«Animal farm» («Rebelión en la Granja»), la durísima critica de George Orwell al estalinismo, acaba cuando los animales se asoman a la ventana de la granja y ven a Napoleón y a los demás cerdos jugando al póker con los humanos, es decir, con aquellos contra los que se habían rebelado y a los que habían declarado sus enemigos irreconciliables.
En «Animal Farm» Orwell describe brillantemente la revolución soviética, la llegada al poder de Stalin y lo que hizo con él una vez conquistado.
Después de rebelarse contra la tiranía del granjero Jones y de expulsarle de la granja, los animales escribieron en una pared los siete mandamientos que garantizaban la igualdad y la justicia. El más importante era: «todos los animales son iguales”.
Pero poco tardaron los cerdos en hacerse con el poder y, con Napoleón al mando, convirtieron la granja en una brutal dictadura: purgas, propaganda, mentiras, injusticias y explotación del resto de los animales en provecho de la casta dirigente.
Un buen día el mandamiento de la pared había cambiado: «todos los animales son iguales, pero unos son más iguales que otros”
La novela es un ácido retrato de José Stalin, el que fuera buen amigo de Santiago Carrillo, quien a su edad demuestra tener una memoria tan prodigiosa como selectiva.
Nuestro país sufrió una guerra civil que condujo a una dictadura de cuarenta años. Cuando murió Franco los españoles transitamos pacíficamente a la democracia y nos dimos una constitución para la concordia y para la convivencia, con la esperanza de que la historia no se repitiera.
Casi treinta años después muchos de los mismos tics totalitarios -la censura, propaganda y violencia política que rechazábamos en la dictadura- se repiten en varias regiones de España.
Hace unos días hemos visto cómo militantes del Partido Popular y de Ciudadanos de Cataluña gritaban en sus mítines las mismas palabras que gritaron los españoles hace treinta años: ¡libertad, libertad!
Por desgracia esos gritos estaban tan justificados como entonces pues a los que gritaban les habían insultado, amenazado y agredido quienes pretenden su expulsión de Cataluña.
Se repite la historia y, como en los días más oscuros del siglo pasado, los nuevos camisas pardas catalanes pretenden campar por sus respetos en nombre de la patria y de la raza.
Si hablamos del País Vasco las cosas están aún peor: miles de vascos viven escoltados, decenas de miles de familias han huido de su tierra, cientos de miles no se atreven a expresar en voz alta sus ideas por miedo. Un miedo más que justificado si tenemos en cuenta que casi novecientos ciudadanos han pagado con su vida el fanatismo nacionalista de los más iluminados de la secta, aquellos que han tomado al pie de la letra el mantra, diez mil veces repetido, de que «España es nuestra enemiga».
Y mientras aquellos les desbrozaban el camino con tiros y bombas, el llamado nacionalismo democrático se limitaba a condenar retóricamente los crímenes y a mirar, cada vez con menos disimulo, hacia otro lado.
Pero el virus nacionalista asoma ya en otras regiones que buscan sumarse a la fiesta, y al reparto, de las realidades nacionales, temerosas de perder privilegios en favor de éstas o quizá envidiosas de que allí donde arraiga el nacionalismo unos son más iguales que otros.
La novela de Orwell acaba cuando los animales de la granja constatan horrorizados que los cerdos y los humanos que ven a hurtadillas a través de la ventana haciéndose trampas al póker son prácticamente iguales.
Después de tanto clamar contra la dictadura, sobre todo después de muerto el dictador, muchos empiezan a parecerse demasiado a aquél a quien dejaron morir en la cama.
