El Metropolitano se rindió en una noche de épica rojiblanca

El «Atleti» fulmina al Inter con un golazo de leyenda en el 93’ y desata el infierno rojiblanco

Giménez voló en el último suspiro para tumbar al Inter y mantener vivo el sueño de Champions; Musso, Nahuel y Koke, pilares de una batalla de nervios y corazones

El "Atleti" fulmina al Inter con un golazo de leyenda en el 93’ y desata el infierno rojiblanco
Atlético de Madrid PD.

Aquello no fue un gol. Fue una liberación. El Metropolitano rugía, los móviles alumbraban la noche y la grada se convertía en una constelación rojiblanca de esperanza. En el minuto 93, Giménez, el Comandante de acero charrúa, se elevó sobre todos como un coloso para mandar el balón a la red y firmar una de esas victorias que se graban en la memoria. El estadio estalló. Se impuso la fe, una vez más. Ese credo de nunca dejar de creer que el Atlético recita partido tras partido.

Simeone había diseñado un tablero de ajedrez con un 4-5-1 para frenar el 3-5-2 de Chivu. Musso recuperaba la portería y no tardó en explicar por qué. En el minuto tres sacó una manopla milagrosa a Dimarco y se plantó como una muralla argentina. En la línea de batalla, Cardoso volvía tras tres meses de ausencia; en los costados, Baena y Giuliano, obreros con alma de gladiadores.

Y fue Giuliano quien encendió la primera chispa. Robó, corrió y centro mediante de Nahuel, provocó el gol que al VAR le costó creer. El árbitro anuló el tanto, pero las cámaras devolvieron la justicia: era abdomen, no mano. El Metropolitano celebró dos veces, como quien revive lo imposible. El Inter, aturdido, tardó en recomponerse. Pero cuando lo hizo, metió miedo. Barella y Zielinski tocaban, Lautaro acechaba y Musso seguía volando.

El segundo acto empezó con tormenta azul y negra. Barella al larguero, Dimarco rozando el poste. Hasta que llegó el bofetón: Zielinski y Bonny hicieron pared y el Inter empató. Simeone reaccionó como en sus grandes noches: barajó las cartas, metió a Koke, Nico y Pubill, y levantó el equipo con el alma. Koke tomó el timón y el juego cambió de color.

Griezmann avisó. Sorloth tampoco acertó. Y el empate parecía un destino cruel. Pero el Atleti tiene un pacto con sus noches de locura. Y en el minuto 93, el balón voló desde la esquina hasta la frente de Giménez, que lo mandó a la red con la fuerza de un símbolo. Los focos de los móviles iluminaron el aire: allí, en ese campo donde nunca se rinde nadie, volvió a reinar la fe.

El Metropolitano cantó. Y el Atleti, fiel a su esencia, volvió a ganar más que un partido: ganó un sentimiento.

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Autor

Paul Monzón

Redactor de viajes de Periodista Digital desde sus orígenes. Actual editor del suplemento Travellers.

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