“Procura que se me dé un poco de aceite, vino, sal y romero para hacer el salutífero bálsamo”, pide Don Quijote a Sancho, no para hacer propaganda, en este caso, de la dieta mediterránea, sino para curar una herida de su cabeza producida por un candil, en la venta “que por su mal pensó que era castillo”. El bálsamo de Fierabrás resultante logra curar completamente a Don Quijote, que lo usa con moderación, pero no así a Sancho, que abusa de él y le sienta fatal. Beber moderadamente es la clave para disfrutar del vino y beneficiarse de sus múltiples efectos positivos en nuestra salud.
Porque el vino ha sido considerado como una medicina ya desde la antigüedad. Así San Pablo lo recomienda a Timoteo para tratar su úlcera de estómago: “no tomes agua sola, mézclala con un poco de vino, a causa de tu estómago y tus frecuentes indisposiciones”. Procedente de griegos y romanos, la misma mentalidad recorrió toda nuestra historia, hasta llegar a Pasteur, quien dijo que el vino era “la más sana e higiénica de las bebidas”.
Un corazón sano y contento
Hasta años recientes, de todas formas, todas las opiniones sobre los efectos benéficos del vino se basaban en la experimentación y en la observación, aliñadas con grandes dotes de intuición y de cierta convicción personal, cuando no autoconvencimiento. Pero actualmente, sobre todo a raíz del estudio sobre la llamada “paradoja francesa”, que apuntaba hacia la protección cardiovascular ejercida por el vino, cada vez hay mayores evidencias científicas sobre los efectos saludables en la ingesta moderada de vino, al menos en personas sanas y en las que el vino, por la medicación que reciban o por otras causas, no esté contraindicado.
Los beneficios cardiovasculares del vino, especialmente del tinto, son aceptados hoy día de modo bastante generalizado por la comunidad médica. Los componentes del vino que han certificado en concreto beneficios para el corazón son los flavonoides (que ya se venden en comprimidos en los herbolarios), y en particular la catequina.
Al parecer, una o dos copas al día de vino son más que suficientes para lograr este efecto beneficioso, e incluso un reciente estudio americano parece apuntar a que el mismo beneficio se consigue tomando media copita de vino tinto sin alcohol. Eso sí, este estudio científico se ha realizado con uvas cabernet sauvignon de la cosecha del 96.
Para ser más positivos
Los ensayos clínicos que tratan de probar los efectos saludables del vino están a la orden del día. Hace poco se puso en marcha un estudio patrocinado por la Unión Europea, en el que participa nuestro país a través del Hospital Clìnic de Barcelona, en donde se han analizado los niveles de colesterol, triglicéridos y diversas vitaminas en relación con el consumo o no de vino y de extractos de vino, cuyos resultados deben estar al caer.
En lo que ser efiere al tiempo, tenga en cuenta que los beneficios del vino se basan en el consumo continuado durante muchos años. Así, en Dinamarca se ha realizado un ensayo con 28.000 participantes durante casi treinta años, que abunda en el efecto protector del vino, debido a sus propiedades antioxidantes y que incluso aventura potenciales beneficios en la prevención del cáncer de pulmón. Sin querer llegar tan lejos, lo que sí parece cierto es que los propios consumidores moderados de vino tienden a valorar positivamente su estado de salud, es decir, son más optimistas ante la vida, lo que es esencial para poder tener éxito. ¿Hace una copita?
EL VINO COMO ALIMENTO.
El vino debe ser considerado como un alimento más, en cuanto a que aporta diversos macronutrientes y, sobre todo, micronutrientes, a nuestra dieta. Veamos algunos de ellos:
· Proteínas: hay muy poquitas, entre 1 ó 2 gramos por litro, pero, pese a ello, están representados casi todos los aminoácidos esenciales.
· Glúcidos: hay 2 ó 3 gramos por litro de glucosa y fructosa en los vinos tintos, pero hasta 20 gramos en los blancos más afrutados, aspecto que debe ser tenido en cuenta por los diabéticos.
· Lípidos: en esto, tranquilos. Nada de grasa.
· Fibras: aunque hay quien dice que “haberlas, háylas”, no se han podido detectar por el momento, debido a que pueden estar disueltas en el vino.
