Cinco horas con Sigfrido

Cinco horas con Sigfrido

Bajo la certera batuta de un director de orquesta español consagrado internacionalmente a sus 45 años, Pablo Heras-Casado, el Teatro Real importa una producción alemana famosa del ‘Seigfried’ de Wagner, para ofrecer uno de los platos más fuertes del menú operístico. Acontecimiento a celebrar y al que asistir a toda costa.

Contra viento y pandemia, el Teatro Real cumple su tercer compromiso en programar temporada tras temporada las cuatro óperas que conforman el ciclo ‘El anillo del Nibelungo’ de Richard Wagner. Ofrecidas ya ‘El oro del Rin (Das Rheingold)’ y ‘La valquiria (Die Walküre)’ (ver nuestra reseña), tras Sigfrido (Siegfried), llegará dios mediante ‘El ocaso de los dioses (Götterdämmerung)’ la temporada que viene. Se trata de una de las magnas obras artísticas del canon occidental por significado y extensión, algo equivalente a El Quijote o a los Episodios Nacionales de Galdós. Su representación sin interrupciones duraría al menos quince horas y posiblemente dieciocho: primero escribió el libreto y luego la partitura; empleó un cuarto de siglo (entre 1848 y 1874); aunque creó otras cosas memorables -por ejemplo »Tristán e Isolda’ o ‘Parsifal’- puede decir de este cuádruple anillo que fue la obra de una vida.

Se trata de una visión épica siguiendo las luchas entre dioses, gigantes y nibelungos en pos de un anillo mágico que otorga dominación sobre el mundo entero. El drama implica a tres generaciones hasta el cataclismo final en ‘El ocaso de los dioses’. La música es profunda y ricamente texturada, creciendo en complejidad a medida que el ciclo se desenvuelve. La imprime carácter la técnica del motivo temático musical, o leitmotiv, que acompaña a los principales personajes, emociones, lugares y otras circunstancias que van apareciendo en la obra. El Anillo está escrito para una orquesta de muy grandes proporciones. Incluso el autor promovió la construcción de un teatro especial en Bayreuth para poder montar el ciclo completo, con un escenario especial para equilibrar el sonido de la orquesta con la voz de los cantantes, permitiéndoles cantar con un volumen natural para resistir las largas representaciones.

En ‘La Valquiria’, el dios Wotan acaba fracasando estrepitosamente en su intento férreo de dominar el mundo. En Sigfrido, aparece disfrazado de dubitativo caminante, resignado a velar por el destino mesiánico de su nieto, el protagonista. Los dos primeros actos recapitulan sobre lo ya ocurrido en las dos óperas anteriores mientras el joven rebelde y rabioso Sigfrido intenta conocer su pasado. Cuando más de una década después, Wagner retome el trabajo y componga el tercer acto, ha pasado de ser un marginado pobretón a un rico y admirado ciudadano, su lenguaje musical ha evolucionado y su visión del proyecto se ha visto influida por autores como Bakunin o Schopenhauer. En el tercer acto la música alcanza el mayor voltaje orquestal y armónico mientras el protagonista descubre el miedo al tiempo que el deseo sexual, se une a Brunilda, la hija de los dioses que esperaba ser despertada de un eterno sueño como en ‘La bella durmiente’, y la pieza rermine en un abrupto final feliz que la última entrega de la tetralogía convertirá en definitivo desastre.

Como en la anterior entrega -‘La Valquiria’- en esta producción, el director artístico Robert Carsen, junto con el escenógrafo y figurinista Patrick Kinmonth y el iluminador Manfred Voss, han ideado una puesta en escena para cada acto que comienza en un campamento marginal donde viven el despreciado nibelungo Mime y su ahijado Sigfrido, cuyo detallado realismo impresiona, especialmente en todo el proceso de la forja de la espada mágica, pasa por un bosque desmochado en el segundo acto, y desemboca en la decadente y ruinosa mansión de los dioses en el Wahalla, antes de la extremada desnudez del gigantesco escenario en el que Sigfrido y Brunilda protagonizarán una alegoría del amor carnal, repleta de connotaciones eróticas para camuflar la entrega carnal de la doncella virgen a su varonil liberador, cuya longitud después de cuatro horas de espectáculo amenaza con arruinar tan excepcional experiencia.

Sigue pecando Carsen como en sus anteriores entregas de infantiles ínfulas politizadas de convertir El anillo en un panfletillo a la moda, pero afortunadamente apenas se nota. Lo que sí resalta es la introducción en la mansión de los dioses en el segundo acto de una fregona que empuñan tanto Erda como Wotan en alegoría incomprensible. Carsen se salva por su extraordinaria dirección actoral aunque convierta a Sigfrido en un macarra de aires chulescos y pantalón caído.

