Las cenizas de Kike

¿Te puedo pedir un favor?, pregunté a Kike Turmix después de que nos encontráramos picando algo en un bar junto a la sala donde iban a actuar The Pleasure Fuckers en Santiago de Compostela. ¡Claro!, contestó con rapidez. Y le pedí que me dedicara una canción en su concierto, en donde él llevaría la voz cantante.

Sería por los primeros meses de 1996 y yo hacía poco tiempo que andaba con Tova Ryhtm Honors, quien me acompañaba. Cuando salieron al escenario, tras la primera entrada musical y el preceptivo saludo, Kike dijo “esta canción se la dedico a Juan Luis Recio”. Tras la actuación pasé a saludarle al backstage y a darle las gracias. Seguramente me dijo a dónde iban a ir luego, pero al final no nos vimos más, salvo quizás algún día brevemente en los bares de Malasaña por donde Kike trabajaba y centraba su vida.

No fue como el año anterior, cuando tras la actuación compostelana de The Pleasure Fuckers en Santiago, Kike y yo anduvimos de marcha toda la noche, charlando sin parar e intercambiando copas e informaciones de la más variada índole. Tanto que al amanecer, mirando el reloj, le dije que tenía que ducharme y vestirme decente, acudiendo a mi trabajo sin haber pegado un ojo, como en nuestros mejores tiempos juveniles.

Como quienes lo conocieron sabrán, y la prensa ha dado cuenta de ello con cierta profusión, Kike murió hace muy poco tras una fulminante enfermedad, y sus cenizas han sido esparcidas por la plaza del Dos de Mayo de Madrid, una parte, y la otra por parajes de su localidad natal, Deva.

Kike era amante, a su manera, de la buena vida, y sus conocimientos culinarios eran buenos, así como su habilidad para la cocina. También entendía mucho de bebidas y alguna que otra hemos compartido juntos. En realidad, la primera vez que irrumpió en mi vida lo hizo en los primeros tiempos de la movida, entrando en el comedor familiar de mis padres en la calle Princesa de Madrid con un puñado de sus colegas, todos jóvenes punkies vascos, ataviados como tales. La cara que puso mi padre al verlos, sentado en la larga mesa, todavía está, quizás sesgada por el tiempo, en mi memoria gráfica.

En fin, que hemos de lamentar la pérdida de una buena persona, con una información discográfica impresionante (parecía tener un fichero en su cabeza de nombres de grupos, fechas, formaciones y álbumes), y que saco aquí a colación por sus vínculos con el buen vivir, por su afición a la buena mesas y a las buenas bebidas y por su corazón de oro que saltaba a la vista en lo que fue otrora un voluminoso cuerpo. Cada vez que pase por el Dos de Mayo, evocaré también su recuerdo, sabiendo que sus cenizas pululan entre los niños que juegan en la plaza, entre los habituales de la zona y entre los nuevos colones que hacen o quieren hacer a veces el botellón o poner un poco de ruido o color a la tranquilidad de los vecinos. Un recuerdo más en una plaza que, al menos para mí, esconde un buen puñado de ellos…

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Autor

Juan Luis Recio

Blogger gastronómico y de tendencias, crítico de vinos (XL Semanal), letrista, sociólogo, mensista, poeta

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