobernante. Reforzaba el poder político del rey y empobrecía a sus rivales. Los grabados de este obelisco muestran representantes de Siria y las regiones vecinas llevando tributos al rey de Asiria. En un panel, traen muebles tallados de gran valor al rey y, en otro, se está pesando plata. Las inscripciones cuneiformes enumeran tributos, que incluyen metales, tejidos, mobiliario, cantantes, caballos, bueyes y elefantes. Los gobernantes asirios utilizaban los obeliscos como monumentos públicos que proclamaban sus triunfos. Este ejemplo, levantado por Asurnasirpal II (que reinó del 883 al 859 a. C.) resultó dañado en la antigüedad.

A medida que el Imperio asirio crecía, sucesivos reyes trasladaron la capital de Nimrud a Jorsabad y después a Nínive, con palacios cada vez más esplendorosos en cada ciudad. Una piedra del umbral de la entrada de la sala del trono del rey Asurbánipal (que gobernó del 668 al 630 a. C., aproximadamente) nos permite entrever su suntuosa decoración. La complicada talla imita las alfombras de lujo, tan indispensables en la decoración de los palacios, pero que actualmente se han perdido. Estas copias en piedra permiten hacernos una idea de su calidad y ornamentación. Aquí, un marco de rosetas delimita unas flores creadas con círculos entrelazados, mientras que, rodeando el marco por fuera, los capullos y las flores de loto imitan los flecos de una alfombra.

Los objetos relacionados con la guerra se transformaron en símbolos de estatus gracias a los materiales utilizados, la decoración elaborada o su compleja fabricación. El equipamiento militar, como los carros, armas o arneses para caballos, se ornamentaba más allá de su uso práctico y los objetos se convertían en muestras de prestigio. Esta placa de oro escita que representa la cabeza de un pájaro estilizado decoraba una funda de cuero de gran categoría que servía para guardar un arco y flechas. Los escitas eran pueblos nómadas que vivían al norte de Asiria, en zonas que ahora forman parte de Siberia. La placa forma parte del famoso Tesoro del Oxus, un conjunto de objetos y de monedas hallado en el siglo XIX cerca del río Oxus.

2. La fabricación y el comercio de artículos de lujo

Los fenicios A partir del 850 a. C., mientras el Imperio asirio se expandía, los artesanos y los comerciantes que vivían en ciudades como Tiro y Sidón también quisieron acrecentar su poder y su influencia. Viajaron hacia el oeste desde los confines de la costa oriental del Mediterráneo hasta las actuales Italia y España y el norte de África, desarrollando sus redes de comercio marítimo y estableciendo nuevos asentamientos. El estilo artístico híbrido que los caracterizaba reflejaba la diversidad de influencias y de demandas de los diferentes mercados en los que se movían. Sus artículos de marfil cortado, vidrio y metal eran especialmente valorados, así como también un tinte púrpura que se obtenía de caracoles de mar del género Murex. La palabra griega para referirse a este color, phoinix, dio origen a su nombre: fenicios.

Vemos una elegante estela o lápida de mármol está dedicada a la memoria de un fenicio, procedente de Sidón, que vivió en Atenas y fue uno de los numerosos comerciantes y artesanos fenicios que emigraron de su tierra natal al Mediterráneo oriental para establecerse por todo el Mediterráneo y el norte de África. Estos comerciantes y artesanos llevaron su propio sistema alfabético de escritura, que fue la base de los alfabetos griego, etrusco y romano, de los que derivan muchos sistemas de escritura europeos modernos.