Igualmente, -como en La Valquiria- la dirección musical de Pablo Heras-Casado resultó enormemente acertada. La fabulosa orquesta sonó en su mejor momento y el despliegue de parte de ella por los palcos laterales fue un acierto en toda regla, especialmente por el lujo de contemplar a la sección de metales en todo su esplendor. Todo ello rubricado por un reparto genuinamente wagneriano al que solo se puede dedicar alabanzas. No es el mejor reparto hoy posible para esta incómoda tercera entrega del Anillo -sería extravagante tratar de competir con Bayreuth- pero sí es un sobresaliente reparto que convenció completamente a lo largo y ancho de su difícil cometido. Andreas Schager hace un Siegfried potentísimo que no decae en ningún momento y llega al final pletórico de fuerzas; nos gustó Andreas Conrad en su versión ‘chusca’ -zarzuelera- del enano Mime, mientras que los bajo-barítonos Tomasz Konieczny como El viandante / Wotan y Martin Winkler como Alberich, ofrecieron una desigual presencia, enorme el primero, desdibujado el segundo. En cuanto al reparto femenino, Ricarda Merbeth como Brünnhilde estuvo desbordante y la mezzosoprano Okka von der Damerau como Erda, bien correcta. Mención aparte para el extraordinario rendimiento del bajo Jongmin Park como el dragón Fafner, y de Leonor Bonilla en la Voz del pájaro del bosque, como única y modesta contribución autóctona. Tomasz Konieczny y Ricarda Merbeth siguen pues encarnando a los personajes que ya representaron en La Valquiria en este mismo escenario la temporada pasada.

Sigfrido es un héroe legendario de la mitología germánica, que al matar a un dragón y bañarse con su sangre se volvió inmortal. En los siglos XIX y XX se asoció fuertemente con el nacionalismo alemán, y a día de hoy sigue siendo una de las óperas más populares: en las estadísticas de Operabase aparece la 50ª de las cien óperas más representadas en el período 2005-2010. Ya hace unos años, la coproducción del Palau de les Arts Reina Sofía y el Maggio Musicale Fiorentino de esta tetralogía, con dirección musical de Zubin Mehta y escénica de Carlus Padrissa de La Fura dels Baus, fue un éxito internacional. Y en 2007 el teatro Pérez Galdós de Las Palmas programó la primera representación en España en una sola semana de El Anillo completo, a cargo del Teatro Mariinsky de San Petersburgo y su director Valery Gergiev. Esta producción de 2005 de la öpera de Colonia ya la programó Matabosch en el Liceo de Barcelona antes de venirse a Madrid a dirigir el Real. Sigfrido también se programó en Oviedo en 2017 con la batuta de Guillermo García Calvo, y ese mismo año Pedro Halffter ofreció en el Auditorio de Madrid su recreación en una ‘síntesis sinfónica’ de noventa minutos.

Esta ópera es descomunal, decididamente excesiva, un desafío de romántica plenitud difícilmente soportable por el ciudadano medio, comodón y consumista. Desde el preludio al primer acto, pasando por la canción de la forja, y los murmullos del bosque ya en el segundo, y tras el gran preludio al tercer acto, llega el zénit de la pieza en el intervalo instrumental entre la humillación del dios destronado y el excelso despertar de Brunilda. Pero aún queda media hora para arrastrarnos de forma inmisericorde por las disquisiciones y remordimientos de la durmiente entregada, hasta dejarnos exhaustos cuando el telón finalmente cae, sin fuerzas casi para los aplausos, que suenan agónicos traa tan intensa experiencia.

Quedan cuatro funciones a lo largo de marzo. El esfuerzo del Teatro Real ofreciendo este montaje -con un centenar de músicos y cinco horas de duración- entre los peligros y restricciones de la pandemia, pasará, está pasando ya, a la pequeña historia operística continental. Recordemos como homenaje final estas otras producciones wagnerianas del teatro en los últimos años:

Tristán e Isolda, 2014

Lohengrin, 2014

La prohibición de amar (Das Liebesverbot), 2016

Parsifal, 2016

El holandés errante, 2017

Aproximación al espectáculo (valoración del 1 al 10)
Interés: 9
Dirección musical: 8
Dirección artística: 8
Voces: 8
Orquesta: 8
Escenografía: 7
Interpretación actoral: 9
Producción: 8
Programa de mano: 9
Documentación a los medios: 9

Teatro Real
SIEGFRIED
Richard Wagner (1813-1883) música y libreto
13, 17, 21, 25 de febrero y 1, 5, 11, 14 de marzo

Segunda jornada en tres actos del festival escénico Der Ring des Nibelungen
Estrenada en el Festspielhaus de Bayreuth el 16 de agosto de 1876
Estrenada en el Teatro Real el 7 de marzo de 1901
Producción de la Oper Köln

EQUIPO ARTÍSTICO
Director musical Pablo Heras-Casado
Director de escena Robert Carsen
Escenógrafo y figurinista Patrick Kinmonth
Iluminador Manfred Voss
Responsable de la reposición Eike Ecker
Reposición de la iluminación Guido Petzold
Asistente del director musical Friedrich Suckel
Asistente del director de escenaOliver Kloeter, Edison Vigil
Ayudante del escenógrafo y figurinista Darko Petrovic

REPARTO
Siegfried Andreas Schager
Mime Andreas Conrad
El caminante Tomasz Konieczny
Alberich Martin Winkler
Fafner Jongmin Park
Erda Okka von der Damerau
Brünnhilde Ricarda Merbeth
Voz del pájaro del bosque Leonor Bonilla

Orquesta Titular del Teatro Real

Duración aproximada 4 horas y 55 minutos
Acto I: 1 hora y 20 minutos /Pausa de 25 minutos
Acto II: 1 hora y 20 minutos/Pausa de 25 minutos
Acto III: 1 hora y 25 minutos.

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Autor

José Catalán Deus

Editor de Guía Cultural de Periodista Digital, donde publica habitualmente sus críticas de arte, ópera, danza y teatro.

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