· Agua: del 73 al 92 % de un vino es agua.
· Alcoholes: en un litro puede haber de 80 a 160 gramos de alcohol.
· Sales minerales: en el vino hay mucho potasio, y cantidades relevantes de calcio, magnesio y fósforo. Tiene poco sodio, por lo que se puede tomar un poco aún en caso de que se haga dieta sin sal.
· Vitaminas: hay en muy poquita cantidad, sobre todo del grupo B.
· Polifenoles: hay hasta 3 gramos por litro en ciertos tintos, y mucho menos en los blancos. Recuerde que son lo que confieren al vino su efecto de prevención cardiovascular.
· Ácidos minerales: hacen que el pH del vino sea similar al del estómago, facilitando la digestión de proteínas, especialmente de las carnes.
¿QUÉ ES LA PARADOJA FRANCESA?
Preocupados por la alta mortalidad producida en su país por el infarto de miocardio, los norteamericanos quisieron analizar las estadísticas europeas, descubriendo que había grandes disparidades entre los distintos países. Un dato sorprendía especialmente: en Francia, la incidencia de las crisis cardíacas sobre la mortalidad era entre el 36 % y el 56 % inferior que en Estados Unidos.
¿Cómo era posible que comiendo la misma cantidad de grasas que los norteamericanos, con una tasa de colesterol media idéntica o superior, los franceses tuvieran una mortalidad coronaria tan inferior? Así nació, en 1980, la conocida como “paradoja francesa”.
Profundizando un poco en los datos, se vio que no sucedía esto en toda Francia, sino que la mortalidad coronario descendía más en la zona sur, en la zona de los grandes vinos y donde predominaba la dieta mediterránea.
Se llegó así a la conclusión de que cuanto más elevado sea el consumo de vino por habitante de un país, menos riesgo de mortalidad coronaria existe. Los países bebedores de vino (Francia, Grecia, Italia, España) son los que tienen la tasa de mortalidad coronaria más baja.
TODO LO QUE DOS COPAS DE VINO PODRÍAN HACER POR SU SALUD.
Bebiendo moderadamente, una o dos copas de vino tinto diarias, durante las comidas y de modo regular, se podrían conseguir los siguientes efectos beneficiosos, según apuntan las informaciones actualmente disponibles y al menos en algunos subgrupos poblacionales:
· Disminución del riesgo cardiovascular.
· Ligero descenso de la tasa del LDL-colesterol (colesterol malo).
· Ligero aumento del HDL-colesterol (colesterol bueno).
· Ligero incremento de la tasa de estrógenos en la mujer menopáusica.
· Cierto poder anticoagulante de la sangre.
· Aumento del diámetro de las arterias coronarias.
· Poder antioxidante de los polifenoles.
Pero, además, el vino podría tener otros efectos benéficos, que podrían hacer que dentro de poco se vendiera en cápsulas en la farmacia:
· Acción bactericida: si se introducen 10 millones de colibacilos en 50 cl de vino tinto, al cabo de medio hora no se encuentra en la mezcla ningún germen vivo, lo que abre la posibilidad de utilizar el vino en la prevención de gérmenes como las salmonellas o los pneumococos. Como ya sugería San Pablo, mezclando agua contaminada de los trópicos con 50 % de vino tinto, el agua se convierte en potable.
· Acción antiviral: experiencias de laboratorio han demostrado que el vino tinto destruye el virus de la poliomielitis.
· Acción anticaries: el vino contribuye a impedir la formación de la placa bacteriana.
· Acción antialérgica: el vino inhibe la enzima que transforma la histidina en histamina, responsable de las reacciones alérgicas.
· Acción digestiva: el vino actúa beneficiosamente sobre el estómago, la vesícula biliar, el páncreas, el intestino delgado y el colon.
· Acción antiionizante: disminuye la formación de radicales libres, retrasando el envejecimiento.
· Acción antiinflamatoria.
· Mejor absorción del hierro.
· Acción anticancerígena: como preventivo.
· Acción antiestresante: el bebedor moderado es menos vulnerable a la depresión.
· Acción preventiva de la arteriosclerosis y la trombosis.
· Acción contra el insomnio.
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