Antes de la invención de la moneda, las mercancías se valoraban en comparación con un peso de metal, generalmente plata, o bien se obtenían por medio de intercambios, hecho que provocaba que las transacciones fueran lentas e incómodas. En Lidia, un reino situado al oeste de la actual Turquía, surgieron las primeras monedas del mundo hacia el 650 a. C. Este hecho supuso una gran transformación, ya que las monedas permitían que comerciantes como los fenicios pudieran confiar más en la cantidad de metal que recibían. Las transacciones pasaron a realizarse a mayor velocidad y con más eficiencia y esta nueva forma de hacer negocios se extendió rápidamente: hacia el año 500 a. C. se establecieron cecas de producción de moneda en Sicilia y el sur de la península itálica. El Imperio aqueménida adoptó este nuevo sistema, que todavía ahora es la base de las transacciones comerciales, después de conquistar Lidia en el 547 a. C.

Algunas de las monedas más antiguas del mundo fueron hechas con electro, una mezcla de oro y plata. Las acuñó el reino de Lidia, que tenía acceso a recursos abundantes de oro. En una cara, ambas monedas tienen la figura de un león rugiendo, símbolo real de Lidia, que garantizaba la cantidad de metal precioso de la moneda. En la otra cara se encuentran las marcas del troquel que creó la pieza. No es extraño que el rey más famoso de Lidia quedara inmortalizado en la expresión «rico como Cressus». Las monedas ya existían un siglo antes de que comenzaran a aparecer en ellas imágenes de reyes. Las primeras que reprodujeron la imagen de un rey fueron los dáricos de oro, acuñados por el gobernante aqueménida Darío I (que reinó del 521 al 486 a. C.), en los que el monarca aparecía representado como un arquero.

3. Aspiraciones de élite

En el mundo antiguo, los artículos de lujo eran tan importantes como en el actual a la hora de demostrar riqueza y estatus social. La posesión y el consumo de productos escasos, exóticos y caros establecía y elevaba la posición social, de manera que resultaban irresistibles para las personas con ambiciones sociales. El mercado del lujo se renovaba y se revitalizaba constantemente con la búsqueda de nuevos símbolos de estatus. Incluso cuando los estados estaban en guerra, los ricos copiaban los estilos artísticos y las prácticas culturales de otras regiones. La producción de productos para la élite favoreció la aparición de nuevos mercados de falsificaciones e imitaciones; a su vez, el mobiliario, la ropa y los estilos decorativos también se imitaban en materiales más económicos a fin de abastecer a un mercado muy amplio que no se podía permitir artículos de lujo.

4. Lujos personales

Las élites de la antigüedad gozaban de todo lo mejor. Tanto hombres como mujeres vestían ropa bonita, se acicalaban con joyas caras, se embellecían con cosméticos y se admiraban a sí mismos ante el espejo. Muy pocos de estos objetos han perdurado, pero conocemos su magnificencia a través de las representaciones en esculturas y textos, que nos ayudan a visualizar, por ejemplo los tejidos opulentos por los que la isla de Chipre era famosa. También podemos imaginar el placer efímero del maquillaje y de los perfumes cuando vemos los magníficos recipientes que se elaboraban para contenerlos.

El rey Asurnasirpal II de Asiria (que gobernó del 883 al 859 a. C.) está representado de pie y sostiene un bol para beber en una mano y un arco en la otra, seguramente para realizar una ofrenda en agradecimiento por la buena caza. Viste una túnica verde larga, con flequillos de borlas de oro y de plata y toda ella decorada con rosetas. La parte superior de la corona roza el toldo con borlas que queda por encima. El guardaespaldas y los ayudantes del rey también llevan ropa y joyas vistosas. Esta escena poco frecuente nos permite apreciar la lujosa ropa con la que se vestían el rey y su corte. Azulejo asirio Palacio noroeste, Nimrud (Irak). 845-850 a. C. © The Trustees of the British Museum

5. Los placeres de los sentidos

Los babilonios Hacia finales del siglo VII a. C., el antes poderoso Imperio asirio estaba en declive. En el año 626 a. C., Babilonia expulsó a los gobernantes asirios y estableció una alianza con el Imperio meda, al este, que condujo, en el 612 a. C., al saqueo de Nínive, la capital asiria. Los gobernantes babilonios pasaron a controlar la mayor parte del antiguo Imperio asirio, y el rey Nabucodonosor II (que gobernó del 605 al 562 a. C.) transformó la ciudad de Babilonia en una capital espléndida y cosmopolita. La gloria del Imperio babilónico duró menos de cien años. En el 539 a. C., Babilonia fue conquistada y sus territorios se incorporaron al creciente Imperio aqueménida.

