Es quizá el vocablo más impactante que he aprendido en mi último viaje a Dominicana: envejeciente. La gente mayor. Los viejitos.
Es en palabras como ésta donde el idioma se revela mágico,fascinante.
Durante mi semana dominicana se celebró el Día del Envejeciente. De ahí que diese con este vocablo en los diarios.
Llegué a pensar que pudiera ser un anglicismo. Algo así como una emulación del «aging people». Pero no debo descartar que sea sencillamente un participio de presente: el que envejece o envejeciente.
Tras mostrar mi admiración en clase, uno de mis alumnos (procedente de México) me comentó:
-Nosotros lo llamamos la senectud.
De nuevo quedé admirado. Esta palabra la desconocen muchos jóvenes de España supuestamente educados. De hecho, el término aparece en los diálogos en latín de Cicerón en «De senectute» (Sobre la vejez). Pero me indican que allá en México es palabra de uso común, no un cultismo.
Y me lo creo. He estado unas cinco veces en México. Lo suficiente para comprobar la diligencia en el uso del idioma que en España hemos irresimisiblemente perdido.
Siempre explico la gran impresión que un guía octogenario me causó mostrándome las ruinas mayas en la Península de Yucatán. Hablaba con una propiedad y precisión inauditas.
Ellos respetan más la lengua que nosotros mismos. Y actuando así, estamos condenando nuestra rica cultura a un horizonte de pobreza y descuido creciente. A hacer del idioma un instrumento deslucido.