Los ricos gozaban de los sentidos con aromas exóticos, sonidos llenos de belleza, jardines espléndidos y buenos banquetes, pero, a causa de su naturaleza efímera, nada de esto ha sobrevivido. Se comerciaba con incienso, una resina aromática originaria de la Arabia más lejana, que se transportaba recorriendo grandes distancias; en este caso, como en otros perfumes, la dificultad de adquirirlo aumentaba su valor. Dice la leyenda que la esposa del rey Nabucodonosor II sentía tal añoranza de las vistas y los olores de las montañas de su tierra natal, que su marido hizo construir para ella los Jardines Colgantes de Babilonia. La fuerza de trabajo, las plantas exóticas y el suministro de agua necesario para crear aquellos fabulosos jardines solo estaban al alcance de un gobernante poderoso. Los exuberantes jardines reales enamoraban la vista y proporcionaban lugares donde relajarse, disfrutar de las comidas y escuchar música.

Los jardines ornamentales se asociaban a la abundancia, la fertilidad y la santidad. Aquí hay un jardín en una pendiente suave, con árboles que dan sombra y regado por riachuelos llenos de peces. El agua brota de un acueducto y crea canales que atraviesan las exuberantes pendientes y un caminito que conduce a un pabellón. Este parque fue creado por el rey asirio Senaquerib (que gobernó del 705 al 681 a. C.), quien construyó una inmensa red de canales en su capital, Nínive, en parte para abastecer sus nuevos jardines. Los jardineros cuidaban con esmero de especies que normalmente no habrían crecido unas al lado de las otras. Entonces, como ahora, se planeaban jardines para el disfrute de las generaciones futuras. Este relieve de pared representa los mismos jardines en estado de madurez durante el reinado del nieto de Senaquerib, el rey Asurbánipal. Relieve que muestra los jardines de Nínive. Palacio norte, Nínive (Irak), 645-635 a. C. © The Trustees of the British Museum

Los aqueménidas se convirtieron en una potencia importante durante el gobierno de Ciro II el Grande (que reinó del 559 al 530 a. C.), que expandió sus territorios a partir de un núcleo al suroeste del actual Irán. A partir del año 550 a. C., conquistó a los medas, Lidia y el Imperio babilónico. La ciudad de Babilonia cayó ante sus tropas el 539 a. C. Con el tiempo, los gobernantes aqueménidas controlaron una extensión que iba del actual Pakistán a Libia y del mar Negro al golfo Pérsico, un territorio mucho mayor que el que nunca antes había controlado un rey. No obstante, pese a los repetidos intentos de conquistar la Grecia continental, nunca lo lograron. Gran parte de lo que sabemos sobre los aqueménidas proviene de autores griegos, a quienes el poder y la riqueza de la corte aqueménida les parecía excepcional.

Ante nosotros un frasco ricamente decorado, seguramente elaborado en Atenas o sus alrededores pero hallado en Italia, contuvo en su día un aceite costoso. Muestra a un hombre barbudo encima de un camello, rodeado de músicos y de bailarines. Todos van vestidos al estilo aqueménida, con pantalones estampados ricamente decorados, túnicas y sombreros. El hombre lleva un látigo y una funda de arco, símbolos de su autoridad y poder; un criado sostiene un abanico. En cierto modo, por tanto, es una imagen de un sátrapa (gobernador regional) aqueménida y su comitiva. La jarana y el hecho de que sea de noche (un criado sostiene una antorcha) también hacen referencia al dios griego Dioniso, quien, según los griegos, había viajado a Oriente, donde había aprendido los efectos del vino. En este vaso, Dioniso se ha transformado en un exótico noble oriental, evocando la fascinación de los griegos, especialmente de Atenas, por la extravagancia del mundo de los aqueménidas. Frasco para aceite. Basilicata (Italia). 410-400 a. C. © The Trustees of the British Museum

Los banquetes aqueménidas solían tener un gran número de platos e incluían comida cara y opulenta. Eran ocasiones importantes para la toma de decisiones, la diplomacia y el intercambio de regalos. La comida se complementaba con vajilla de lujo. Las bandejas y platos para la comida iban acompañados de utensilios para servir y consumir vino como cucharones, coladores, jarras (ritones) y boles para beber hechos de vidrio o de metal. Contemplamos un recipiente tenía dos piezas y podría haber sido utilizado como copa para beber. La parte honda está decorada con un toro con las patas dobladas bajo el pecho. Puede contener el equivalente a dos botellas de vino. Hay recipientes de este tipo representados en vasos griegos a partir de, aproximadamente, el año 450 a. C., y continuaron utilizándose después del fin del Imperio aqueménida, en el año 330 a. C.

6. Conquista y cambio

Alejandro Magno llegó al poder en Macedonia, un reino del norte de Grecia, en el año 336 a. C. Con solo 20 años de edad, tenía una enorme ambición militar, y la increíble riqueza de los aqueménidas era para él un trofeo irresistible. Los 13 años que siguieron fueron extraordinarios, ya que conquistó inmensos territorios desde la India, por el este, hasta Libia, por el oeste. El éxito de Alejandro fue estar a la altura de su audacia: nunca perdió una batalla.

Su triunfo permitió a las ciudades del Mediterráneo el acceso a cantidades inimaginables de oro y también estableció el dominio de Grecia, con su cultura y sus prácticas, por todo Oriente Medio, en un proceso conocido como helenización. La producción y el disfrute de bienes suntuosos continuaron siendo numerosos y extendidos, pero el éxito de Alejandro conllevó cambios significativos. Las diferentes culturas y gustos artísticos que definían esta época perdieron fuerza ante una relativa uniformidad, pero sus imponentes éxitos continuaron influyendo en la creación de objetos preciosos, en los placeres y en las comodidades, como un legado transmitido por esta «era del lujo».

Alejandro murió inesperadamente en Babilonia en el año 323 a. C. Como no tenía heredero, sus diádocos cogieron las riendas del Imperio. Utilizaron retratos de Alejandro en las monedas para subrayar su derecho a ser sus sucesores. Una moneda fue acuñada para Lisímaco (que gobernó del 306 al 281 a. C.), y reinó sobre un territorio que cubría las actuales Bulgaria, Grecia y Turquía., sirve de exponente. Alejandro afirmaba que era hijo del dios Zeus Amón. Como recordatorio de su categoría divina, en la moneda aparece con cuernos de carnero.

A pesar del predominio creciente del arte y del estilo griegos en todo el antiguo imperio de Alejandro, se conservaron ecos de culturas más antiguas. La creación y el uso de copas con representaciones de cabezas de animales reflejaban las lujosas comidas de la corte aqueménida, con sus vajillas elaboradas y los conjuntos de utensilios para servir bebida. Una copa pintada que proviene del sur de Italia conserva en la forma de la cabeza del toro un recuerdo de los lujos inimaginables de Oriente.

Aproximación a la exposición (del 1 al 10)
Interés: 6
Despliegue: 6
Comisariado: 6
Catálogo: 7
Folleto explicativo: 7

CaixaForum Madrid (Paseo del Prado, 36)
Lujo. De los asirios a Alejandro Magno.
En colaboración con el British Museum
Comisariada por Alexandra Fletcher
Del 20 de septiembre de 2019 al 12 de enero de 2020.

Autor

José Catalán Deus

Editor de Guía Cultural de Periodista Digital, donde publica habitualmente sus críticas de arte, ópera, danza y teatro.

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